22:21 h. Lunes, 14 de octubre de 2019

La Miseria política

La visita del escritor Mario Wainfeld disparó -entre otras cosas- la comparación de la crisis actual con la de los años ‘30. Cuando la pobreza es hambre y no es agenda en la construcción de una respuesta adecuada e integral. El Gobierno local es anárquico y clientelar en la atención primaria mientras busca ocultar las consecuencias que deja el modelo. El PJ de Chacabuco dibuja alquimias electorales, pero no explica cómo piensan atacar esta problemática de fondo. La respuesta debe ser urgente y articulada desde el Estado dando protagonismo a los muchos que lo están haciendo desde el anonimato. La historia de mi viejo que, 70 años después, le pateó la tumba al almacenero que le negó media cabeza de vaca.

CONTRATAPA Por Alejo Dentella  |  30 de septiembre de 2019 (09:45 h.)
Más acciones:

El último jueves 26 visitó nuestra ciudad el reconocido periodista y escritor Mario Wainfeld. En una extensa recorrida por media docena de medios de comunicación y luego en una charla por partida doble en el Resto-Bar No Charles Cantinflas, entre otras cosas importantes, el invitado más de una vez se ocupó de resaltar que la actual crisis estructural de pobreza es solo comparable “con la de principios de los años treinta”. Creí entender, luego tuve la oportunidad de volver sobre el tema en un mano a mano de café, que su referencia estaba vinculada de algún modo al impacto de aquella y esta feroz crisis, con las necesidades más inmediata de un sector muy amplio de la población. En definitiva, coincidimos que estábamos hablando de millones de personas que lo pasan mal, que en la mesa de cada día escasea literalmente la comida. La pobreza y la indigencia estructural en la Argentina se ha naturalizado de tal modo, que cuando uno lo pone en palabras, corre el riesgo de utilizar la tragedia ajena como una apelación a la sensibilidad. En las proximas líneas, el desafío es persuadir al lector de que, al menos para este escriba, la cosa es mucho más compleja y lo remonta a su propia historia.

Los años ‘30 en la Argentina

Repasando un abreviado trabajo realizado en el año l983 por el historiador liberal Félix Luna, titulado Golpes militares y salidas electorales (Editorial Sudamerica, Junio 1983), encuentro unas pocas líneas en las que el autor habla de la miseria de los años treinta y dice: “El Estado emprendió algunas obras públicas -sobre todo, caminos- y no vaciló en demorar el pago del sueldo a sus empleados o aceptar que se rebajaran salarios de algunos sectores obreros, así evitaba la emisión de papel moneda y mantenía invariable el valor del dinero. Lo lograron, no hubo inflación y lo que valía un peso en 1929 seguía valiendo un peso en 1934, pero ¡cómo había que remar para conseguir un peso! Era un plan que descargaba el peso de la crisis en los sectores populares y por lo tanto fueron años de pobreza y desocupación”. De la lectura completa de esta parte del texto, que el autor relata en la página 40 de la citada obra, se desprenden diferencias y matices -algunos importantes- entre aquella y esta nueva y recurrente problemática de la pobreza y la miseria que ensombrecen aún mas a la actual situacion tragica del pais.

Básico derecho humano

La pobreza estructural, caprichosamente definida en esta columna como aquella que como mínimo impide poder acceder al menos a la mitad de las cuatro comidas diarias, se sobredimensiona en medio del actual proceso electoral. El oficialismo desde el control del Estado, o la oposición, aturdida por su urgencia de retorno al poder, no dan cuenta de una respuesta programada, coordinada y planificada como instancia de resolución inmediata y la construcción de un tejido de solidaridad y alternativa laboral para mitigar seriamente los efectos devastadores del hambre. De eso se trata cuando hablamos hoy de pobreza. Se trata de gente que no come, de gente que le duele literalmente la panza. Adultos, jóvenes, niños y ancianos, que silenciosamente soportan la impuesta limitación al derecho humano mas básico de la población que es el acceso a la comida. 

Alquimias electorales

Justamente el día jueves, acompañé en toda su recorrida, al periodista Mario Wainfeld y terminamos el rally en el bloque de concejales del PJ. Cuando Mario preguntó sobre cómo se husmeaba el resultado de la elección en el plano municipal, uno de los concejales de ese espacio se tomó un buen tiempo para desgranar argumentos matemáticos, ingenierías electorales, números que se restan, otros que se suman y así tratar de mostrar que si todo eso terminaba alineado, podían volver a ser gobierno. Ante el asombro del invitado, este cronista planteó la preocupación por entender que a esta altura lo lógico sería escuchar que las elecciones las iban a ganar por tener un programa superador al actual gobierno y al que ellos mismos hicieron en sus doce años que fueron desde 2003 a 2015. El cruce de opiniones continuó, hablé específicamente de la falta de propuestas para saber cómo harían ante un eventual regreso al poder para mitigar de inmediato los efectos de la pobreza extrema, cosa que tampoco está haciendo la actual gestión. “Estamos trabajando en eso, todavía no lo hemos promocionado”, terció otro legislador de ese espacio en tono poco convincente. Mientras tanto, son muchos y a pocas cuadras de acá, que silenciosamente y para paliar su propia angustia e impotencia improvisan un comedor para que se alimenten sus vecinxs y al mismo tiempo ellos también. 

Cuando la panza duele

Vuelvo sobre el principio de esta nota, desordenada y desprolija, más de lo habitual. A riesgo de autorreferencial, pero sin dudas con la carga emocional del registro que dejaron algunos relatos íntimos. Insisto en que es riesgoso hablar, ensayar o hacer literatura con el drama ajeno. Más cuando de lo que se trata es de personas tan humanas como uno mismo, pero que soportan el crujido de sus tripas y la impotencia infinita de la que pueden padecer sus niñxs. Justamente, allá por la década del treinta, mi viejo tenía apenas seis o siete años, mi abuelo no había llegado de su jornada en el horno de ladrillos donde le pagaban por día trabajado y mi abuela lo mandó, junto a otro hermano, a buscar media cabeza de vaca para poder armar un puchero. El almacenero se las negó por no tener el dinero y esa noche no pudieron dormir, ni soportar el dolor de la panza vacía. Setenta años después, memorioso y cabrón, caminaba por el cementerio rumbo, justamente, a la tumba de su padre. Durante el recorrido, descubrió la sepultura del almacenero que le había negado la media cabeza de vaca. Hizo dos cosas, la primera me la reservo por pudor, la segunda fue pegarle una patada a la tumba de cemento. 

Hoy es otra Argentina, no es la del treinta, podríamos estar discutiendo muchas materias pendientes menos la falta de comida. Sin dudas, es el resultado de la peor miseria, la miseria de la política.