15:24 h. Martes, 16 de julio de 2019

GAME OVER Una novela violenta 

(*) Por Leticia Cappellotto

TODOS LOS VIERNES EN CUATRO PALABRAS ​  |  06 de julio de 2019 (14:48 h.)
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IX-

La noticia había circulado como reguero de pólvora entre mi familia. Me iba a morir. Sí señoras y señores, Dios es así de hijo de puta. A todo esto, no sé a quién se le ocurrió que Dios fuera una criatura misericordiosa. Había un ser superior, sí, existía una inteligencia por encima de nosotros, claro, pero eso no quería decir que hubiera bondad allí. Eran dos razonamientos distintos y para nada lógicamente deductibles el uno del otro. Iba a morirme con menos de treinta años en seis meses y no había nada que la religión ni la ciencia pudieran hacer al respecto. Amén. 

Entre los familiares que me llamaron para solidarizarse con mi partida, convencerme de que hiciera el tratamiento o en su defecto, pedirme cosas, aparecieron tías que hacía años no me hablaban, primos terceros de mi madre que vivían en otros países, conocidos que se hacían llamar “primos postizos” que me mandaban oraciones al mail y más y más circo. La gente con la muerte se trastorna, capítulo MMCXVI.

La que no me esperé que apareciera y sin embargo fue de las primeras en contactarse conmigo fue mi prima Natalia. Hacía años que no nos veíamos, ni hablábamos, ni nos seguíamos en ninguna red social, pero habíamos compartido mucho tiempo durante nuestra infancia y adolescencia. Ella era también, como yo, hija de padres divorciados y fiel producto de la tanada del conurbano bonaerense que se reproducía en casas de primer piso con balcón y terraza llena de plantas. Cuando pasaba los fines de semana con su padre, compartíamos nuestro incipiente despertar sexual, las vicisitudes adolescentes, los secretos de moda, maquillaje y el amor por los Backstreet Boys. Qué épocas. En algún momento de esos años su madre se declaró insana y ella debió cuidarla más de lo normal, por lo que dejó de venir a la zona donde vivíamos su familia paterna y yo. Luego supe que se iba a casar pero no pude ir a su boda y nos distanciamos. 

Ya habían pasado seis años de esa fiesta y lógicamente ella y su marido Javier habían comprado un departamento de pozo, como buena pareja joven que se precie de tal y lógicamente también, como debía ser, habían tenido dos hijos. Eso mismo hubiera hecho yo de no morirme o de haber encontrado alguien que me convenciera de que el matrimonio no era una pérdida de tiempo y energías para mantener la sociedad capitalista. No renegaba de los casamientos, no obstante, me parecían unas fiestas espléndidas donde se comía y se bebía gratis y siempre era menester ver algún pariente derrapando. Me gustaban mucho sobre todo los videítos que se hacían con recopilaciones de fotos de los novios de niños y adolescentes hasta que se encuentran. Tenían una escalofriante similitud con eso que dicen que ves cuando te morís, pero quién soy yo para juzgar. A fin de cuentas estaba más cerca de chequear qué era eso que pasaba cuando te morías que de participar de un casamiento, así que tampoco podía hacerme muy la canchera.

La llamada de Natalia no me sobresaltó especialmente, porque para ese entonces todos mis parientes italianos me llamaban desconsolados, algunos hasta me bendecían el paso al más allá y hasta me pedían que salude a sus difuntos. Pero no fue el caso de Natalia. Mi prima quería verme, me dijo, porque necesitaba contarme algunas cosas. Me gustó su tono porque sonaba distinto a la ya agotadora conmiseración que todos usaban al hablarme. Volvíamos a ser pares, volvíamos a reírnos de lo mismo de siempre. Lo que me resultaba extraño, no obstante, era que ella tuviera que contarme “Algunas cosas”. Sonaba a que ella quisiera ponerme al tanto de cosas que yo no sabía y dada la distancia que había entre nuestras vidas, no me imaginaba qué era lo que quería contarme que me fuera a interesar en mi momento de transe hacia el más allá. Porque, seamos claros en este punto, nadie le gana a una moribunda en eso de las primicias. Finalmente debo agradecerle a mi prima porque fueron sus “cosas” las que hicieron que esta historia tuviera algún sentido más allá del clásico berretín de diario íntimo que toda chica occidental y posmoderna debe tener. Mi prima, con su drama existencial a cuestas y con sus escalofriantes novedades hizo que mi inminente muerte pareciera, antes que un mal chiste del destino o una anécdota tenebrosa, una bendición del cielo para toda mi familia. 

(*) Leticia Cappellotto (BsAs, 1985) es docente y periodista. Publica artículos, crónicas y relatos en Argentina y España.