La Emergencia política

PANORAMA POLÍTICO  |  16 de febrero de 2020 (23:06 h.)

Por Alejo Dentella 

Emergencia según la Real Academia. Las consecuencias de no haberlo hecho en 2015. Los trabajadores y proveedores no pueden ser el pato de la boda. La abulia del gobierno porque la falta de plata los deprime. No se puede recaudar tasas sino se mejoran los servicios. El dilema es político. Cuánto tiempo le queda a Aiola dentro de Juntos por el Cambio. Volver al galpón de calle Balcarce o repasar Creed II como alternativa terapéutica.

Según la Real Academia Española la palabra emergencia proviene del latín: emerger y alude al acto y el resultado de emerger (irrumpir- brotar). Desde el punto de vista de la política económica y entre las variadísimas definiciones y modismos con los que se la utiliza, podríamos mencionar aquella que habla de “la facultad de un gobierno de declarar la emergencia cuando sobrevengan hechos que perturben o amenacen en forma grave e inminente el orden económico, social y ecológico del país y constituyan una calamidad pública”. Está claro que cualquier interpretación, aun la mas vulgar, nos enseña que la emergencia habla de acontecimientos imprevistos frente a los cuales no hay tiempo de reaccionar para evitarlos. Es decir, solo se puede actuar luego de ocurrido y de ahí en más desarrollar acciones para recuperar la normalidad. 

En offside

Tomando este criterio y bajando al planeta tierra y en particular a Chacabuco, el actual intendente tuvo la posibilidad de declarar dicha emergencia sin autoculparse, cuando llegó al gobierno en el año 2015. Pero, volviendo al significado etimológico de la palabra o a sus más variadas acepciones de utilización criolla, la declaración de emergencia de la propia gestión, deja en offside al gobierno. Su apelación retórica es solo un recurso que no disimula la crisis financiera que no supieron evitar. El desmanejo de las cuentas públicas durante el período 2015/2019 conduciría necesariamente a este escenario de catástrofe. En el medio sobran los archivos con títulos de funcionarios hablando de municipio financieramente sustentable o el inminente arribo al déficit cero. Es cierto que no vale llorar sobre la leche derramada. Aceptemos que estamos en emergencia, pero que el pato de la boda no sean los trabajadores, ni la extensa lista de proveedores, entre los que hay que distinguir a los pillos de los de buena fe. Mientras capeamos el temporal seguimos esperando conductas ejemplificadoras del ajuste de la política. Concejales y funcionarios deberán poner el hombro o regresar a la actividad privada donde la remuneración es acorde a la prestación de servicios.

Gordura o hinchazón

Creer que la declaración de emergencia alcanza para oxigenar el inicio de esta nueva gestión es un diagnóstico equivocado y el resultado puede ser peor aún. No está mal delegar en el actual Secretario de Hacienda, Nerón Chari, la máxima confianza para ver si logra una tomografía del mapa económico financiero municipal y a partir de ese diagnóstico definir la medicina o el tratamiento aconsejable. Eso no significa que, mientras tanto, todo queda en piloto automático. La escasez de recursos no puede ser excusa. En todo caso después de cuatro años de gestión deberían estar adiestrados para manejar la pobreza. Con un presupuesto estimado en más de dos mil millones de pesos y 1800 empleados públicos, no hay porqué tolerar el abandono o la desidia. Mucho menos si pretenden mejorar la recaudación de las tasas. Por ahora, se repite la lógica peronista del problema estructural de la administración pública local. Cuando hay plata tiramos manteca al techo y cuando escasea el mango, nos deprimimos. El todavía voluminoso equipo de funcionarios deberá agudizar la imaginación y dar respuestas con lo que tenga a su alcance. De nuevo los concejales del oficialismo se tendrán que poner el overol porque la escribanía mucho para hacer no tiene en la agenda de este año. Ya aprobaron el balance y la impositiva. El segundo mandato de Aiola está mas atravesado por la emergencia política que económica. Nunca es aconsejable confundir gordura con hinchazón.

Destino incierto

Más allá de los problemas de dinero que el propio gobierno no supo prevenir ni manejar, la verdadera crisis coyuntural es política. El gobierno de Aiola amanece y se acuesta reposando sobre las espaldas del propio intendente. Sacrificio enorme que el pueblo le agradeció con 18500 votos. Pero con eso no alcanza. No sirve gobernar y construir poder en soledad. Desde ese personalismo, la gestión del día a día tiene luces y sombras que denuncian las euforias, las broncas, las angustias y también la impotencia de no poder. Además, la segunda gestión estará marcada por la incertidumbre del futuro político del jefe comunal. Por eso vale tirar alguna preguntas al voleo, ¿cuánto tiempo le queda a Aiola dentro de Juntos por el Cambio? ¿Quién le va a garantizar la asistencia financiera adicional si sigue jugando para el lado perverso de la grieta que representa el macrismo y los empleados radicales? ¿Estará Aiola enfrentando ese dilema existencial y esto impacta en la abulia de la gestión? ¿Cómo hará para contener a todxs cuando resuelva esa encrucijada?

Volver a las fuentes

La crisis económica, la emergencia y la falta de plata, deprime como en toda familia que no llega a fin de mes. A pesar de eso, la unica salvacion de Aiola es que vuelva a ser Aiola. Que se reencuentre con consigo mismo. Que  vuelva a tener hambre de poder. Que se llene otra vez los zapatos de tierra en las calles polvorientas donde no pasan los regadores. Que se anime a tocar timbre en la casa de los vecinos y reconozca sus propios yerros.

La UCR está en terapia intensiva. Devastada, maltratada y usufructuada por dirigentes que usaron el sello para servirse y asegurar su futuro personal. No hace falta diván, ni esperar el aumento de la coparticipación. El médico pediatra, hijo del herrero, deberá ir más seguido al taller de la calle Balcarce y mirarse en el espejo de su historia para empezar de nuevo. También puede dejar el teléfono por un rato y poner Creed II. Dentro del menú, puede elegir autoelogiarse de haber declarado la emergencia, cuando en verdad debió haberla evitado. 

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