10:06 h. Domingo, 26 de Mayo de 2019

Marzo es, sin dudas, el mes más movilizante

OPINIÓN (*) Por Josefina Poy  |  13 de Marzo de 2019 (10:44 h.)
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El ocho de marzo fuimos marea verde, el veinticuatro seremos pañuelos blancos. 

Es el mes donde el pasado, el presente y el futuro se vuelven uno. 

Me pongo atrevida (pues lo aprendí de mis hermanas) y trazo los paralelismos con nuestras abuelas, nuestras madres, lxs nietxs... Las compañeras todas.

Como siempre, escribo con los gritos de las vivas en mi cabeza y los fantasmas de las muertas al lado. Porque ese, ese es el único modo de tener memoria. 

Si las rebeldías del presente dan herramientas para analizar las del pasado, podemos (y debemos) realizar una lectura de género respecto a las estructuras y mecanismos de tortura que la última dictadura militar ejerció sobre los cuerpos de las mujeres en particular. Eso, a su vez, dará luz sobre aquellos restos que persisten en la actualidad y funcionan como base para los discursos patriarcales que buscan el disciplinamiento de los cuerpos feminizados. 

Los centros clandestinos no distinguían géneros, pero los militares y marines sí. Por eso es tan necesario conocer los testimonios de las sobrevivientes que eran detenidas por guerrilleras y consideradas putas, no solo por los torturadores sino también por sus propios compañeros. Así de polémico es “Putas y guerrilleras” de Miriam Lewin y Olga Wornat (2014) que se ponen los anteojos violetas no solo para relatar el dolor sino también para exponer el machismo. 

Las mujeres no eran torturadas de manera física y psicológica únicamente sino que también eran sistemáticamente abusadas sexualmente y violadas. Cuando comenzó el juicio a las Juntas solo se tenían en cuenta los primeros dos aspectos mencionados y fue largo el camino que recorrieron las sobrevivientes para lograr que se consideren las violaciones como delitos de lesa humanidad. Las constantes salidas de la ESMA de los militares de alto rango junto a la “detenida elegida” hacia la habitación del hotel eran consideradas como “amores perversos” o casos de “Síndrome de Estocolmo” dejando sin lugar la imposibilidad de decisión de la víctima. 

Los mismos secuestradores se encargaban de esparcir el rumor del romance con una doble función: adueñarse de la detenida para su uso y placer, y para que el trato de “putas” no solo provenga de su parte, sino también de los compañeros de partido que, ya sea en la Argentina o desde el exilio, las consideren traidoras. 

De este modo, quienes lograban sobrevivir, no solo cargaban con las secuelas del horror sino con esa reputación. Recuerdan que sus vecinos de toda la vida las miraban como si hubieran vuelto de la muerte, quienes habían militado con ellas les daban la espalda, se convirtieron en sospechosas. Algunas, incluso, se mudaban con sus hermanas porque no les vendían comida en los almacenes. “No nos metas en problemas” imploraban. 

Tan “aceptado” estaba el relato, que la mismísima Mirtha Legrand le preguntó en pleno almuerzo de domingo televisado a Miriam Lewin si era verdad que “salía con el Tigre Acosta” su secuestrador y torturador. 

Este pequeño resumen da cuenta del “factor extra” que aporta la perspectiva de género sobre lo que fue la Dictadura Militar de 1976. Esos resabios aún persisten en el imaginario colectivo patriarcal de que la mujer puta y/o guerrillera (léase revolucionaria) merece y debe ser disciplinada. Hoy, es la que fue asesinada por la pollera corta, el horario de salida, el boliche elegido, las drogas consumidas. 

El ocho de este mes, durante el Paro Feminista en nuestra ciudad, una chica tenía un cartel que decía “cuestionar a una víctima de violación es el nuevo 'algo habrán hecho'”. Nosotras somos quienes sentimos lo repetitivo de esos discursos dictatoriales, siguen allí presentes. Por eso, es que tenemos a las Abuelas y Madres de Plaza de Mayo marchando a nuestro lado, así como las acompañamos cada 24 de Marzo, o cada jueves a las rondas de la Plaza. Porque también somos las “locas”, las que rompen lo establecido, las que miran a la cara a la muerte y piden explicaciones. Las eternas cuestionadoras de la norma. 

En una de las tantas marchas que me regaló el feminismo escuché que pedían permiso y me di vuelta para dejar pasar a quienes nos tocaban la espalda. Ahí, entre la multitud, avanzaba Norita Cortiñas con ese brillo que la caracteriza y la sonrisa amplia. Claro, yo no pude más que llorar pero entendí ahí mismo que estamos del lado correcto, hermanas.

Somos furia y amor. 

(*) Socióloga, feminista hasta la médula.