10:12 h. Domingo, 26 de Mayo de 2019

Mi lado masculino, mi lado femenino, mi lado homosexual

OPINIÓN  |  13 de Marzo de 2019 (10:44 h.)
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(*) Por Marcelo "Chata" García 

Durante estos días me he cruzado como nunca, en medios de comunicación y en redes sociales, cuestionamientos, burlas despectivas y rechazos a los homosexuales, trans o no. Es difícil precisar qué podría molestarle a alguien la forma en que una persona vive su sexualidad; pero está claro que algo los inquieta para reaccionar así. Hasta en el "por mí que hagan lo que quieran, pero…" hay un disipar de fantasmas. En sí no deberían atajarse tanto; la sexualidad del otro nos interroga, es común eso; somos seres deseantes y estructurados, y recurrir a la estigmatización de quien resuelve la ecuación de forma distinta a la nuestra –o a la hegemónica- transforma la inquietud en violencia social.

Incluso ciertos sectores del feminismo han querido separar las reivindicaciones del colectivo LGTB+. Como si contaminara la pureza de su lucha. Asociarse a lo dominante para menospreciar a un tercero, es una falsa ilusión de logro.

No me gusta ser autorreferencial cuando escribo, pero hay una imagen que vuelve a mí cada tanto. Uno de esos momentos de aprendizaje que nos regala la vida. En mi época de estudiante universitario compartía un pequeño departamento de escaso mobiliario con un amigo. Una tarde al llegar de la Facultad me pide que conversemos y me declara su homosexualidad. En sí no me sorprendió, y no me refiero a su "amaneramiento", sino a que –comprendía perfectamente- fue preparando el terreno con ciertas señales. Me llamó la atención, sí, lo difícil que le resultaba expresarlo: la voz le temblaba, trataba de explicarme lo que le pasaba y cómo había sido todo, las palabras no le salían, le costaba mantenerme la mirada y cuando lo abracé lloró nerviosamente. Difícil no emocionarse ante semejante muestra de angustia y liberación.

Recuerdo que tanto melodrama me incomodó un poco; me parecía claro que no iba a rechazarlo como amigo, o echarlo del departamento. Centrado en mi carrera y en mis propias historias no veía qué podía afectar que le gusten los hombres. Es más, me alegró saber que estaba enamorado de alguien; sus amigos gays –lamento caer en estereotipos- eran verdaderamente divertidos, y, no voy a negar que hubo que acomodar las ideas, pero la convivencia fluyó con más naturalidad.

Con el correr de los días entendí que esa tensión no venía por decírmelo a mí, sino por decirlo. Yo tuve el privilegio de ser la persona que eligió para escucharse diciéndolo por primera vez. No es fácil la empatía. Supongo que quienes rechazan o cuestionan la homosexualidad no han tenido la oportunidad de ver esa angustia de quien sabe que va a ser menospreciado socialmente sin hacerle daño a nadie, simplemente por su elección sexual.

No pasó mucho tiempo para que comprendiera algo más de lo que se enfrentaba mi amigo. Un mensaje tallado a navaja en la puerta de nuestro depto rezaba: "manga de putos". Intenté borrarla para que no le le molestara, y rehusé hacerlo cuando me di cuenta que al que molestaba era a mí. Luego, me sentí tentado a dar aclaraciones ante las personas que se enteraban que vivía con un gay. Los absurdos interrogatorios de conocidos, que si llevaba muchos tipos a casa, que si su novio se quedaba a dormir, que si dormían juntos cuando estaba yo… A la distancia todo eso me parece absurdo, hasta que las voces de la comunidad siguen levantando muros de incomprensión.

Tras un par de años, él se fue a vivir con su pareja y yo me mudé a un monoambiente en Constitución. Allí volví a encontrar ese desprecio o temor en los vecinos que rechazaban subir al ascensor cuando debían compartirlo con alguna de las travestis que vivían en el décimo. Como aquel que siente incomodidad de poner un "me encanta" en el estado o foto de algún gay o travesti en las redes sociales. El miedo a que se confunda; como si en el amor no viviéramos atravesando situaciones confusas. 

Mediaban, entonces, los años ’90, quizá actualmente los jóvenes tienen más posibilidades de experimentar la sexualidad sin tantos prejuicios; aunque asumirlo debe tener aún hoy su costo. No es raro encontrar detractores de la Educación Sexual Integral a la que acusan de promover la homosexualidad. Incluso cuando no pueda discernirse si hay más homosexuales que antes, o menos personas obligadas a negar su deseo y vivir una vida frustrada u oculta. La ESI está destinada a que niños y adolescentes se acepten en sus elecciones y compartan sus vidas con naturalidad. En definitiva, a eso apunta la escuela, a formar una sociedad más hermanada.

No puede juzgarse el deseo. No sabemos en qué escenas familiares se generó, sobre qué cadenas significantes construyó nuestras fantasías, ni de qué rincones del inconsciente nos impulsa hacia el otro. Poco sabemos de por qué aceptamos o por qué nos rechazan; por qué en algún momento se va un amor o por qué vuelve en alguien más. Nos acostumbramos a dar o recibir explicaciones sin creer demasiado en lo que decimos o darle crédito a lo que escuchamos. El deseo, como el capitalismo al que se funde, no es meritocrático. Desde el inconsciente escribe nuestra novela erótica y coincidir en el reparto de papeles es tan complejo y maravilloso que poco sentido tiene cuestionar cuando las personas se encuentran.

No, no es que algo se haya hecho mal en su educación. La homosexualidad no se promueve; en todo caso se reprime. Seguramente se pueden reconstruir parcialmente los caminos del deseo, pero aquí no hay causas necesarias ni suficientes. Si verdaderamente existe un Dios homofóbico, él verá qué hacer al fin de los tiempos. Dudo que precise un ejército de creyentes que reprima afuera lo que evidentemente le genera fascinación por dentro. La verdadera pregunta no está en por qué alguien elije cambiar de sexo o acostarse con personas de su mismo género. Pregúntate, ¿qué es verdaderamente lo que te inquieta?

El feminismo avanzará hacia sociedades más abiertas, libres y diversas o quedará encerrado en reclamos circunstanciales. La violencia machista también se volcó históricamente hacia las "desviaciones" de lo heterosexual. En cierto modo, el rechazo de algunos sectores del feminismo a integrar los reclamos de la comunidad LGTB+ recuerda a las clases medias que separan el reclamo de sus derechos de los reclamos de los sectores populares. Eso es no entender la profundidad de los cambios requeridos.

Desde mi egoísmo individualista no puedo menos que desear que las personas puedan vivir su deseo de la forma más plena posible, sin violencias y sin tener que dar explicaciones a nadie. Más bien compartiendo sus historias de sexo y amor, de qué otra cosa hablar sino.

(*)El Chatarrín es ta lentoso; como la canción de Piero. Hace años que no hace la banda sin levantar la cabeza, ni tira al toque respuestas ocurrentes para hacer sonreír una dama; hace mucho que no lo ven bailar murga ni rock and roll; cada vez le cuesta más sorprender a sus estudiantes o hacer enojar a un intendente y sus deferentes. Aprendió a disfrutar el respeto de sus colegas y alumnos. Cada vez tiene menos paciencia para enseñar índices y análisis multivariados cuando todos se conforman con gráfico de torta y distribución simple (en tu cara Lazarsfeld). Pero todavía tengo ese brillo en los ojos cuando persigo una idea y me quedo toda la noche pensando las palabras para expresarlas... Todavía no es tiempo de madurar.