16:07 h. Domingo, 15 de diciembre de 2019

Morir en el monte 

La vecina Maricel Pelegrín es Doctora en Antropología Cultural de la UBA, profesora de Prehistoria y Antropología General, Etnología y Folclore de la USAL, investigadora de la Cátedra EIDECA y de Historia del Folclore en la Academia Nacional de la Historia. El sábado presentó su último libro Morir en el Monte en el Forum de Santiago del Estero en la Feria del Libro de esa provincia, y el periodista Gustavo Porfiri la entrevistó en el programa radial Mates y Noticias. El libro editado por Erunse, que es una editorial de la Universidad Nacional de Santiago del Estero, es un producto de muchos años de trabajo etnográfico. “Sabemos que en antropología todo lo que producimos se desprende de ese trabajo en campo”, dice la autora, que hace casi cuarenta años que transita las experiencias en el norte santiagueño y en todo el noroeste argentino, “En ese interior andino que siempre me fascinó y cada vez que puedo regreso”. Morir en el Monte intenta acercarse a ese viaje que continúa, “que no termina cuando dejamos físicamente este mundo y de cómo nos impacta eso que es la única certeza que tenemos, que es que algún día no vamos a estar, por lo menos visiblemente en esta tierra”. 

RECONOCIDA VECINA PRESENTÓ SU LIBRO  |  20 de noviembre de 2019 (10:14 h.)
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-Hacés algunas aclaraciones sobre los rituales fúnebres de Santiago del Estero en su expresión polisémica, que remiten seguramente al ensamble de culturas y de tradiciones de aquellas poblaciones que estaban antes de la llegada de la cultura y de las tradiciones hispánicas y las que precisamente trajeron esos hombres.

-Exactamente, cuando hablamos de religiosidad popular, de esa forma de acercarse a los sagrados que tienen las culturas, hablamos de heterodoxia. Es aquello que se aparta del dogma católico y que tiene que ver justamente con las raíces indígenas, con los afrodescendientes que fueron en número muy importantes en el monte santiagueño en épocas coloniales y que aún se ven sus rasgos. En esa religión que tiene que ver con lo indígena, con lo católico y que es una manifestación de piedad popular muy interesante y a la cual intento acercarme desde la antropología interpretativa simbólica. 

-Las tradiciones que se desarrollaron prehispánicas en esas regiones tenían un acercamiento “más saludable” con la muerte.

-Sí, totalmente. Incluso en todas las manifestaciones que he podido observar y en las que he podido hacer -participar incluso- he observado que la muerte significa “el otro entre nosotros”. Es decir, son muertos vivientes, porque están presentes a través de la ritualidad que se les dispensa, en todo lo que es la vida cotidiana. No solamente en la memoria, propiamente dicha, si no en todos los gestos que acompañan a la vida diaria, esos muertos están presentes y por supuesto son considerados poderosos. Por lo tanto, hay que hacerles un tratamiento especial. Sabemos que lo sagrado está siempre ligado al poder, puede tener una ontología, una presencia que puede ser positiva o puede ser negativa. Es decir, son entes a los que se les adjudica muchas veces milagros, se le ponen cruces en lugares donde ocurrió una muerte trágica. Pero también si no se les hace la ceremonia correspondiente pueden ser peligrosos. Por eso hay que ser tan respetuosos de todas estas prácticas, porque esto está presente. 

A toda la actividad de compartir la comida, la bebida de los difuntos, de interactuar con ellos, de pensar que las almas regresan a sus sitios domésticos en el Monte Santiagueño se le dice alumbrada. Transcurre toda la noche, es único, porque en el resto del área Andina por lo general, esa ritualidad es diurna, pero en el Monte Santiagueño se hace de noche, eso es lo que es más sorprendente. Podés imaginarte el lugar de muy difícil acceso, aislado, donde no hay luz eléctrica, donde puede haber cientos de velas en los cementerios alrededor de las tumbas y la gente afuera con grandes parrillas, con asados, comidas. Todo lo que significa el regreso anual, no solamente de las almas, sino de todos los inmigrantes que están en las grandes ciudades santiagueños y que tienen ese mandato cultural de regresar para honrar a sus difuntos para alumbrarlos, para llevarles una flor, un recuerdo, para que esté presente la rezadora, que es la especialista que tiene que acompañar a las alumbradas, y que está en los velorios y que sabe cómo rezar y cómo agradar al difunto a través de las alabanzas y los cantos. 

La recopilación o la cristalización en páginas de este libro fue de muchos años de trabajo, ¿cómo fue el proceso de escritura? 

Todo empezó con el señor de los milagros de Mailín, cuando yo era estudiante y fui a esa manifestación popular que es tan identitaria al espíritu que ahí se ve realmente sorprendida esa gestualidad. A partir de eso, en una de mis incursiones en el Monte tuve la oportunidad de estar presente en un velorio de una mujer anciana. Quedé absolutamente sorprendida, porque de repente vi que debajo del cajón habían puesto un recipiente con agua, porque estaba presente la rezadora con sus alabanzas y cuando todo el mundo conversaba, hacía chistes, los dolientes en algún rincón del lugar lloraban. Pero había una efervescencia, una comunidad emocional que era sorprendente. Lo que más me suscitó inquietud eran muchísimas prácticas a las cuales yo jamás me había acercado. Todo eso eran grandes interrogantes y a partir de ese episodio pensé en hacer algo, estudiar estos rituales.

No es tu primera producción, hay otros libros ya que has escrito y parece que ese lugar como pone acá la editorial La Mesopotamia Santiagueña, es tu lugar para el trabajo.

Es un lugar fascinante, ya lo decía don Atahualpa. Esa comuna, esa comunidad que hechiza, que es mágica, que tiene una exaltación severa de la vida, es algo muy fuerte. Santiago no tiene riendas, pero sujeta. Hay algo que no puedo explicar, pero me ha atrapado. No solamente el Monte, también el Norte, el Noroeste, es un lugar al que uno regresa porque tiene algo muy especial.