La seducción de las dictaduras

cuatropalabras.com.ar  |  25 de marzo de 2020 (00:43 h.)

Opinión / 

Por Marcelo Chata García 

Cuestión de alteridad, “el peronismo nació y se configuró como un espejo invertido del antiperonismo”. La incapacidad de la élite económica de generar un modelo que incluya a las mayorías sociales y su rechazo a las reformas legales que adjudicaron derechos a los trabajadores empujó a esos sectores a identificarse bajo la figura de Perón. Así lo entiende Alejandro Grimson en su último libro ¿Qué es el peronismo? Esa escisión solo pudo sostenerse desde el ’55 con una presión militar cada vez más represiva hasta estallar en el genocidio del Proceso de Reorganización Nacional del ’76. 

Los crímenes de lesa humanidad fueron tan aberrantes (desapariciones, apropiación de bebés, torturas y violaciones), la debacle económica tan pronunciada (endeudamiento, cierre de fábricas, aumento de la desocupación y la pobreza), y la humillación nacional tan cara (derrota en Malvinas, sacrificio de una generación de jóvenes); que el “Nunca Más”, al finalizar el juicio a las Juntas Militares, opuso democracia a dictadura. La imagen de los militares como “reserva moral de la nación” había evidenciado su falsedad. No era más que otra institución integrada por individuos envueltos en intereses de clase y personales, permeable a la perversión de la concentración de poder y -sin control ciudadano- con una gran capacidad destructiva.

El tiempo nos enseñó que la democracia no es un concepto plano sino que tiene sus relieves. Aprendimos a medir la calidad democrática de los gobiernos por su respeto a la división de poderes, la alternancia de dirigentes y el respeto a la diversidad de opiniones. Alfonsín fue más allá y sostuvo que las democracias deben medirse también por la capacidad de los gobiernos para que todos los ciudadanos accedan a alimentarse, educarse y curarse.

Sin embargo, a más de cuatro décadas del golpe cívico-militar, la crisis del Estado de Bienestar y la economía de mercado empeoraron la estructura socioeconómica argentina, aumentaron las diferencias sociales y endurecieron las pujas distributivas. La inestabilidad e incertidumbre en la que vivimos, la dificultad para hacer proyectos a futuro, la atomización que encierra a cada uno en su individualidad, favorecen el imaginario de una ‘fuerza de seguridad’ que venga a poner orden.

Además, cada acto de corrupción, cada prepotencia de la plutocracia, cada menosprecio a las reglas de convivencia, cada privilegio de los sectores de poder, cada crimen impune, cada falsa noticia que circula en las redes menosprecia el valor de la democracia y aumenta la seducción del líder que humillará a quienes nos han humillado. Pero una sociedad que busca héroes, en lugar de participar en construcciones colectivas y racionales, está destinada a defraudarse.

Por último, para las nuevas generaciones aquella cruel experiencia de la dictadura ha quedado como un relato de historia; mientras que cada nueva película o serie audiovisual, con esa simple estructura maniquea de buenos contra malos, muestra fuerzas de seguridad moralmente impolutas; con líderes sabios y medidos, rudos y honestos dispuestos a hacer valer las reglas de juego. El miedo a la libertad, a asumir la individualidad y comprometerse en la construcción colectiva –como diría Erich Fromm- se evidencia en las apologías de las fuerzas de seguridad que recorren las redes.

Revertir esas inercias es el desafío de la educación para la memoria. En un mundo cuya dimensión económica genera cada vez más desigualdad de recursos y de poder; la democracia -con todas sus limitaciones- sigue siendo la esfera donde se sopesan nuestras libertades individuales, los intereses sectoriales y las necesidades comunitarias.

 

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