22:00 h. Miércoles, 11 de diciembre de 2019

La vieja de mierda 

 Por Martina Dentella
EL MUNDO DEL REVÉS  |  18 de julio de 2019 (16:28 h.)
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-Vení, vos. Vení para acá. Acercate -le dijo- escuchame una cosa, estás a tiempo. No te metas con esta gente porque la vas a pasar mal. Son todas una porquería. 

Le hablaba al nuevo novio de su nieta, que tenía dieciséis años. Y que decodificó el mensaje varios años después. 

Él tenía 15, cuando ella, de 37, se lo había apropiado bajo algunas condiciones que se perdieron en el tiempo. 

Su mujer había hecho con él lo que tantas con sus maridos. Y había tenido poco más de una docena de hijos con ella. 

A la noche, a la cama. Por la fuerza de una mirada. Tocaba. Apretar los dientes, pensar en otra cosa. La idea de tener hijos representaba una carga demasiado pesada, pero frente a esa operación brutal sin información, nada había para hacer. 

Sería una generación de hombres sin orgasmos ni derecho a la experiencia erótica. El sexo como deber, vergüenza y puro misterio. Hijos y más hijos en la miseria. Los inviernos crudos. La sencillez obligada, la vida de sacrificio, sin ser compensados con nada. 

-Vení, te aviso que éstas tienen la idea fija, están todas cortadas por la misma tijera. Una gente de mierda. Acordate lo que te digo, la vieja de mierda, que en paz descanse, porquería de persona- llevaba el rencor en la piel. 

Vivían todos en un rancho de adobe en la zona de quintas. A la mañana descontaba las horas hasta el anochecer, mientras levantaba el maíz, echaba arroz en la huerta o alimentaba los chanchos. Los quehaceres de la casa eran un trámite. Criar a los hijos en una casi niñez, sin consejos, sin brazos de más. 

Inmovilizaba a los pollos sosteniéndolos debajo del brazo, o colgados de las patas. Les estiraba el cuello y los desnucaba con la cabeza para atrás. A veces solo los agarraba por el cuello, que giraba hasta matarlos. Levantar los huevos de las gallinas ponedoras. Cocinar temprano, a fuego lento, alimentar a los hijos, casi como cachorros. 

Nunca lo vieron ni se sintió radiante. Vivía una vida cansada, sin sueños, encorvado, estropeado por el paso de un tiempo sin glorias. Qué era, acaso, lo que estaba a salvo en su vida, todo era una trampa. 

Esas responsabilidades fueron figuradas por los demás como un rasgo de amor. Para él era la obligación casi nociva, como si no hubiera nadie más en el mundo capaz de ejercer un acto responsable. Para sus nietos también cortó cogotes y los arropó en el frío también. La vieja -que en paz descanse- estaba muerta. Bien muerta. Su nombre había trascendido por el orgullo y la oda al trabajo y al sacrificio, ese privilegio del que gozaban solo las mujeres. Su venganza era seguir vivo. O su tortura vivir de más. 

Hablarle a esa chico que venía del pueblo con esa impronta tan liviana era hablarse a sí mismo. O decirse todo lo que no había podido poner en palabras. Alertar al otro, pero desde el rencor. No tenía forma de saber que existían otras posibilidades, que la bondad habita en algunos cuerpos. Él, que no había podido salvar a nadie y mucho menos a él mismo, ahora tenía una oportunidad de gritar. 

El pibe se quedó. Durante todo el almuerzo lo miró con desprecio y asombro, como si fuese extranjero y hablara otro idioma. ¡Cómo podía rechazar esa advertencia!, si tan solo le hubieran alertado, le hubieran dicho que la vida iba a ser una acumulación de broncas y tempestades apagadas en el deber. 

Revisó sus recuerdos y los contuvo por un instante antes de dejarlos ir. La vieja -en paz descanse- estaba bien muerta. Ya no le podía cagar la vida. 

-¡Vieja de porquería, bien muerta que estás! - gritó en la mesa.

Después, el silencio.