A nuestras Madres y Abuelas, guardianas de la Memoria

cuatropalabras.com.ar  |  25 de marzo de 2020 (00:43 h.)

Poesía compartida por Maria Cecilia Bertella /

Por Edna Pozzi /Escritora pergaminense

Este es el país en que mi madre voló a pedazos

 

en cenizas ardientes

y la zona donde mi hijo preguntó

por el caballo blanco del Gran Capitán

y la gris estampa escolar

donde la montaña yacía en los ojos del Padre

abatido por los cóndores.

 

También es la tierra que soportó

a traficantes y ladrones

imbéciles e ignorantes

a cerdos que gritaron triunfantes

y asesinaron y violaron y robaron

ensuciando el mapa terso

que siempre he sospechado como un triángulo de lilas

 

Este es el país que tuvo aliento largo

en las banderas enancadas de los caudillos

que enseñaron cómo se muere con limpieza

la muerte como un cándido objeto

como una labranza interminable, 

y estuvo doblándose por años

en el olor del trigo y en una remota esperanza

de alcanzar un nombre

una certeza

algo que tintineara al pronunciarse

como una copa de plata

 

Esta es la casa que contuvo

los ojos del asesinado

en los basurales de José León Suárez

y donde yo aprendí

que la justicia podía ser posible

si se pronunciaba como un pan,

algo exigible y necesario.

 

La casa donde el miedo crujió en las noches

de perseguidores oscuros

y contuvo macilentos despachos

con registros de nombres y amenazas.

 

Este es el país que me enseñó la desolación

pero también la libertad de las palabras;

me mostró las calandrias y las torturas,

la ciénaga y el cielo alto y tenaz del Paraná.

 

Esta ha sido mi casa y no tengo otra.

 

La casa de los libros amados

sospechosos de herejías y desviaciones ideológicas

con esa rotunda claridad

de los versos quebrados

y de los translúcidos infantes

de pies morados

que se acordaban de Mayo

mirando subir la que no ha sido atada jamás

al carro triunfal de ningún vencedor de la tierra.

 

Este es el país que me cubrió de oprobio y de vergüenza

y al que negué tres veces

con un feroz cansancio

 

pero también el país donde aprendí que hay una libertad última

con palabras voladas en palomas 

metálicas

palabras que servían para nombrar cosas anchas y espléndidas

palabras que resistían como clavos

duros e insomnes.

 

Era mi casa y no he tenido otra.

Jamás diré que ha muerto.

Porque contuvo la garra fina de Alejandro

y se inclinó sobre la greda oscura

de un alfarero

y vio la cara de un muchacho de veinte años

un segundo antes de morir

y desplegó sus lisos cielos australes

para que yo me doliera de la derrota

y tuviera un lugar abierto para llorar

y acunar una furia interminable.

 

Porque golpeada, amada y traicionada

aún sigue siendo la única casa posible,

jamás diré que ha muerto.

Con los músicos y los poetas

Con la memoria ancha de los puros

Y la angosta memoria de los cobardes

Así, valiente, estrujada, férrea azucena,

insobornable, desgraciada y sucia 

vive más allá de las palabras.

Amada, funeral, recién nacida,

Esta pobre, clara, definitiva patria.


 
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