11:20 h. Miércoles, 20 de noviembre de 2019

Game over - Una novela violenta 

ANTEÚLTIMO CAPÍTULO  (*)Por Leticia Cappellotto  |  04 de noviembre de 2019 (14:43 h.)
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Escribo esto en Barcelona. Vine a ayudar a Natalia y sus hijos a instalarse en su nueva casa y presentarle a los primos de mi dealer que le van a dar trabajo de encargada en el restaurant que tienen acá. 

Javier murió, sí, pero no murió realmente. No sabemos qué fue de él y dejó de importarnos a las dos tras el fallido intento de contratar a un sicario y la propuesta de trabajo en Europa. Con la plata que pensábamos gastar en aniquilarlo sacamos pasajes para ella y los chicos y alquilamos un departamento que mira al mar. No fue barato, pero además del dinero que teníamos destinado al asesinato usamos un préstamo que le hizo su madre y otro que le hicieron sus amigas. Nunca estás todo lo sola que creés que estás, aun cuando estás sola. Y concluimos: mejor que tomar las armas es tomar aviones. Y chau. 

Hicimos primero una denuncia para que él no pudiera reclamar la custodia y después nos fuimos los cuatro directo al aeropuerto. Por mi parte pude viajar con el adelanto de la editorial por el libro que todavía no terminé de escribir pero que ya empezó a circular en fragmentos por redes sociales como disparador de discusiones sobre el maltrato y la violencia. Había que hacer algo con toda esa mierda que no fuera solamente denunciarla, decían los comentarios. Sí, coincidí, no alcanza con tirarle piedras al patriarcado o exigirle al Estado que nos proteja, tenemos que hacer algo nosotras para protegernos entre nosotras. Ser cada día más fuertes, inventarnos un mundo entero donde los abusadores no tengan lugar y no seamos nosotras las que tengamos que matarlos antes de que nos maten ellos. 

Natalia y yo nos inventamos esto: conseguimos un departamento en Europa mirando el mar y un trabajo nuevo lejos de su marido golpeador. Ella se escapó de una situación de violencia de la que no era solamente víctima sino parte y cuando dejó de actuar como víctima, empezó a actuar de verdad. Y ahora tiene una nueva vida, una vida mejor. Dejar atrás su síndrome de Estocolmo le llevó más tiempo que a mí, pero ahora las dos afrontamos el futuro con renovado optimismo. El amor no duele, nos repetimos juntas mientras miramos el mar, sintiendo que cura más heridas de las que sabemos que tenemos. Y con el mar miramos también el horizonte, el infinito, la inmensidad de posibilidades que tenemos por delante, ahora que decidimos las dos matar a nuestros abusadores en nuestras cabezas, dejar de ser abusadas, dejar de disfrutar sufrir. 

Y nos felicitamos, porque después de meses de locura podemos decir con una paz mental impensada que no hemos matado a nadie, que no debemos cargar con la orfandad de los hijos de nadie y que además salimos vivas de todo el asunto. Tenemos que ser más fuertes, nos decimos, pero con más fuertes no hablamos de violencia, no hablamos de dolor, no hablamos de venganza. Tenemos que ser más creativas, nos repetimos, más constructivas, para imaginarnos algo nuevo, algo distinto, algo afuera de la lógica siniestra del ojo por ojo o del sálvese quien pueda. Y nosotras nos imaginamos irnos, huir, correr, correr lo más lejos que podamos. A otro país, a otro continente y a otro más. 

Pero el lobo siempre estará ahí. Javier –y todos ellos- deberían estar presos, pero recién están presos cuando nos matan. Y solo están muertos, muertos de verdad, cuando ya no pueden tocarnos. Cuando huimos, vivas, de ellos. Ahora que sabemos eso sonreímos, tranquilas, mirando el mar, lejos del dolor. Nuestra única venganza es ser felices. 

(*)Leticia Cappellotto (BsAs, 1985) es docente y periodista. Publica artículos, crónicas y relatos en Argentina y España. Vive en Madrid.