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  • viernes, 10 de julio de 2020

“No es una planta peligrosa”

Frente a una computadora con varios espectadores, y desde su casa en La Plata, en donde vive con su novia, Cristian Vaccarini defendió su tesina de la licenciatura en Biotecnología y Biología Molecular. Su familia, desde Chacabuco, miraba a través de la plataforma online. Su papá se emocionó, también el jurado. Cerró una de las etapas más importantes de su formación con un diez. Es el primer tesinista en trabajar con cannabis del país y es parte de la Cátedra libre de Cannabis, que trabaja con organizaciones como Mamá Cultiva y el Jardín del Unicornio. “Intentamos llevar información seria, sabemos que por ahí nos pueden mirar mal o decirnos fumones, pero a la semana le duele algo a la abuela y nos piden aceite. Entendemos que es un prejuicio que hay que romper de a poco”, dice en la entrevista con este diario. 

“No es una planta peligrosa”

Por Martina Dentella 

 

Dos veces tuvo que pasar por la situación de incertidumbre a la que empuja el final de una carrera universitaria. Tenía fecha para recibirse sobre finales de marzo. Una semana antes de la exposición, se decretó la cuarentena y se suspendió la defensa.  

Publicó una foto de su mamá y su papá mirando la pantalla de la computadora sentados en la cocina. Ella sostiene la cabeza de él, emocionado. A más de doscientos kilómetros Cristian exponía durante más de una hora. 

Es parte de la Cátedra libre de Cannabis, proyecto de extensión Universitaria Cannabis y Salud que se formó en 2016. En 2018, encarando su proyecto final de carrera consultó si podía hacer su tesis en cannabis, la puesta en punto del cultivo. En un principio tenían dos plantas, dos luces y dos macetas y una bolsa de tierra. “Fue un trabajo ir todos los días  a ver las plantas, y aprender a cultivar”, cuenta. 

Arrancaron con dos variedades del Jardín Unicornio, una ONG instalada en la Ciudad de Buenos Aires, y Quinto Elemento, una organización que donaba aceite a la comunidad. 

Es el primer tesista en trabajar en el área. Su interés llegó porque un familiar necesitaba aceite, se lo daban gratuitamente, después le dieron semillas para que él mismo empiece a cultivar. Cristian lo ayudó y enseguida se entusiasmó, “me pareció muy interesante, pero sobre todo veía que había una necesidad social”. 

Antes de la pandemia, tenían el objetivo de recorrer ciudades para acercar información. Cargaban con el doble compromiso de brindar datos y romper con un tabú: la planta con más estigma del planeta. 

“Intentamos llevar información seria, sabemos que por ahí nos pueden mirar mal o decirnos ‘fumones’, pero a la semana le duele algo a la abuela y nos piden aceite. Sabemos que es un prejuicio que hay que romper de a poco, esto se generó un poco con ese objetivo, se puede trabajar seriamente con sus propiedades y si bien está prohibida no es una planta peligrosa”, cuenta. 

En la universidad quedaron sus veinte plantas, y si bien no pudo avanzar en las investigaciones, todos los días se acerca a regalarlas y reproducirlas, y hablarles un poco. 

Lo cierto es que pese a los estigmas, el aceite de cannabis circula muy bien. El problema es la falta de regulación que obliga a que la información de calidad vea poca luz. “Hay que ver el modo de preparación, si le das mucha temperatura, activos los cannabinoides, lo volvés más psicoactivo, y para una persona mayor de sesenta años no está bueno”, explica. 

Lo mismo pasa con las dosis, “por eso es importante que los médicos se sumen, hay riesgos, hay que informarse, no hay que comprar aceites por ahí, porque no se sabe qué tienen, algunos están muy diluidos”. 

La idea en un futuro es hacer un cepario nacional, utilizando variedades de la región y otras que vienen siendo trabajadas por distintos cultivadores solidarios, y “poder entregar semillas y esquejes, algo que sea accesible para todos, establecer protocolos seguros para que los usuarios puedan cultivar en sus casas, y que no sea un negocio para unos pocos, quizás sea una utopía ahora, pero es a lo que apuntamos”.