• 14:49
  • lunes, 18 de octubre de 2021

Y esa muerte me ha matao

contratapa 

 

Por Martina Dentella 

Desde entonces desafío

al jilguero y al zorzal,

quien mejor cantando ahoga

las tristezas de su mal.

C.G

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Y esa muerte me ha matao

No sabemos cómo habitar ese espacio en el que (sobre) vivimos cuando cae el velo de la muerte. Nadie lo sabe. No sé si es que todos tenemos un momento que nos llega, o sí nos choca el tren bala de frente, dice mi mamá. 

A mi abuela se la anunciaron con un timbre, cuando no existía ninguna red. Señora, le vengo a dar el pésame. Alguien lo había escuchado a Chocho Martínez a la hora de la siesta. Antonia estaba fregando los pisos, después de almorzar. No quiso ni lloronas, ni siquiera un velorio.

Pero la gente se moría así, por radio, en comunidad. 

En su casa no, pero sí en la de Chicha y Hortensia, mi bisabuela y su hija, se escuchaba contar los muertos todas las tardes. Se juntaba la mesa, se secaban los platos, se guardaban, y se prendía la pava. Ahí volvía a sonar Chocho con su voz inconfundible en la emisora, la Chacabuco. A ver, pará, hacé silencio un cachito decía Chicha.

 En esa misma casa estaban todas de acuerdo: a los velorios se iba. Para su época caballos, carruaje, trajes, galera y un recorrido por la ciudad. Y la muerte de clase, un acontecimiento para el barrio. 

 Y se pensaba en la propia muerte y en el día que fuera anunciada. Vos no me vas a llevar flores nunca, decía Chicha. Se iba al cuarto, se cambiaba las medias, se retocaba el pintalabios. Si no me venís a ver nunca ahora. Después sonaba un tango y se ponía a bailar con una mano abierta sobre la panza y la otra en alto, sosteniendo el aparato: 

​​Mas no por eso yo me lamento

pues siempre tengo en la ocasión,

para mis quejas una milonga;

para mis penas una canción.

 

Que me importa de la vida,

si nadie me va a llorar.

Quien me lloraba se ha muerto

y esa muerte me ha matao

Mucho más cruda es la muerte joven. La violenta, la antinatura. No hay concesiones. No hay pacto. Ni durante, ni nunca. Es el tren bala de frente, como dice mi mamá.

Antonia estaba en la cocina y hubo un llamado. Y empezaron a correr las horas. No llegó a tiempo. La extremaunción. Aceite bendito, oraciones, óleos, aviones, camionetas, la juventud y la hermosura. Y nunca más olvido ni perdón. No hubo ni hay -aunque lo sueñe- otro lado de las cosas posible. 

Después murió Hortensia y Chicha dispuso los arreglos, como Dios mandaba. Cura, rezos, silencio. Fotos de Hortensia y flores siempre frescas. 

Para cuando tocó su turno, bailamos -en la Garay al fondo- El ángel de la bicicleta, en su honor. 

No tengo amigos,

no tengo amores,

no tengo patria,

ni religión.

Ya no es así. Nos despojamos de los rituales de la muerte. 

Cómo se dice ahora el pésame, sin demonios ni crucifijos, sin timbres, sin vestidos negros, sin la voz de la radio local, sin lloronas, ni caranavas, ni procesiones, ni homenajes, ni plegarias, ni sacerdotes.¿Quién la canta? ¿Quién la comenta? ¿Qué actitud tomamos frente a ella? ¿Cómo se cae?

La muerte desampara y la peste nos fragmenta. Pero hay quienes tan vívidos, no se van nunca. Transitan el pensamiento, caminan por la calle. Atemporales. Para siempre.  

A ver, pará, hacé silencio un cachito:

Milonga mía no me abandones,

Tenerte siempre quiero, a mi lao.

Que no me falte cuando yo muera

una milonga para cantar.