06:24 h. Sábado, 21 de septiembre de 2019

Game Over / Una novela violenta 

(*) Por Leticia Cappellotto

XVI

TODOS LOS VIERNES EN CUATRO PALABRAS  |  23 de agosto de 2019 (20:51 h.)
Más acciones:

Mi prima organizó la cena para que pudiera conocer a su marido y así matarlo tranquila. El objetivo era claro: tenía que odiar a Javier y darle mi propio sentido moral al asesinato. No hay acción sin voluntad, decía algún pensador famoso, pero tampoco hay voluntad sin acción, se contradecía. 

Más allá de los problemas filosóficos en los que me enredaba a diario desde que Natalia me había encomendado LaMisión, ahí estaba yo esa noche, vestida con mis mejores galas, peinada, perfumada y absolutamente moribunda, con un vino entre las manos y una sonrisa angelical, a la espera de que Javier me causara tal odio y repugnancia que se me hiciera carne el dolor de mi prima y patente la necesidad de mi gallarda cruzada. 

A juzgar por su objetivo, la cena fue un desastre. Javier era uno de esos especímenes ridículamente prefabricados en la televisión, las redes sociales y la publicidad en general, tan mediocres que uno ni puede odiar. Hombre, heterosexual, clase media escolarizada, consumidor de bienes y servicios ABC1, de tendencias políticas difusas por no decir completamente indiferente a la realidad por fuera de su ombligo, alto, buen mozo, bien vestido, etc., etc.. Tan normal que dolía verlo. Sus comentarios eran minúsculos, intrascendentes, completamente acordes al sentido común. El pobre Javier estaba a favor de lo bueno y en contra de lo malo y me parecía el hombre más aburrido que había visto en mi vida. Lo único “raro” que hacía era ir al gimnasio. O sea, menos raro imposible. 

¿Cómo un tipo así de normal puede ser un monstruo?, pensaba mientras cenábamos. ¿Cómo alguien que no transmite absolutamente nada, que no despierta un pensamiento en kilómetros a la redonda puede a la vez tener una relación violenta? ¿Cómo voy a matar a este nadie? ¿A título de qué?. 

Hubiera esperado que Javier fuese violento desde el primero al último de sus movimientos, que fuera maleducado, soberbio, prepotente, que mostrara todas sus cartas con todas las mujeres a su alrededor y destilara ira como perfume de zorrino. Pero no. Javier era absolutamente nada. Un potus. 

Entré en un terreno pantanoso: ¿Y si mi prima estaba completamente loca? ¿Y si lo de la violencia era un invento? ¿Y si no tenía los ovarios suficientes para separarse de su aburridísimo marido y me estaba metiendo a mí en un kilombo sin salida? Para colmo, cuando Javier se fue a lavar los platos (!!!) Natalia me mostró moretones en sus piernas y al acercarme me di cuenta que tenía el cutis radiante. Me confesó que la noche anterior además de un par de rings habían tenido sexo. Bingo. 

Mientras tomaba café y comía tiramisú, me di cuenta de que en realidad estaba oficiando otra vez de la rompe hogares que nunca había dejado de ser. Tras el divorcio de mis padres me había metido en varias relaciones con hombres casados, para jugar a ser la tercera en discordia y reproducir ese trauma otra vez. A Freud le gusta esto. Y ahora, once and again, había quedado como el tercer vértice de un triángulo siniestro y ya no podía salir. No me quedaba más opción que creerle a la víctima, aunque la que más pinta de víctima tuviera en esa situación fuera yo. Y así me fui a mi casa, comprometida con LaMisión, a pensar cómo matar a Javier, aunque desilusionada por odiar casi más a mi prima que a él. 

Pero la víctima nunca miente, la víctima nunca miente, la víctima nunca miente, me repetí hasta llegar a casa y empecé a pensar en cómo asesinar al victimario potus cuánto antes.

(*)Leticia Cappellotto (BsAs, 1985) es docente y periodista. Publica artículos, crónicas y relatos en Argentina y España. Vive en Madrid.