23:26 h. Lunes, 14 de octubre de 2019

Game over - Una novela violenta 

TODOS LOS VIERNES EN CUATRO PALABRAS 

XXI 

(*) Por Leticia Cappellotto  |  29 de septiembre de 2019 (12:25 h.)
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Ok then. Había fracasado estrepitosamente en mi Misión Homicida Nº1 pero también había renovado mi compromiso con mi prima y estaba más decidida que nunca a matar a Javier aunque fuera lo último que hiciera en esta vida. Ese hijo de puta la golpeaba y cada minuto que siguiera vivo ella corría el riesgo de morirse en sus manos. Y por raro que parezca, me importaba más su posible muerte que la confirmadísima mía, pero había motivos de sobra para eso. En los 50 días que habían pasado desde que me habían diagnosticado un cáncer casi incurable con el que no quería luchar, a juzgar por las estadísticas, se habían muerto asesinadas por hombres 34 mujeres en todo el país. Para mi asombro, muchas de ellas estaban separadas de sus agresores e incluso eran más las exparejas asesinadas que las parejas. Descubrí leyendo diarios que ahí estaba la encerrona fatal: no era necesario seguir viviendo con tu agresor para que pudiera agredirte, no era suficiente con denunciarlo, con mudarte ni con pedir una orden de restricción. El peligro siempre estaba ahí, acechándote. En el preciso momento en el que un hombre te decía que te amaba se convertía en tu potencial asesino. Y si lograbas dejarlo, peor. Los números estaban a favor de mi prima y en mi contra: no ganaba nada separándose de Javier si él seguía vivo, sino casi todo lo contrario. 

Pero tras el bochorno de empujarlo bajo un colectivo y que no se moviera un centímetro había visto claramente que la empresa no sería fácil y que el escenario me era adverso. Hay que reconocer que fue también eso lo que me motivó más aún, haber fallado. Que Javier fuera difícil de matar hacía mi día a día mucho más entretenido porque tenía un desafío, una misión. Estaba entusiasmada, por fin había algo que quería hacer. Por inverosímil que parezca, este hijo de puta me había devuelto las ganas de vivir. 

Lo siguiente en mi lista homicida era el veneno. ¿Pero dónde? ¿Dónde se pone el suficiente veneno como para que sea mortal? Yiya Murano, iluminame. Vos hiciste lo que nadie. Vos mataste a un montón de gente invitándolos cariñosamente a tomar el té. Qué elegancia, Yiya, qué clase. Help. 

Pero no podía hacer lo de Yiya, con lo mal que había quedado empujándolo, iba a ser imposible acercarme a Javier sin que me viera otra vez como una chiflada. Tenía que envenenarlo telepáticamente, digamos, teledirigidamente. Tenía que poner veneno donde solo él fuera a tomarlo y sin que yo tuviera que estar presente. Pero ¿Qué cosas consumía sólo él en esa casa? Repasé mentalmente la cena donde había conocido a Javier para hacerme un cuadro de situación. De pronto lo recordé. Casi todas las cosas que consumía esa familia eran compartidas, pero había una, solo una, que le pertenecía solo a Javier y a la vez era, paradójicamente, la completa y más absoluta síntesis de su personalidad, de su psicopatía, de su falsa fortaleza. El batido proteico que tomaba todos los días para que el gimnasio le rindiera más, para que los músculos se le inflaran como a un sapo, para agigantarse en su insignificancia. Si ponía el suficiente veneno de ratas ahí lo iba a matar, sí señor. 

Fui a la ferretería y compré el veneno más potente que encontré. Luego fui a la casa en un horario en el que sabía por Natalia que no habría nadie. Vacié el tarro de veneno en el pote del batido. Mezclé el pote como si fuera una coctelera y yo una bartender experimentada. Estaba hecho. Solo me quedaba esperar. 

(*)Leticia Cappellotto (BsAs, 1985) es docente y periodista. Publica artículos, crónicas y relatos en Argentina y España. Vive en Madrid.