16:17 h. Domingo, 15 de diciembre de 2019

“Con Hugo Zanlungo empezó a picar la Regularidad”

Por Alejo Dentella

“Algunos de los precursores de Regularidad de la ciudad fueron Horacio Williams y Ernesto Miró, que en alguna medida nos convocaron. En ese momento, los autos en boga eran el Siam Di tella 500, el Gordini, Dauphine, Fiat 600, Chevrolet 400 y Falcon, entre otros”, recuerda Raúl Salvatierra, apenas arranca la conversación. De inmediato pone el eje en quien considera el principal referente de ese proyecto y de muchos otros que dejaron su sello a la ciudad. Cuando Raúl habla de Hugo Zanlungo se nota que la admiración desborda cualquier interpretación racional y apunta la causa: “por haber tenido la relación que tuve: primero fue mi profesor en el secundario y enseguida, con apenas 17 años, me inicié laboralmente con él; por eso me merece una mención especial”. 

ENTREVISTA A RAÚL SALVATIERRA  |  21 de noviembre de 2019 (08:32 h.)
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“Justamente, con Hugo, empezó a picar la Regularidad, empezó a gustar. Era un hecho que se vivía adentro del auto. Así se fue gestando lo que fue ARUCH (Asociación de Amigos Regularistas Unidos de Chacabuco). En 1964, una competencia de Regularidad era una novedad. Es un invento argentino. Los pioneros, de Rosario, venían a fiscalizar las pruebas el día de la competencia. Lo que hacía Hugo lo hacía bien y tenía que funcionar perfecto”, reafirma quien -sin duda- heredó gran parte de ese apego por el trabajo meticuloso e incansable. 

“Hay dos hechos que repito de viejo”, afirma, y los recuerda: “Sarmiento decía: ´las cosas hay que hacerlas. Mal, pero hacerlas´ y San Martín decía: ´las cosas hay que hacerlas bien o no hacerlas´”. Esas son dos posturas y no hay que explicar mucho más. Lo último es lo que pensaba Hugo. 

“El escenario se montaba un día antes”, recuerda. “Se largaba el domingo, a las ocho de la mañana. Ya el sábado era un acontecimiento: los autos empezaban a circular por la plaza y generalmente se tomaba como sede el Círculo Italiano. Hugo Zanlungo usaba cartón cartulina para poner los nombres de cada participante, que eran entre veinte y cuarenta por cada prueba. Eran autos de calle, que daban la vuelta a la Plaza San Martín y retomaban por la Avenida Alsina hasta Hipólito Yrigoyen y de ahí hacia la ruta. El circuito era variado. El típico era el triángulo Chacabuco-Junín-Rojas-Chacabuco, o la variable con Salto. 

Las autorizaciones las daba la Dirección de Tránsito de la Provincia, porque en la ruta iba a haber un movimiento de autos distinto. Las velocidades eran entre 40 y 80 kilómetros, que se iban diagramando por zona”, detalla parsimoniosamente el entrevistado, mientras despliega carpetas que guardan detalles de la prolijidad y exactitud de cómo se organizaba la cosa. 

-¿Quién ganaba?

-No todo era de la persona que manejaba el cronómetro, porque si no se manejaban bien los tiempos, no servía demasiado. Es un equipo de dos. Podían ir más de dos. De hecho algún amigo siempre pedía acompañar. El único requisito era que no hablara. Muchos de los que participaban de las pruebas ya no están. Algunos de ellos eran René De Adreis, Federico Cantoni, Tato Andrada, Jorge Montes, Carlos Montes, José Osvaldo Morini, Otilio Maggi y “el genio del instrumental” que fue Darío Ferro. 

Darío Ferro era de una inteligencia y capacidad increíble -dice Raúl- y recuerda que hacía “todas las tripas de velocímetro de los que corríamos Regularidad en Chacabuco. No había otro. Y sabía mucho”. 

En la ciudad aquella había otros tiempos, o la gente tenía más tiempo. “Era un trabajo adicional, armar un velocímetro llevaba un tiempo considerable, había que preparar la máquina, hacer el cuadrante, una chapa más grande que se adapte a la aguja, y otras cosas”. 

Cada quince días había una prueba y a veces se iba a los pueblos vecinos: Chivilcoy, Pergamino, Arrecifes, Junín. El sábado anterior había que salir a probar. 

-¿Se movían de una provincia a otra?

-Sí. Eran otros costos, pero fuimos a Buenos Aires y tuvimos la suerte de ir dos veces a Mar del Plata. 

-¿Cómo se resolvían las competencias?

-El campeonato era anual, se resolvían con una cantidad de pruebas establecidas para armar el campeonato y luego las categorías se fueron diagramando de acuerdo a los puntos y según el elemento con que participaban. Aquel que tenía el velocímetro original entraba en una categoría y el que tenía uno especial entraba en otra categoría. Tener un velocimetro especial -la amplitud de un kilómetro era de casi 6 o 7 kilómetros- significaba tener una capacidad increíble de regular la velocidad.

Luego de cincuenta años, Raúl Salvatierra volvió a participar con Carlos Zubeldía, hoy fallecido. Lo hicieron con el viejo cronómetro histórico y con una coupé Mercedes Benz. 

El día que acompañó en esa carrera, solo cambió el dibujo de la planilla, aunque era similar. “Practicamos dos o tres días antes. Fuimos a la ruta a probar, se hizo en homenaje a Juan Carlos Farizano, y felizmente tuvimos la suerte de ganar”, cuenta. 

Ahora el trabajo es distinto. Los camiones circulan a más de cien kilómetros y el tránsito es otro. “Por eso las pruebas se hacen los domingos a la mañana”, explica. Es un poco más difícil que en aquellos tiempos, desde lo técnico que se fue perfeccionando, hasta el tránsito. 

-¿Que te paso ese día que te volviste a subir al auto?

-Fue una emoción de volver cincuenta años después. Todo era un motivo de emoción. Uno tuvo la suerte de hacerlo en su momento y tuvimos la suerte de ganar, bienvenido sea.