Escribir entre la censura y el silencio

cuatropalabras.com.ar  |  25 de marzo de 2020 (00:43 h.)

Colabora Juliana Chacón/ 

Durante el golpe de estado de 1976, como parte de la “política de estado”, se persiguió sistemáticamente a escritores, se censuraron sus libros y se los eliminó.

"-... Explíqueme si puede por qué todos leen. En todas las casas a donde entramos... -se interrumpe, con un gesto casi demente señala un lugar invisible, a su izquierda-. ¿Sabe lo que hay allí? Libros, miles de libros, se necesitaría un superhombre para clasificarlos, para descubrir qué les hicieron esos libros, por qué les ensuciaron la cabeza de esta manera. ¡Qué encontraron allí que les llevó a querer destruirnos la Patria!". Así se trama el diálogo entre un torturador y la prisionera en El fin de la historia, la novela de Liliana Hecker escrita y editada en 1996. El torturador deja entrever el temor que los militares les tenían a los libros. Señala un rincón a su izquierda diciendo que allí hay miles de ejemplares, sin embargo el espacio señalado está vacío, vacío de libros, vacío de palabras, vacío de significados. El único portador de la palabra en aquella sala es el cuerpo que está siendo torturado. El torturador hace caer la sospecha sobre el objeto-libro y entiende que la prisionera se ha transformado en una víctima de la palabra escrita. De esta forma la novela denuncia la persecución sostenida de los militares contra la producción del libro. 

Durante el período del Golpe Militar argentino la “Comisión de textos” realizaba listas de libros recomendados y censuraba aquellos que consideraba peligrosos. Es importante rescatar algunos de los textos literarios censurados a partir de 1976, pero sobre todo hacer hincapié en la literatura infantil prohibida por aquel entonces, lo que afectó directamente a los lectores en formación. 

En 1975 apareció por primera vez el texto Un elefante ocupa mucho espacio de Elsa Bornemann. En 1977 se lo prohibió. En el cuento que da nombre al libro, el elefante Víctor declara huelga general en el circo. El resto de los animales se suma al gesto en busca de la libertad y del regreso a la selva. Otro de los cuentos presentes en este libro, cuenta la historia de un niño que, en el intento por incrementar las ventas de manteles, pues es vendedor ambulante, decide caminar con las manos. Nadie compra siquiera un mísero mantel. Gaspar provoca espanto entre los transeúntes que andan por las calles. Lo acusan de loco y se escandalizan. “Me rechazan porque soy el primero que se atreve a cambiar la costumbre de marchar sobre las piernas… Si supieran qué distinto se ve el mundo de esta manera, me imitarían…” piensa el protagonista. La policía se lo lleva detenido y lo interroga. Les pregunta si está prohibido caminar con las manos. Los policías no saben qué responder. Comienzan a preguntar a otros policías, leen innumerables textos, pero en ningún lugar se encuentra si las personas deben o no limitarse a caminar con los pies. Por eso, y pese a su descontento, la policía decide liberar a Gaspar. Otro de los libros infantiles censurados durante la última dictadura militar fue La torre de cubos de Laura Devetach. En 1978, un decreto lo prohibió por considerarlo de “ilimitada fantasía”. Allí aparece un cuento, llamado “La planta de Bartolo”. Bartolo planta, un día, un cuaderno en un macetón. Con el tiempo, comienzan a brotar hojitas de todos los colores, salen ramas y de las ramas florecen cuadernos. Bartolo llama a todos los niños del barrio y les regala cuadernos, donde podrán dibujar y hacer sumas las veces que quieran sin importar si se terminan las hojas, porque Bartolo volverá a darles un nuevo cuaderno cada vez que lo necesiten. Nadie podrá, a lo largo de la historia, quitarles a Bartolo y a sus vecinos la planta de cuadernos, ni el Vendedor de Cuadernos ni la policía. La censura de Una torre de cubos fue sustentada en que el libro critica "la organización del trabajo, la propiedad privada y el principio de autoridad".

Como última referencia a la censura que sufrió la literatura infantil, vale mencionar Cinco dedos, prohibido el 8 de febrero de 1977, según la fecha del Boletín Oficial. En él, se narra la historia de una mano verde que persigue a cinco dedos rojos. Estos, para defenderse (viendo que solos jamás podrán vencer a la mano verde), se juntan y forman un puño con el que logran derrotar a la mano. Las analogías claras, mano verde- traje militar, parecen despertar al accionar subversivo.

Claro que la literatura infantil no fue el único tipo de literatura censurada por aquel entonces. Los jóvenes y los adultos no tuvieron acceso a otra gran cantidad de libros. Solo para mencionar algunos podríamos pensar en: La madre de Máximo Gorki, Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano, El libro verde de M. Gadhafi, La educación como práctica de la libertad de Paulo Freire, Antología poética de Ernesto Cardenal, Poesía política y combativa de Argentina de Andrés Sorel, La tía Julia y el escribidor, de Marío Vargas Llosa, Desde el jardín de Jerzy Kosinsky, El principito de A. de Saint-Exupery. Otros libros estuvieron demorados durante años, pero pudieron exhibirse en las últimas ediciones de la Feria del Libro, realizada bajo la dictadura militar, especialmente entre 1981 y 1983. Entre los títulos vedados figuraron: La consagración de la primavera de Alejo Carpentier, Ultimo round de Julio Cortázar, El beso de la mujer araña de Manuel Puig, Cuerpo a cuerpo de David Viñas.

            Y finalmente se dio el peor de los actos genocidas. El secuestro y la desaparición de innumerables escritores, entre los que se puede mencionar al chacabuquense Haroldo Conti de entre una lista infinita.

            Algunos escritores lucharán, abrirán las grietas para decir lo prohibido. Alicia Partnoy escribió: “La muerte, mi vecina,/ me descubrió una tarde/ con los ojos vendados,/ cubierta de frazadas/ que olían/ a cuerpos sucios y aterrados./ No la ahuyentó el olor, estoy segura,/ porque ese mismo día/ llevó a ZulmaMaríaElenaBenjayBraco/ que portaban idénticas frazadas./ La muerte calzaba botas militares”.

A partir de 1995 empiezan a surgir cantidad de libros literarios que hablarán del Golpe de Estado de 1976. Algunos de ellos son El fin de la historia de Liliana Hecker, Nadie, nada, nunca de Juan José Saer, Dos veces junio de Martín Cohan, Criador de palomas de Mario Golobolf, Los mares del sur de Noé Jitrik, De dioses hombrecitos y policías de Humberto Constantini. Y, en el ámbito de la literatura local, se encuentra el relato “Arderán” de la chacabuquense Egles Rizzi.

             Juan Gelman sufrió directamente el terrorismo de estado. Su voz, como voz exiliar, como voz del dolor provocado por la masacre más reciente de nuestra historia, dice: “de los deberes del exilio:/no olvidar el exilio/combatir a la lengua que combate al exilio/ no olvidar el exilio/o sea la tierra/o sea la patria o lechita o pañuelo/donde vibrábamos/donde niñábamos/ no olvidar las razones del exilio/ la dictadura militar/los errores/ que cometimos por vos/ contra vos/ tierra de la que somos y nos eras/ a nuestros pies/ como alba tendida/y vos /corazoncito que mirás/ cualquier mañana como olvido/ no te olvides de olvidar el olvido”.

Más acciones: