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  • miércoles, 28 de julio de 2021

Los ojos de Oro 

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Los ojos de Oro 

La Posta de vacunación trabaja sin interrupciones, pero es lunes. Doce personas esperan afuera del centro de jubilados y pensionados. Guardan distancia. Un hombre joven sale con una lapicera en la mano, levanta el mentón y pregunta quién tiene turno. 

Tres de los doce damos un paso al frente, con el documento en mano. El resto, adultos de menos de sesenta, esperan y preguntan por las segundas dosis. Todavía no hay novedades, pero los turnos van a llegar. 

 En el corredor del lugar, la primera cara del equipo: una mujer joven, sentada. Desde que vacunan a más de setecientas personas por día, resuenan mecánicas las mismas preguntas de rigor: 

-¿Tuviste covid? 

-No

-¿Fuiste contacto estrecho de algún positivo los últimos meses? 

-No

-¿Alguna reacción alérgica?

-No

Un grupo de seis pasamos al interior del lugar y seguiremos juntos el recorrido. Otra mujer nos recibe y nos ordena sentarnos en una hilera de sillas blancas, plásticas. Hay unas veinticinco personas en total. Por los ventanales abiertos ingresa la luz propia de los días nublados, omnidireccional, potencia pero no dramatiza. Deja ver que el lugar está limpio, pulcro. De fondo suena reggaeton, después trap. En la pared del fondo, detrás de las mesas más importantes, hay un cartel de letras de colores que dice 61 aniversario, de tiempos mejores. 

Llega otra instancia. Cada uno pasa a una mesa con dos sillas blancas, idénticas a las anteriores. La mujer toma los datos del documento, y después de un silencio aclara los tiempos entre dosis y repite: hoy estamos aplicando Sinopharm, cualquier cosa paracetamol.

No me retiene la mirada ni un segundo. Mejor. Me contengo, todavía falta. 

Está claro que para cada persona que ingresa al centro vacunatorio, el poder simbólico del acto, es más que la vacuna. Es un momento anhelado, son familiares y amigos que perdimos, un abrazo contenido, cientos de escenas de un año muy largo. Para quienes no contamos treinta, y apenas podíamos proyectar el pinchazo, es navidad en julio. No por desconfianza en el plan de vacunación, sino por la escasez y la puja global en la producción y distribución de dosis. 

Pero es más. Es la certeza de que bajo determinadas condiciones podemos reconocer facetas propias de una fortaleza arrolladora. Quiero decir, también somos esto. Un grupo hiper coordinado, que con directivas claras y flujo de vacunas disponibles se organiza ortodoxamente para poner coto a tanta vulnerabilidad. 

Nos ubican en las mesas claves. Vienen un hombre y una mujer y apoyan las vacunas frente a cada uno de los seis. Sé que tengo poco tiempo para saber algo de ella. Aspiro a conocer al menos lo mínimo sobre la portadora de un par de ojos tan potentes, que difícilmente pueda olvidar. Tiene el pelo recogido dentro una cofia y un equipo que le impide revelar más. Le quiero decir que lo que está haciendo es historia. Le quiero decir que es un tiempo único. 

-¿Qué brazo? 

-El izquierdo

-¿Cómo te llamas? -le digo mientras me afloja el sector, da unos golpecitos casi llegando al hombro mientras sostiene la jeringa.

- Oro

-¿Oro?

Silencio. 

-Si, Orosmira, pero me dicen Oro- dice y achina los ojos.

Me pincha el brazo. No miro. 

-¿Ya está?

-Sí, listo.

-Gracias, Oro.

Volvemos a hacer contacto visual. Entonces ya está, la pierdo mientras me aprieta con el algodón. Eso es todo. Sonríe y se va. Repite la secuencia con el nuevo vacunado, uno de los seis que se ubica atrás.