16:13 h. Domingo, 15 de diciembre de 2019

Lo instituido, la deconstrucción y el deseo

Por Marcelo “Chata” García

CONTRATAPA  |  21 de noviembre de 2019 (17:02 h.)
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Hacía más de dos años había asistido a algunas de sus clases. Ni siquiera terminó esa carrera. Estaban conectados por las redes sociales, pero no habían hablado nunca. Había colocado like en alguna que otra foto o posteo, pero se perdía en el montón. Me encanta, jamás: el corazón era demasiado. 

Un día le habló: Hola!, ¿cómo estás? Él le siguió la conversación pero estaba claro que ni la registraba: confundió la carrera cuando quiso adivinar. ¡Imbécil! 

Él se sorprendió, se dio cuenta que la pifió de entrada tratando de adivinar. Prometió una birra en algún momento y archivó la causa. Desconfió. Miró la foto de perfil, no parecía ninguna gata, ni ninguna loca, pero... De hecho no tenía fotos ni selfies posando en el espejo del baño; no podía saberse con claridad qué tan bonita era. Sí que era mucho más joven. Podía deducirse que no era presumida o que tenía baja autoestima. Unos 30 –pensó-, a esa edad las chicas cambian la perspectiva con la sexualidad. Vio las fotos con el hijo. Maternidad resuelta, y no logró distinguir que tan mezquina o correcta era esa idea. Quizá, pensó, en aquella madrugada de sábado, divirtiéndose con las amigas a ver quién se la cree, simplemente lo vio conectado. En fin, mantuvo los buenos términos, pues no dejaba de ser una exestudiante, y adiós. 

Ella se había separado y criaba a su hijo, lo suficientemente pequeño como para tenerla casi sin salir por unos cuantos años. Porque era ella la que lo tenía toda la semana en su casa, era ella la que tenía que pedirle a su madre que lo cuide si quería una noche distendida con sus amigas. Y quien, quisiera o no, sentía todo el peso del juicio: cómo no cuida a su hijo, cómo no logró mantener a su pareja, cómo que sale, toma, baila, fuma y no está con su hijo, quién va a darle bola siendo madre, que no terminó la carrera y ahora ya está, que tiene que cuidar a su hijo, que su cuerpo ya no es el de una adolescente, y tantos otros que… 

No es que alguien se los dijera. O quizá sí, con la mirada, con los gestos, con el tono, con las preguntas incómodas, con los memes, incluso con la compañía de una amiga que pasaba por su casa antes de encontrarse con su novio. (¿Quién hacía el aguante a quién?) Tampoco que ella creyera firmemente en esas tonterías. O quizá sí, sin poder entender por qué, de dónde venía esa sensación de irresponsabilidad cuando reía zarpada en alguna de esas esporádicas salidas. 

Las instituciones son reglas, creencias y roles sociales. Y la institución no es eso que está afuera, ese edificio que se puede grafitear, esas personas a las que se puede gritar, ese poder al que revelarnos. Actúa desde adentro, nos atraviesa, estructura nuestro razonamiento y sentir.

Y así fue que agregó otra página al qué dirán, y avanzó ella. No muy segura de lo que hacía, pero el aburrimiento, alguna amiga que la alentó, que sí, que ahora es distinto, que qué tiene, que por qué nosotras no podemos ir al frente. Y sí, y cuál era el problema, y mirá está respondiendo, jaja, ¿sabrá quién soy?

No hubiera habido birra si no fuera porque al mes: "perdón si apuro, pero no sé si sos un tipo muy ocupado o no desperté siquiera tu curiosidad". Cuando los lazos de lo instituido comienzan a cortarse el camino es hacia adelante. El profesor comprendió que lo había pensado demasiado, que quizá era mejor dejarse llevar por la situación. Acostumbrado a ser cazador y no presa dudó si sabría manejarse en la cita. Está bien, la chica lo quería conocer e hizo lo que él había hecho ciento de veces.

