08:38 h. Viernes, 06 de diciembre de 2019

Libres o mártires (un recreo)

Por Gustavo Porfiri

 

Durante cuatro años, esta columna estuvo dedicada, en su mayor parte, a ponerle cifras, datos, en fin, certezas al daño que el conglomerado derechoso causó durante su gestión al frente de la administración nacional. Se trató de dimensionar tanto desastre. Bueno, ya está, se van, haciendo las mil y unas hasta el último minuto, pero se van. Chau, CEO-radicales, fue un placer denunciar vuestras trapalandas cada semana. Al fin les había tomado cierta simpatía, por eso, mejor se van, a ver si me encariñaba… Y como todavía no llegaron los que siguen, le dedicaremos este espacio a una efemérides.

OPINIÓN Gustavo Porfiri  |  03 de diciembre de 2019 (16:19 h.)
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  El 2 de diciembre de 1956, sesenta y tres años atrás, se producía un hecho histórico. Uno de esos sucesos que marcan el rumbo de un pueblo para siempre. En la mayor de las Antillas desembarcaba -de un pequeño yate blanco llamado Granma- un grupo de ochenta y dos hombres. La llegada de esos expedicionarios marcó el inicio de la lucha guerrillera en la Sierra Maestra que se coronó con el derrocamiento del dictador de Fulgencio Batista, el 1° de enero de 1959.

Un poco antes de la partida, que se produjo desde Tuxpan, en México, el máximo dirigente de esa hazaña, Fidel Castro, expresó: “Las puertas adecuadas a la lucha civil me las han cerrado todas. Como martiano, pienso que ha llegado la hora de tomar los derechos y no pedirlos, de arrancarlos en vez de mendigarlos. La paciencia cubana tiene límites (…) De viajes como este no se regresa, o se regresa con la tiranía descabezada a los pies".

Contra viento y marea

La llegada de la expedición se demoró dos días por las malas condiciones que presentaba el mar. Uno de aquellos combatientes cayó al agua y Fidel ordenó detener la travesía hasta que lo rescataran. El desembarco tuvo lugar en Los Cayuelos, en la playa Las Coloradas, en el municipio de Niquero. Juan Almeida Bosque, comandante de la revolución, y uno de los principales protagonistas de esta acción, recordó una vez: “Primero el agua les da por la cintura, al pecho, a la barbilla […] Nuevamente bajo el cuello, al pecho. Con la soga que tienen en la mano llegan al mangle y la amarran. Ahora bajan uno a uno. Los hombres más gruesos al tirarse se entierran en el fango, los más livianos tienen que ayudarlos a salir”. Con eso, ya alcanzaba para rotular el acontecimiento como hazaña. Pero apenas empezaba.

Ni bien arribaron, el fuego de las tropas de la dictadura batistiana fracturó la columna. Corrió sangre por las cañas de Alegría de Pío y cayeron los primeros tres héroes de la liberación de Cuba. Otros fueron perseguidos, algunos capturados y asesinados; pero varios escaparon de la masacre y, amparados bajo el manto del campesinado fiel, caminaron a salvo hasta el refugio de la Sierra Maestra, que sería el escenario principal de lucha en los próximos dos años.

Palabra de combatiente

Es interesante revisar los testimonios de los tripulantes del Granma. Eran hombres decididos, valientes y simples. Gilberto García Alonso vivió la travesía en el mar con particular temor, porque no sabía nadar. Nacido en Luyanó, su padre era empleado de ferrocarriles y la madre ama de casa. Conoció a Fidel en la Juventud Ortodoxa. “Yo no sé nadar. Cuando encallamos, que un compañero tiró una soga hasta la orilla, dije, bueno, por lo menos con la soga me agarro, y si me voy a hundir con el fusil, me agarro”, recordó en un aniversario del desembarco.

Esteban Sotolongo Pérez, no había terminado la escuela primaria, aunque tenía un gran oficio: zapatero. También su relato nos describe el momento: “Yo pasé la travesía mal. Los dos primeros días yo creía que me iba a virar al revés. En el desembarco yo bajé bastante rápido. Me resbalaba mucho. Las botas que traía me quedaban grandes. Se me llenaron de fango y parecía que tenía cristales rotos dentro del zapato. Me quité los zapatos para quitarme un poco de tierra, y ahí sonó el primer cañonazo”.

Finalmente, repasemos las palabras del máximo líder de la expedición, Fidel Castro. El 2 de diciembre de 1991 recordaba: “Veíamos la costa cercana y visiblemente baja. Se ordena al capitán enfilar directamente hacia ella a toda máquina. El Granma toca fango y se detiene a 60 metros de la orilla. Desembarco de hombres y armas. Duro avance por el agua sobre fango movedizo que amenazaba tragarse a los hombres sobrecargados de peso. La orilla era aparentemente sólida, pero metros después un terreno fangoso similar al anterior en extensa laguna costera se interponía entre el punto de arribo y la tierra sólida. Casi dos horas duró la travesía de aquel infernal pantano. Acabando de arribar a terreno firme, se escuchan ya los disparos de un arma pesada contra el área de desembarco en las proximidades del solitario Granma. Había sido avistado y comunicada su presencia al mando enemigo, que reaccionó de inmediato atacando por mar la expedición y ametrallando por aire la zona hacia donde marchaba la pequeña fuerza expedicionaria: 82 hombres”.

No obviemos un dato: el Jefe de sanidad de la embarcación era un médico rosarino: Ernesto Guevara de la Serna, alias “Che”. Fue el primero en ser ascendido a comandante en 1957 y luego se desempeñó como ministro del gobierno revolucionario.

Por todo lo que significó, aquel viaje del pequeño yate está instalado en la dimensión mítica, fundacional, indispensable para cualquier pueblo. Como lo es el cruce de Los Andes para argentinos, chilenos y peruanos. Un episodio inspirado en alcanzar la total independencia de la Patria y protagonizado por hombres dispuestos vencer o morir, la marca de los héroes.