• 18:40
  • viernes, 07 de agosto de 2020

En Estado de alerta

El blindaje tiene un límite. Aiola añora los tiempos de padre protector. Sabíamos que el virus iba a llegar, se filtró por trabajadores esenciales y personal de la educación. Señales de las carencias del Estado. Demasiado changüí a las empresas de molienda de harina. Entrada y salida de fase 5. Primer gol en contra. Reacciones intempestivas con marchas atrás en los accesos. 0 a 2. Políticos en sus hogares con la certeza de ingresos y trabajadores estatales que hacen horas extras gratis armando bolsines. Sorpresivo viraje discursivo del jefe comunal.

Por Alejo Dentella

En Estado de alerta

Estaba cantado, iba a llegar. El blindaje tiene un límite. La fragilidad de las herramientas con las que se cuenta, lo demuestran a diario. La semana terminó con un zafarrancho, que por suerte no le hace mella al sistema sanitario. Con un exponencial número de casos de Covid 19 durante los últimos días, el Hospital Municipal aún permanece despoblado. Si algo no hace falta en estos momentos son opinólogos. Me pongo el sayo. De cualquier modo es importante desmenuzar algunas cuestiones. Recién entramos en la tormenta. Hay que transitarla, cometer la menor cantidad de errores posibles. No chocar el autito.

Vieja luna de miel

Se terminaron aquellas primeras semanas de otoño, donde la comunicación entre el jefe municipal y los ciudadanos asustados, simplificaban un romance idílico. Desde su legitimidad recién confirmada en las urnas y sus conocimientos científicos, Víctor Aiola disfrutaba de su rol paternal de todxs. Se sabía, lo dijimos alguna vez, el mayor nivel de exposición mediático de ese momento se opacaría cuando el virus se metiera. Por el acceso abierto o el camino de tierra clausurado,  llegaría. De todos modos se tomaron medidas en línea con lo recomendable y se puso en las mejores condiciones el sistema de salud. Mientras tanto, desde el Estado nacional y provincial ponen la malla de contención. Es lo que hay. Pero hace rato comenzó otro partido y el gobierno local se durmió en los laureles.

La transición

Entre las añoranzas de la novedad del encierro y esta etapa de convivencia con el virus, transcurrieron largos meses. Pasó de todo. Hubo un quiebre. Se perforó la paciencia de los que podían aguantar. Se amplificó el coro de voces críticas al amparo de malintencionados discursos de los medios hegemónicos. Se violaron las reglas básicas de cuidados, con unos cientos de vecinos que -hasta en bicicleta- marcharon por la defensa de Vicentin. La tilinguería vernácula en su máxima expresión. Gorilas de variado pelaje reciben el IFE con una mano y castigan con la otra. El gobierno local, de otro color, - y aunque Aiola no lo compartía-, cedió ante la presión que desde su propio equipo hacían en representación del “electorado duro”. Fantaseamos con la fase “cinco adaptada” y a los pocos días volvimos a retroceder. Gol en contra. Mientras tanto, silenciosamente, el bicho se metió por las rendijas de las actividades esenciales del Estado y por donde no se animaron a ponerle el cascabel al gato. 

Nos comemos una goleada

La aparición del contagio en la localidad de Rawson es un muestra de la debilidad del Estado frente a los que creen tener privilegios y no excepciones. Los descargadores de harina son un foco potencial de riesgo para ellos y para sus vecinxs que pudo ser evitado. A diario viajan al conurbano. Desde Chacabuco se mantuvo esa misma práctica, incluso a sabiendas de que salían de la ciudad escondidos entre las bolsas de harina y las lonas. No es culpa del descargador, es abuso de la industria molinera que en tiempo de pandemia debería tener un protocolo alternativo al de la prehistoria. Rawson fue el punto de partida. Esta semana explotó la bomba en nuestra ciudad. Una consejera escolar suspendió su licencia por la inminente asunción en Jefatura Distrital y no tomó las precauciones debidas. Su presencia en el edificio donde funciona el Consejo y en el colegio donde se armaban bolsines, expuso a colegas y empleados que ponen el cuerpo. De ahí en más, la cancha se inclinó y puede que nos comamos una goleada.  

Efectos colaterales

En promedio, la política se resguarda del contagio en la comodidad de sus hogares y la certeza de sus ingresos. Por debajo, algunos agachan el lomo y se llevan la peor parte. Nobleza obliga, hay una docena -no más- de funcionarios del Gobierno municipal que trajinan día y noche. Los laburantes de Rawson fueron víctimas de los abusos empresariales que ni siquiera los cuidan para preservar mano de obra barata a futuro. De nuevo:Tampoco estuvo el Estado para poner límites. En el Colegio Nacional, diariamente, algunos cumplen horas extras que nadie les paga por extender la mano solidaria. En ambas situaciones se generaron focos de contagio. La única ocurrencia, en la semana que pasó,  fue modificar los esquemas de egresos e ingresos a la ciudad. En menos de 24 horas debieron retroceder. Otro gol en contra, 0-2. Hasta el bloque del PJ los primereó. Se ofertaron como voluntarios para tomar temperatura y controlar olfatos. 

Mientras tanto empieza a cundir el panico social. El virus, por fortuna, parece no estar dispuesto a hacer estragos en estas pampas. Por ahora, el número de víctimas fatales confirma ese pálpito. La referencia obligada es estadística y lo ideal es cero muerte. Al cierre de está columna termina de hablar el jefe comunal. Un brusco y repentino cambio discursivo sin argumentos teóricos ni científicos que justifiquen  los pasos a seguir. Un salto al vacío que desanda todo lo dicho hasta el momento. Alguna vez, hablamos en está misma columna, de los efectos colaterales de la pandemia. Están a la vuelta de la esquina, y parece que tampoco estamos preparados. Empieza una nueva película.