Y fracasado otras tantas. Por qué no decirle que no y chau, no contestar. Era más fácil cortarla ahí que más adelante si pasaba algo. Comprendió que había allí una diferencia, él no iba a negarle la oportunidad de una salida, no porque un hombre le diga a todo que sí, sino porque luego cortarla no le generaba ningún temor. No representaba una amenaza violenta. No consideraba que fuera una situación que podría írsele de las manos. 

Aun deconstrucción mediante, el "tomemos algo el miércoles" la bloqueó un poco. No, en la cervecería no, vení a casa que dejo a mi niño en lo de mi mamá. No quería que la vieran saliendo con el profesor. Otra vez los qué de los demás y los propios. Después cayó en la cuenta que iba a estar con un tipo sola en su casa, que parecía un buen tipo cuando lo tuvo de profesor pero quién sabe. Tampoco estaba segura de querer que pase algo; cuando escribió sí, fantasía, pero ahora. Ahora ya estaba, su amiga iba a estar al tanto e iba a pasar de ser necesario.

Él entendió sin explicaciones, nada público. Llevó cerveza, algo dulce y algo salado, un par de temas para hablar en casos de silencios. Estaba algo nervioso, es bueno que los años no borren eso, pensó. Le preocupó no mostrarse como exdocente, sería deserotizante. En principio todo parecía más claro y fácil que cuando era él quien buscaba seducir a alguien; sin embargo, que la iniciativa la haya tomado la chica lo desorientaba. ¿Qué se supone que tengo que hacer, bromeó para sí, histeriquear? ¿Y si es una loca? Miró la cerveza, las papas y el chocolate, se sintió un pelotudo y tocó el timbre.

No lo deslumbró pero estaba bonita. La casa estaba ordenada y limpia y le agradó darse cuenta de esa preparación, supuso en ella también cierto nerviosismo de último momento. Entró mostrándose lo más natural posible y hablando sobre uno de los disparadores que tenía preparado. Funcionó, la charla fluyó libremente en parte porque ella también se dio cuenta de su nerviosismo y no tenía la intención de ponerlo difícil.

Que te haya invitado a mi casa no quiere decir que vaya a pasar algo, dijo, como si nada, mientras colocaba los vasos en la mesa.

Por mí echame a mitad de la cerveza o de un polvo, no fuerzo situaciones, ni pido explicaciones po…

Sí, lo sé, porque vos tampoco las darías…

Mientras avanzaba la charla ella no acortó nunca la distancia. De ahora en más le tocaba arriesgar a él, manejar esa cronémica de la seducción. Poco a poco se fue dejando llevar a ese lugar de la pose, de la sonrisa insinuante, de la mirada inocente. Sea porque sintió que ella ya había hecho bastante, sea por cederle el lugar de cazador que él parecía reclamar. O porque algo de lo instituido les pedía dejar la deconstrucción para otra ocasión. Al poco de hablar su cuerpo ya había dado el veredicto para esa noche.

Romper cadenas internas, reconocer el propio deseo, asumirse en él, liberarse de convenciones sociales, de tradiciones del opinar, del juzgarse y el juicio ajeno, de la condena previa. Ahí estaba, dispuesta a hacer con su deseo lo que le dé gusto y gana. Puesta en acto de un feminismo liberador que intuye que el deseo –misterio insondable- hará lo que quiera con él.

(*)El Chatarrín es ta lentoso; como la canción de Piero. Hace años que no hace la banda sin levantar la cabeza, ni tira al toque respuestas ocurrentes para hacer sonreír una dama; hace mucho que no lo ven bailar murga ni rock and roll; cada vez le cuesta más sorprender a sus estudiantes o hacer enojar a un intendente y sus deferentes. Aprendió a disfrutar el respeto de sus colegas y alumnos. Cada vez tiene menos paciencia para enseñar índices y análisis multivariados cuando todos se conforman con gráfico de torta y distribución simple (en tu cara Lazarsfeld). Pero todavía tiene ese brillo en los ojos cuando persigo una idea y me quedo toda la noche pensando las palabras para expresarlas... Todavía no es tiempo de madurar.