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  • sábado, 08 de agosto de 2020

 La última mirada

Espacio de literatura /

(*)de Sonia Elisabeth Rubino

 La última mirada

                                        

La trajeron un mediodía de febrero cuando apenas tenía dos meses, tal vez menos.

Chiquita y desgarbada como era, inspiró muchos conflictos. Demasiados. En pocas palabras “estaba de más”.

Estuvo todo un día en la casa y al anochecer ya estaba decidido. Se tenía que ir ¿A dónde? ¿Quién sabe?

 Lo más importante era que se la llevaran esa misma noche. La defendí a capa y espada. Lloré, prometí y hasta imploré. A todos y a cada uno. Y a regañadientes,  al fin logré que se quedara.

El sol de los últimos días de verano le hacía cosquillas en la panza porque nunca se quedaba quieta. Era como un duende y caminaba dejando a su paso trozos de juguetes y pétalos de alelí.

Al cabo de un tiempo todos la queríamos y cuidábamos como lo que llegó a ser realmente. Nuestra mascota.

Le pusimos de nombre Laica, la llevamos al veterinario, la hicimos vacunar y a medida que crecía la queríamos más y más.

Muchas mañanas de invierno salíamos descalzos a  buscar chinelas y zapatillas. No había cordones ni botines que pudieran escapar de sus ganas de morder y jugar, aún a costa de retos, castigos y gritos a los que ella respondía sentándose y apoyando una de sus manos sobre su verdugo. ¿Quién podía resistir a tanto cariño, a tanta fidelidad?

Aunque reconozco que, más de una vez nos arrepentimos (me auto responsabilizaba) de haberla dejado estar en la casa, porque ya no había plantas ni flores que no hubieran pasado bajo sus garras. Tampoco crecía el césped en nuestro jardín cuando su instinto hacía de las suyas, desenterraba raíces de jazmines celestes y en su trompa traía como premio consuelo brotes de pensamientos amarillos.

 Pero todo enojo se desvanecía ante sus manotazos y gestos de cariño. Laica no tenía miedo a nadie, porque sabía que ninguno de nosotros, a pesar de las amenazas, le haríamos daño.

Se convertía día a día en una hermosa hembra, juguetona, traviesa y cariñosa , demasiado grande para tener algunos meses, demasiado chica para quedarse quieta, teniendo en cuenta que era la mascota de cuatro niños. Y demás está decir que jamás estuvo atada, encerrada o hubo intención de hacerlo.

Por las noches, el portón de la cochera que daba al gran patio quedaba abierto. Ella ladraba a los gatos que susurran romances y volvía a dormitar mitad afuera, mitad adentro. Yo aseguraba que tenía luciérnagas escondidas en alguna parte, pues cuando la noche estaba cerrada y la luna se enojaba, ella correteaba por el jardín como a plena luz del día.  

Nunca tuve miedo al dejar la casa abierta mientras la familia dormía. Aunque estoy segura que no era una perra guardiana. Solo bastaba un gesto de ternura para que hasta un desconocido hiciera de las suyas.

Repito. Nunca tuvimos miedo, salvo a sus patas mojadas los días de lluvia, las cuales dejaban huellas en los pisos recién lavados.

No sé cuando se hizo grande. De cuerpo digo. Un día nos dimos cuenta que su cuerpo de perra grande no se ponía de acuerdo con su espíritu de cascabel.

Su pelaje color miel, su cola manchada de negro y su mirada… su mirada.

Laica era mezcla de collie con quién sabe qué. No sabíamos y tampoco nos importaba.

Tenía algo de estirpe, a mi pobre forma de ver. Seguramente, a alguien una noche de invierno se le escapó su hermoso perro de raza que tuvo un fugaz romance con una callejera de color miel. O viceversa. La cuestión no era lo que parecía. Sino lo que era.

Pero como todo en la vida las cosas no duran para siempre.

Un día caluroso de marzo, cuando hacía dos años que estaba con nosotros, ocurrió lo inevitable; entró a la casa y encontró lo que buscaba. Luego se acostó al sol, después de disfrutar de unas deliciosas empanadas, que por supuesto no eran justamente para su almuerzo.

Hacía ya un tiempo que las cosas no andaban bien. Y en épocas de crisis detona hasta lo más insignificante (aunque las empanadas eran nuestro único sustento por el momento).

Se decidió mandarla por un tiempo a una guardería canina. Solo por un tiempo. Hasta que las cosas se calmaran.

