15:04 h. Jueves, 22 de agosto de 2019

Game over - Una novela violenta 

(*) Por Leticia Cappellotto 

TODOS LOS VIERNES EN CUATRO PALABRAS  |  11 de agosto de 2019 (10:56 h.)
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XIV-

Mientras mi prima había tenido una actitud muy pro activa con respecto a mi muerte y las implicancias prácticas del asunto y me pidió que matara a su marido porque “total” me iba a morir, hay que reconocer que el resto de mis relaciones siguió el esperable camino de la desazón y el desconcierto con respecto ya no solo a mi deceso sino también a mi negativa a curarme. La gente con la muerte se trastorna, ya lo sabemos. 

En este caso, hice lo mismo que hice con mis padres: junté a todas mis amigas en una sola reunión en mi casa, hice cuatro docenas de empanadas, compré alcohol para tres generaciones y me dispuse a decirlo rápido y sin dudar. 

-Me quedan solo seis meses de vida.

La conversación giró en torno a varias cuestiones pero como siempre, la filosofía barata de la New Age de las revistas de moda se impuso frente a otras variables. El estar vivo suele ser algo que la gente da por descontado, por lo que no invierte mucha energía en dilucidar en qué consiste, mucho menos en hacer que la experiencia dé lo máximo de sí. Muchas de mis amigas vivían vidas automáticas, de esas que parece que no requieren en absoluto decisión por parte de quien la vive. Da la impresión, cuando uno se acerca a esas realidades, que si no fuera Fulanita la que la está ejecutando lo haría Menganita y daría exactamente lo mismo. Muchas de mis amigas vivían la vida que sus padres planearon para ellas, que el mercado acomodó a las necesidades del capitalismo acorde a su generación y que su clase social estipuló conveniente mucho antes incluso que ellas nacieran. Aunque parezca un poco demasiado determinista, mis amigas cumplían a la perfección el mandato del siglo XXI para una mujer de clase media ilustrada de un país del 3er mundo: Tener una carrera universitaria, una profesión medianamente exitosa, una pareja medianamente estable, una casa, un hijo, un auto y un smartphone para usar redes sociales. Esta estructura madre se nutría con algunas pinceladas de gracia más o menos variable de acuerdo a la persona: una devoción insana por la moda, los viajes, los recitales en algunos casos. Hobbies aleatorios entre pilates, yoga, cerámica, bijouterie, pintar mándalas o hacer tortas. Problemas con sus compañeros de trabajo, con sus familias políticas, con sus vecinos. La vida de la gente, si uno se detiene a verla en detalle, es abrumadoramente repetitiva. La clase, la época y la división internacional del trabajo pueden moldear cualquier personalidad. ¿Qué habían hecho ellas para seguir siendo fieles representantes de esta estructura? Francamente poco. Simplemente se habían dejado llevar. Y no les iba mal, pero tampoco les iba demasiado bien. Eso es lo que tiene de sexy la mediocridad, no completa pero no abandona; no excita pero no molesta. El mediopelismo de la vida puede reproducirse en muchísimos planos, pensaba mientras comíamos empanadas en mi patio: puede ser una cartera negra, que queda bien con todo, o una planta Potus, que se reproduce sin más en cualquier superficie. Mirando a mis amigas y su completo abanico de variaciones sobre la misma versión de ser mujer había descubierto que de no ser por mi muerte yo también sería una de ellas. Morirme joven por una tragedia inesperada tenía además un halito de épica que haría mi vida mucho más memorable que las de aquellas que se morirían de viejas rodeadas de sus nietos. El alivio era abrumador: no tendría una vida potus. 

(*)Leticia Cappellotto (BsAs, 1985) es docente y periodista. Publica artículos, crónicas y relatos en Argentina y España. Vive en Madrid.