21:48 h. Lunes, 20 de Noviembre de 2017

Cuatro Palabras

Identidad nacional

SIENTO, LUEGO EXISTO  |  07 de Septiembre de 2017 (01:12 h.)
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Por Martina Dentella 

Para un trabajo universitario, una amiga me preguntó en qué cosas me sentía compartiendo una identidad nacional, qué me hacía sentir argentina. Le dí vueltas a la cosa, pero todo lo que se me ocurría arrastraba una connotación negativa. 

Le contesté que no creía tener un sentimiento de identidad nacional que trascienda un mundial, algunas lecturas, el mate. Que la gran industria e influencia cultural era muy global, y que quizás por ser del interior tendríamos algunos usos más arraigados. Pero nuestra identidad nacional era medio cambalache, con raíces extranjeras muy cortitas y que además desconocíamos a los que habitaron el suelo preexistentemente al Estado Nacional. El agravante es que pocos tenemos clara la historia y con la memoria estamos para atrás. En fin.

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Parece un día normal. Pero varios de los que abrigados, sufrimos el calor y la humedad del subte, amontonados, estamos yendo a pedir que aparezca una persona que hace un mes no está pero que existe. 

Una señora que va sentada tiene una remera de memoria y verdad. 

Circula información de qué hacer en caso de represión y horas después sabremos que no fue en vano. 

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Cuando era chica fantaseaba con pensar qué pasaría si algún día me tocaría atravesar desapariciones o vivir una transformación del Estado de este tipo. De qué lado estaría. Qué haría. Qué postura tomaría. O hasta dónde me permitiría llegar el miedo. 

Hasta ahora, estoy segura de poder afirmar que el gobierno de Mauricio Macri no es una dictadura. Cambiemos llegó al Estado por vías democráticas y hasta acá mostró que pretende continuarlas, aunque algunos usos, costumbres y discursos parecen haber salido del cajón de los recuerdos siniestros. 

Sé de qué lado quiero estar hoy frente al atropello de las garantías constitucionales y los derechos humanos. De todos los derechos humanos. No quiero que me corran por derecha. Quiero que aparezca Santiago, quiero que todxs los niñxs tengan las mismas posibilidades, con asperger o no, con dificultades motrices o no. Quiero que se hable de Santiago y de las injusticias sociales en las aulas, en las casas y en cada rincón del país. Quiero que no haya femicidios, quiero que el Estado subsane lo que no decide prevenir. Que se aplique el ESI en las escuelas. Que no mueran más mujeres por abortos clandestinos. Que los pibes serviles al narcotráfico vuelvan a las escuelas, que el estado sepa contenerlos y les brinde alternativas concretas, tangibles, reales. Que lxs pibes no pasen hambre. 

Quiero derechos humanos universales y más amplios. No es Santiago, no es una causa, son todas y más. Y también Santiago. 

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Viernes por la tarde. En la boca del subte se amontona gente y cada paso hacia la plaza cuesta más. Una chica de unos 30 años le grita a otra. “Te estaba buscando. Desapareciste”. 

Busco algún hueco para respirar. 

Le dijo “desapareciste”. Me da frío. 

Lo bueno de marchar sola es marchar con todxs, pienso. Me entremezclo entre distintas organizaciones, camino con unxs y otrxs. 

En una persona no vidente veo una sonrisa. Abraza a quien lo acompaña. Los tambores retumban y vibran en los cuerpos y él lo sentirá más y mejor que nadie. 

Parejas, niños, cochecitos, gente joven, gente grande, gente sola, gente en grupo y cada vez más. 

Logro meterme de oído en algunas conversaciones. Todxs hablan de lxs docentes, de los familiares que piden que no se hable de Santiago, de la posición de lxs directivxs. 

Varios hombres en moto se bajan y las llevan a la carga para no atropellar a nadie. 

Los pueblos originarios están presentes con sus canciones y sus instrumentos. 

Qué bueno sería que Santiago Maldonado nos viera. Me imagino a él, recuperado, viendo en retrospectiva a tanta gente en vilo por su aparición. 

Un niño llora y su madre le explica “Llorá todo lo que quieras, nos vamos a quedar, vinimos a marchar porque un chico desapareció”. 

Santiago Maldonado en las paredes, en las revistas en las remeras, en todo lo que está vivo. 

Antes de irme me detengo con una orquesta. Y bailo, en realidad muevo los pies. Algunas cosas solo suceden al calor de una parte del pueblo. Para resistir de pie a veces hay que bailar. 

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Pienso en la pregunta que días atrás me hizo mi amiga sobre la identidad nacional. Lo que se vive en las marchas es lo más parecido a mi identificación con el conjunto. Siento cierta especie de orgullo patriótico por movilizarnos frente a las injusticias. 

Identidad nacional. La veo en todos los que me rodean, los que caminan cerca. Los que pegan carteles, los que filman, los que gritan, los que cantan. 

En Argentina, cuando las garantías constitucionales no caminan, el pueblo se pone de pie.