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  • lunes, 01 de marzo de 2021

La Chicha 

Por Martina Dentella 

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La Chicha 

Surrealista. Así fue el entierro de mi tía Chicha. Hacía calor, cerca de las diez de la mañana cuando la llevamos al cementerio, en la Garay al fondo. 

 En el sector nuevo, los sepultureros nos esperaban para el protocolo del último adiós. Mi tía Inés puso una de sus canciones preferidas en el celular. El Ángel de la Bicicleta. Era imposible no figurarla tirando un paso con una mano levantada y la otra en la cintura. El bombón asesino, le dije a Inés, que buscó rápido en la lista de reproducción. Esa la encendía. Entonces, a unos metros, los sepultureros nos miraron. Uno se animó y acercó. “Cada uno despide como puede”, dijo. Le preguntamos si la conocía. Cómo se llama, dijo. Lidia Mabel. Pero la reconoció cuando dijimos Chicha. ¡La Chicha murió!, y siguió un gesto de agarrarse la cabeza con las manos. Entonces, llevó una mano a la panza y le dió al compás del bombón asesino. ¡Cómo se movía la Chicha!, dijo. Era la primera en salir a la pista. 

Lidia Mabel Denunciato fue uno de esos personajes de la ciudad que vale la pena haber conocido. Fue, durante años, la tesorera del Club de los Abuelos. Y se lo tomaba en serio. Lo hacía con un compromiso inquebrantable y con la ortodoxia de las agujas de un reloj. 

Cuando la visitaba, siempre estaba con los cuadernos bordados con letras doradas haciendo números. Me llevaba a los bailes, a las reuniones de comisión, al banco, y ¡cómo la querían en todos lados!. Era “la Chicha”. La que siempre celebraba sus cumpleaños. La primera en disfrazarse, colgarse collares, pintarse para la fiesta. La primera, también, en organizarse para armar bolsines para abuelos y abuelas en situación crítica. Como una vez, que me llevó a lo de Estela, y me enseñó a distribuir la mercadería en cada bolsa y después esperamos, sentadas en la vereda, que pasara el tiempo y los vinieran a buscar. 

Había vivido siempre con su mamá, hasta que quedó sola. Yo llegaba a la altura de la mesada, donde había pegado un sticker del Laboratorio de Dexter que le regalé. Me hace pensar en vos todos los días, me decía. Guardaba en la alacena antigua, con varios estantes -y ubicada entre el baño y la cocina- talco en frascos brillantes, rubor, collares, y los enganches de los ruleros y el spray con el que se peinaba antes de salir.

Con ese mismo espíritu compraba rifas a granel, y salía sorteada en una cada semana. Para ayudar, decía. Por eso siempre tenía una licuadora nueva, un tender, una lámpara, una pelota de fútbol, una freidora y distintos objetos que depositaba armoniosamente en el garage. 

Había trabajado sus mejores años en la centralita de telefónica, donde conectaban las comunicaciones de todo el pueblo, y aseguraba que tenía los secretos mejores guardados. Y los tenía. 

También usaba polleras de todos colores, camisas de seda, y zapatos cómodos y antiguos. Prestá atención, nena, que te tengo que explicar de nuevo, me decía y corría de nuevo los porotos y las cartas. Era loca, loca, loca como nadie y mi mundo de fantasía era el que creaba solo para mí. Supongo que lo era para todos. 

No habrá símbolos en su honor. Pero renacerá en la vida institucional de un pueblo que necesita el compromiso de los invisibles. Grandes, comprometidos, necesarios. Como Chicha.