10:52 h. Miércoles, 20 de noviembre de 2019

Lo importante es el relleno

Como cuando vamos a comprar empanadas y preguntamos de qué son. Algo así pasa con el anuncio del pacto social que se avecina una vez que Alberto Fernández se haga cargo de la administración nacional. Lo central será el contenido de ese acuerdo en el que deberán estar representados todos los sectores de la sociedad argentina. Será un desafío inmenso ensamblar intereses tan disímiles, casi un milagro en épocas de grietas y cuidadores de quintas propias.

OPINIÓN Por Gustavo Porfiri  |  05 de noviembre de 2019 (18:09 h.)
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El llamado a un acuerdo entre los diferentes componentes de la sociedad argenta no es una novedad, ya hubo antecedentes. Uno de ellos ocurrió en los tiempos del gobierno peronista de Héctor Cámpora y la tercera presidencia de Juan Domingo Perón. Allí, los protagonistas principales fueron el sindicalismo nucleado en la CGT y el empresariado que respondía a la Confederación General Económica(CGE). El ministro de Economía José Ber Gelbard -quien fue fundador y presidente de la CGE- se planteaba la necesidad de reconciliar a obreros y empresarios nacionales en un mismo sentido. Así se dio el pacto social de aquella época que fue firmado el 8 de junio de 1973 por los miembros de la CGT y la CGE.

El contenido de ese acuerdo estaba plasmado en una veintena de leyes que regulaban desde las cuestiones relativas al salario hasta las concernientes a la política financiera y monetaria, pasando por cómo debían conformarse los precios de una determinada cadena de productos. Ese pacto fue historia el 1° de julio de 1974, cuando murió Perón y el peronismo -y la política argentina toda- volaron por los aires.

Acá el tema está en que el título “pacto social” no resuelve nada por sí mismo. La cuestión es ver cuál será el contenido, el relleno, como con las empanadas. Porque el vocablo pacto remite a una concordancia entre diferentes protagonistas que representan intereses dispares. Hasta donde se sabe, en la convocatoria que hará el presidente electo deberán estar -por ejemplo- los señores de la Unión Industrial Argentina, los empresarios Pyme, los trabajadores a través de sus organizaciones representativas, las universidades, las iglesias, en fin, un cúmulo de actores que deberán trabajar arduamente para acercar posiciones bastante alejadas.

Resultados envidiables

A pesar de su corta vida, aquel acuerdo de los años setenta del siglo pasado dio sus frutos, reconocidos hasta por el propio Fondo Monetario Internacional. Este organismo dictaminó en diciembre de 1974 que se había logrado bajar la inflación del 80% al 14%, se produjo un aumento de las exportaciones, subieron las reservas, mejoraron los ingresos promedios y aumentó el PBI por habitante, entre otros logros.

Gelbard y Perón tuvieron con esa herramienta la posibilidad de dinamizar la economía interna a través del aumento del poder adquisitivo de los trabajadores. Así se estimuló el consumo y con él el comercio se fortaleció, al igual que la demanda de servicios. La producción industrial nacional comenzó a incorporar trabajadores tirando para abajo el índice de desocupados y dando velocidad a la rueda, reforzando el poder de compra de la sociedad, y otra vez la espiral se retroalimentó. Nada nuevo bajo el sol: una variante de Estado al servicio de la producción y el mercado interno en el marco de una economía capitalista. Nada que no sepamos, pero que esos hombres supieron, quisieron y pudieron poner a andar.

Pacto siglo XXI

Claro que eran otros tiempos y que quizá hoy lograr que un acuerdo de sectores termine sacándonos del pozo en el que nos arrojó el gobierno de Cambiemos sea bastante más complejo. Tampoco debemos caer en el error de pensar que juntarse solamente con buenas intenciones va a alcanzar para tener algún resultado. Este encuentro de tribus deberá ponerse a debatir seriamente sobre cómo debe diseñarse una estructura económica y social capaz de contener, primero, a los más frágiles, a quienes están en la emergencia (recordemos que estamos en emergencia alimentaria). Luego se deberá hablar mucho sobre qué hacer con la monumental deuda que nos dejan los cambiantes en complicidad con el FMI. Es que, según qué se decida al respecto, tendremos poco o mejor margen para atender el desastre urgente. Y aquí debería primar un criterio de soberanía nacional: los recursos deberán enfocarse primero a atender las necesidades de millones de argentinos que no aguantan más. Después veremos qué, cómo y cuándo con los compromisos contraídos por un gobierno que fue elegido democráticamente pero que no consultó a nadie para tomar semejante deuda, la que habría que revisar para descartar que sea fraudulenta.

El pacto antes que el caos

Bueno, va a estar interesante. “No es para mal de ninguno sino para bien de todos”, dicen los versos del Martín Fierro. Ojalá ese espíritu sea el que prime en este desafío que deberán enfrentar los señores y señoras que se reúnan para dar forma al anunciado pacto social(los encargados de preparar el relleno de la empanada). No tenemos mucho tiempo tampoco, el desastre que hicieron el macrismo y sus aliados radicales no deja margen para especulaciones. O se hace algo rápido en el marco de la institucionalidad que plantea el actual sistema democrático, o el agua seguirá su curso por donde pueda. Y a pesar de que un acuerdo entre partes dejará dudas y necesidades sin cubrir, será preferible al desmadre total, del que nos venimos salvando porque todavía seguimos siendo un país de avanzada. Si no, miremos a través de la cordillera, donde los sectores de poder todavía insisten con mantener una constitución nacional redactada por la dictadura pinochetista, no con tinta, sino con sangre de pueblo.