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  • sábado, 19 de septiembre de 2020

Hay por dónde

OPINIÓN / Por Gustavo Porfiri

El miércoles 26 de febrero de este año se registró el primer caso de coronavirus en América Latina. Fue en Sao Paolo, Brasil. Han pasado seis meses y la pandemia asestó un tremendo golpe sanitario y económico a una región que ya estaba bastante maltrecha. Ha fallecido algo así como un cuarto de millón de personas, sin embargo, lejos estamos de ver algún horizonte favorable. Por el contrario, las proyecciones para lo que queda de 2020 no pueden ser peores. Igualmente, hay un rumbo.

Hay por dónde

En el ranking de países con más contagios, que lidera cómodamente Estados Unidos, Brasil está en el segundo escalón del podio y -junto a México- se ubica entre las primeras tres naciones con más decesos del mundo. Perú, con 86 muertos por cada 100 mil habitantes, superó esta semana a Bélgica como el país con mayor mortalidad por coronavirus. Chile y Colombia registran también altas tasas de fallecidos, mientras que la Argentina se acerca al medio millón de casos, aunque con una cantidad de decesos relativamente baja.

Personas contagiadas deambulando en las calles, incineración acelerada de cadáveres en la vía pública, miles de fosas comunes abiertas a toda máquina y ataúdes de cartón son registros visuales que conmovieron al mundo entero y describen crudamente nuestro presente.

Un botón de muestra

Varios expertos han explicado recientemente por qué Perú tiene la tasa de mortalidad por COVID-19 más alta del mundo. Entre otras causas se encuentran un precario sistema sanitario, baja inversión en salud, pobreza, alta informalidad laboral y hacinamiento en los hogares.

Farid Matuk, experto en estadísticas, y ex asesor del Gobierno peruano al inicio de la pandemia, explica: "la falta de infraestructura, la ausencia de Estado y la falta de orden social ayudan a incrementar el índice de contagios y muertes”. Godofredo Talavera, presidente de la Federación Médica Peruana, agrega: "lamentablemente tenemos un sistema de salud muy precario, donde carecemos de recursos humanos, nos faltan 16 mil especialistas a nivel nacional. Nos faltan hospitales, nos faltan centros de salud, nos faltan medicamentos, no tenemos laboratorios. Muchos se mueren en sus domicilios por temor de ir al hospital o por no encontrar camas o respiradores". Sus palabras fueron respaldadas por el jefe del Servicio Amazónico de Salud en la región de Loreto, Carlos Calampa, quien también ha denunciado el hecho de que los hospitales hayan enfrentado la pandemia "sin los equipos adecuados, sin médicos capacitados que puedan intervenir". Según él, este factor "ha llevado a una alta tasa de mortalidad. La historia se repite, región por región".(1)

Podríamos trasladar este diagnóstico a casi todos los países de la región.

Navegando al garete

Ningún especialista sanitario, ni mucho menos un gobernante, o un dirigente político, puede arriesgar hasta cuándo la pandemia estará acosando nuestras vidas. La única esperanza son los intentos de conseguir una vacuna, mientras tanto, seguiremos viviendo con la incertidumbre de cuándo nos puede tocar en suerte ser uno más en las estadísticas. Mucho depende de nosotros mismos, de nuestras conductas, de nuestro compromiso social, de nuestra responsabilidad colectiva. Los sistemas sanitarios precarios que tenemos en América Latina -salvando honrosas excepciones como la cubana, que hasta “exporta” agentes de salud y desarrolla una de las posibles vacunas- resisten al límite, una cuestión de la que pareciera que muchos no se han enterado. Los marchantes crónicos de la derecha berreta argentina representan muy bien a ese colectivo de insensibles a los que les importa nada si uno de estos días debiéramos elegir entre uno u otro enfermo para atenderlo como corresponde. En nombre de libertades y republicanismos de cotillón ponen en riesgo a propios y ajenos. Son un problema tan o más grave que la falta de recursos sanitarios. Encima, una dirigencia decadente y oportunista les da viento, como lo hace su líder máximo, desde su veraneo europeo. Son el lastre de esta travesía sin rumbo.

Pero no todo se resume a un problema de salud. El Banco Mundial pronosticó una caída regional promedio del PIB de siete puntos para este año. La Comisión Económica para América latina y el Caribe (Cepal) tiene proyecciones más catastróficas: nueve puntos de decrecimiento. Crisis sanitaria y debacle económica. Un combo letal para los pueblos de nuestras naciones.

Un faro en la oscuridad

El 30 de enero de 2017, durante el XXII Período de Sesiones del Comité Plenario de la Cepal, Biana Leyva, funcionaria de la Misión Permanente de Cuba ante Naciones Unidas, expresó el pensamiento forjado en el caldero de la revolución más influyente en nuestro subcontinente. “Nuestra región enfrenta hoy retos comunes, y tiene la oportunidad de actuar unida frente a los mismos. Debemos dar los pasos necesarios para lograr hacer realidad la aspiración histórica de nuestros pueblos de integrarnos en lo económico, lo social y lo ambiental”, dijo la representante de la isla mayor de las Antillas.

¿Y por qué una frase expresada en un contexto totalmente diferente al actual, en un tiempo en el que ni soñábamos con un desastre como el que nos toca enfrentar, tiene tanta vigencia? Pues porque las ideas expresadas por gobernantes, pero paridas por los pueblos, tienen la vigencia y la firmeza de las rocas. No necesitamos más que ese rumbo para echar a andar por un sendero de felicidad para todos quienes habitamos al sur del Río Bravo.

 

(1) http://www.granma.cu