22:22 h. Lunes, 14 de octubre de 2019

Game Over- Una novela violeta 

XXII-

TODOS LOS VIERNES EN CUATRO PALABRAS  Por Leticia Cappellotto  |  05 de octubre de 2019 (12:25 h.)
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Pensé que esta vez iba a lograrlo. Era matemático: Javier tomaría su batido proteico diario, consumiría el veneno de ratas más potente que había en el mercado, le daría un patatuz impensado y moriría en la misma cocina donde había querido matar a su mujer -mi prima- tantas veces antes. Era redondo, perfecto, casi poético: el golpeador golpeado, el cazador cazado, el que quiere inflarse, completamente desinflado, convertido en una minúscula rata que las mujeres empoderadas en nuestra libertad contra el patriarcado opresor matamos en equipo. Infalible. Era hermoso e infalible.

Pero no. El batido proteico no funcionó y lo que sucedió fue un completo bochorno para mi pedigree delincuencial. Javier tomó el batido pero la dosis no fue suficiente. Entonces comenzó a tener arcadas, vomitó, le bajó la presión y apenas tambaleó. Llamó a la empresa del batido, tuvo una discusión de más de una hora quejándose de que el producto estaba en mal estado y le enviaron dos potes gratis como compensación. Mi plan maquiavélico contra la opresión y la violencia que hace siglos sufrimos las mujeres se resolvió con una llamada de atención al cliente y más y más capitalismo y más y más patriarcado y más y más músculos en hombres que usan su fuerza para someternos. Vaya militante feminista resulté. Menuda asesina a sueldo. Fiasco completo y absoluto de Yiya Murano. Un desastre.

Luego de semejante bochorno tuve que aguantarme otro cónclave con mi prima en un café cerca de su oficina. Con la moral por el piso pero la frente en alto, fui a verla convencida de que esta vez podría explicarle que teníamos que contratar a alguien y propuse buscar al sicario. Aunque no tenía la más remota idea de como se conseguía uno, confiaba en que todo lo turbio y oscuro residía en la deep web y allí habría de conseguirlo. Ofrecí dinero, ofrecí tiempo, pero no podía volver a exponerme a un fracaso así. LaMisión requería atención profesional.

Nuestra reunión fue más triste y más caótica que la anterior. Mi prima estaba horrorizada con que Javier fuera tan imbécil de no darse ni cuenta que lo habíamos querido envenenar pero a la vez verlo vomitando en la cocina que compartía con su familia hizo tambalear nuevamente su decisión. Enloquecida, iba y venía en el café en razonamientos de los típicos que los especialistas llaman “fase de luna de miel”, en los que el agresor se siente muy arrepentido de su conducta y pide perdón, promete cambiar y la mujer le cree, confía en el “poder del amor” y todas esas mentiras de las revistas de moda y los cursos de autoayuda. 

Puse un límite en su locura y le prometí que buscaría, contrataría y pagaría un sicario para que matara a su marido, para que ella pudiera vivir y yo finalmente despedirme de este mundo cruel con mi misión realizada con eficacia. La dejé en el café pensando que lo más cerca que estaba del mundo de la delincuencia era mi dealer, Diego. Le escribí un mensaje, le pedí que viniera a casa y preparé un discurso profesional y verosímil: “Necesito matar a alguien y tengo dinero para pagarlo”, me dije tantas veces hasta que me lo creí. “Necesito matar a alguien y no voy a parar hasta conseguirlo”, reformulé. “Necesito contratar a alguien para que mate a alguien que está por matar a alguien”, repetía mientras me sentía la más viva de todos aunque era la del final más asegurado. Entonces concluí: quizás morirse, como la edad, también sea un estado de ánimo. Chan. 

(*)Leticia Cappellotto (BsAs, 1985) es docente y periodista. Publica artículos, crónicas y relatos en Argentina y España. Vive en Madrid.