No era precisamente lo que yo esperaba. La casa estaba demasiado tranquila y el sol la buscaba por las mañanas. Crecía el césped y florecían los nomeolvides, la luna… no me acuerdo haber vuelto a salir por las noches, por lo tanto no sé qué fue de la luna; y a las luciérnagas que yo imaginaba supongo que se las llevó con ella.

El rincón de sus fugaces siestas aún conservaba hilitos de miel como prueba de su estadía y aunque intenté limpiarlos, siempre aparecían en mi ventanal como fantasmitas traviesos jugueteando con el viento de otoño. Un otoño aún tibio que con timidez anunciaba que terminaba el verano.

A los 20 días fuimos  a visitarla... ¿No sé cómo me vio? La quinta es grande y ella andaba suelta, muy contenta acompañada por otras que, como ella, seguramente habían almorzado empanadas sin permiso.

Trataré de explicar lo que fue para ambas ese momento.

Me tiré en el barro bajo sus manazas fuertes, su lengua recorría mi cara y juro, juro que lloraba como yo.

Las dos lloramos, nos abrazamos, nos tiramos en el barro de chocolate y le pedí perdón tantas veces como pude.

El dueño del lugar la elogió, asegurándome que allí estaba bien, comía, tenía espacio y era de entre todos, su animal favorito.

Me contó como anécdota que daba la mano. ¡¿Cómo si yo no lo supiera!?

Quedamos en que la iba a retirar en unos días. Necesitaba acomodar algunas cosas para que regresara a casa.

Cuando me iba alejando, volví los ojos y me miró con esa mirada que yo conocía tan bien, cuando tiempo atrás estando yo muy triste por situaciones irreparables, ella apoyaba su mano en mi pierna y me clavaba fija la vista, fino el oído.

En esa época yo lloraba mucho y su sola compañía me reconfortaba, me mimaba. Entonces bajaba la cabeza para que mis manos se posaran en ella. Recuerdo su mirada. Tal vez nunca la olvide.

Esa tarde gris me miró igual, con tristeza como si supiera que no habría otra vez, otra tarde, otra caricia.

No me esperaste Laica. O yo me atrasé. O ambas cosas.

Cuando la fuimos buscar, hacía un par de días que había muerto.

Recuerdo que al llegar al lugar, la busque entre los animales sueltos, después miré para las jaulas y galpones. No la vi.

Lo que más me extraña es que no me sorprendí. Algo en mi interior me estaba avisando lo que mas tarde confirmé.

“Dejó de comer después que usted estuvo” me dijo el cuidador muy afligido

“No hubo forma de salvarla… un virus o algo así...se dejó morir ¿vio?”

Puñales en forma de palabras o palabras que atraviesan el alma como puñales. Es igual.

Bajé los brazos. No lloré. Miré el lugar por última vez. Creo que saludé, o dije “gracias” o ¿qué sé yo?

Nos fuimos en silencio. Recorrí el mismo camino que ella recorrió esa tarde para abrazarme .

Su mirada no era una más, estoy segura, ella sabía que era la última mirada.

Solo me resta hablarle hacia donde supongo que ahora está.

¿Qué fuiste en otras vidas Laica?

Tal vez una princesa a quien su príncipe abandonó; una niña huérfana. O siempre fuiste Laica. La que daba la mano y acariciaba cuando la retaban.

La incondicional color miel. Mitad perra, mitad ángel. Que supo el momento justo de la última mirada.

Ahora, donde vos dormías puse pensamientos amarillos ¿Sabes?

El césped crece lento porque el otoño se resiste al color verde. La luna te busca y las luciérnagas me odian. Me pregunto muchas veces porqué no te pude enterrar en nuestro jardín.

También me pregunto si sufriste o te diste cuenta, si extrañaste a los chicos, a mí, pero por sobre todas las cosas, me angustia pensar que entre tus plantas, tu cielo distinto a otros y los gatos susurrando en la oscuridad, tal vez no hubieras muerto; o tal vez sí, pero yo te hubiera dado el último pote de agua, la última caricia o solo apoyado mi mano como tantas veces lo hiciste conmigo.

Ahí sí me sacaste ventaja. Vos te diste cuenta antes que yo que esa era la última vez que nos íbamos a ver.  

Y yo no lo pude entender.

 

 

(*) Escribiendo es la manera que destapo la vida y disfruto el placer de los diferentes sabores. Periodista porque estudié, escritora porque no concibo otra manera de contarte lo que siento, lo que imagino y lo que sueño también.