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  • sábado, 11 de julio de 2020

Un faro llamado Paco

OPINIÓN / Por Gustavo Porfiri

Pandemia, Vicentín, desacuerdo con los acreedores, grieta, fase 5, fase 1… La actualidad que nos atraviesa es un aquelarre. Permiso, pero este escriba hoy se corre un poco del torbellino cotidiano y dedicará esta columna a homenajear a una referencia ineludible: Francisco Urondo.

Un faro llamado Paco

Santafecino, nacido en el verano de 1930. El miércoles de la semana pasada se cumplió un aniversario más de su asesinato, en el marco de la última y más sangrienta dictadura cívico militar que asoló estas pampas.

El 17 de junio de 1976, en Guaymallén, Mendoza, el auto en el que viajaban Paco, su compañera Alicia Raboy, la hija de ambos, Ángela Urondo, de ocho meses, y René "la Turca" Ahualli, fue interceptado a balazos por fuerzas de seguridad.

Según Rodolfo Walsh, “el traslado de Paco a Mendoza fue un error. Cuyo era una sangría permanente desde 1975, nunca se la pudo mantener en pie. El Paco duró pocas semanas… Fue temiendo lo que sucedería. Hubo un encuentro con un vehículo enemigo, una persecución, un tiroteo de los dos coches a la par. Iban Paco, Lucía con la nena y una compañera. Tenían una metra, pero estaba en el baúl. No se pudieron despegar. Finalmente Paco frenó, buscó algo en su ropa y dijo: «Disparen ustedes». Luego agregó: «Me tomé la pastilla y ya me siento mal». La compañera recuerda que Lucía le dijo: «Pero, papá, ¿por qué hiciste eso». La compañera escapó entre las balas, y días después llegó herida a Buenos Aires… A Paco le pegaron dos tiros en la cabeza, aunque probablemente ya estaba muerto”.

Las biografías lo citan como escritor, periodista, poeta y militante político. Sin embargo, fue mucho más, se convirtió en faro. Para comprobarlo, recordemos sus propios textos: "Del otro lado de la reja está la realidad, de este lado de la reja también está la realidad; la única irreal es la reja; la libertad es real aunque no se sabe bien si pertenece al mundo de los vivos, al mundo de los muertos...". "Los sueños, sueños son; los recuerdos, aquel cuerpo, ese vaso de vino, el amor y las flaquezas del amor, por supuesto, forman parte de la realidad; un disparo en la noche, en la frente de estos hermanos, de estos hijos, aquellos gritos irreales de dolor real de los torturados en el ángelus eterno y siniestro, en una brigada de policía cualquiera, son parte de la memoria, no suponen necesariamente el presente, pero pertenecen a la realidad".

Los caminos ineludibles de la lucha

Perteneció a una generación que -durante la década de los setenta del siglo pasado- se vio empujada a experimentar una de las dimensiones más complejas de la práctica política: la lucha armada. Fue integrante de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) organización que más tarde se fusionaría con Montoneros. 

Dentro de las acciones en las que participó se encuentra la desarrollada el 30 de julio de 1970, denominada “Operación Gabriela”. Se trató del copamiento de la localidad bonaerense de Garín, que incluyó la toma de la estación de ferrocarril, el asalto a la sucursal del Banco de la Provincia de Buenos Aires, la neutralización del destacamento de policía y el control de la oficina de la Empresa Nacional de Telecomunicaciones (Entel). En febrero de 1973 Urondo fue apresado y trasladado al penal de Villa Devoto. Allí compartió celda con los tres sobrevivientes de la masacre de Trelew(Alberto Miguel Camps, María Antonia Berger y Ricardo René Haidar), con quienes pudo dialogar extensamente y editar posteriormente sus testimonios en el libro “La patria fusilada”.

Un elegante

“La crueldad no me asusta y siempre viví deslumbrado por el puro alcohol, el libro bien escrito, la carne perfecta. Suelo confiar en mis fuerzas y en mi salud y en mi destino y en la buena suerte”, escribió. Al respecto, Osvaldo Bayer, detalló: "Paco era el prototipo del hombre fino, se vestía de forma muy atildada. Tenía una sonrisa que parecía como si fuera un gesto de su cara. Muy culto y de conversación tranquila. Era una especie de izquierdista moderado ilustrado. Como periodista era muy bueno, bien calificado".

Eligió quedarse

Otra vez revisemos la semblanza que le dedicó Rodolfo Walsh: “Llegaste a los cuarenta años con la pasta de los grandes escritores, que no es más que una forma de mirar y una forma de escuchar, antes de escribir. El problema para un tipo como vos y un tiempo como éste, es que cuando más hondo se mira y más callado se escucha, más se empieza a percibir el sufrimiento de la gente, la miseria, la injusticia, la crueldad de los verdugos. Entonces ya no basta con mirar, ya no basta con escuchar, ya no alcanza con escribir.

Pudiste irte. En París, en Madrid, en Roma, en Praga, en la Habana, tenías amigos, lectores, traductores. Podías sentarte a ver desfilar en tu memoria el ancho río de tu vida, la vida de los tuyos, volcarlos en páginas cada vez más justas, cada vez más sabias. Con el tiempo quién lo duda, habrías figurado entre esos grandes escritores que eran tus amigos, tu nombre asociado al nombre de tu país, pedirían tu opinión sobre los problemas que agitan al mundo.

Preferiste quedarte, despojarte, igualarte a los que tenían menos, a los que no tenían nada. Lo que era tuyo era fruto de tu esfuerzo, pero igual lo consideraste un privilegio y lo fuiste regalando con una sonrisa”.

En épocas de confusiones múltiples, conviene volver a observar a estos referentes. Tienen mucho para decirnos acerca de hacia dónde conviene apuntar la proa.