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  • jueves, 29 de octubre de 2020

Es hora de mostrar los dientes

El Frente de Todos ganó claramente, y en primera vuelta, las elecciones del domingo 27 de octubre de 2019. No hace un año de eso, Alberto Fernández lleva apenas diez meses en su mandato y sin embargo, la desopilante, arcaica y bestial oposición de derechas ha logrado instalar en un conjunto variopinto de la sociedad la sensación de que el gobierno está destruido y es hora de que se raje. Mitad logro derechoso, mitad ayuda del propio gobierno.

OPINIÓN / Por Gustavo Porfiri

Es hora de mostrar los dientes

Es evidente que la alianza que nos gobierna es un conjunto heterogéneo de fuerzas políticas que, hasta que Cristina Fernández convocó a Alberto Fernández para que encabezara la fórmula presidencial, no tenían la misma sintonía. Un documento histórico que da prueba de esto es la frase que el actual presidente le disparó a Sergio Massa en el invierno del año pasado, cuando todavía el Frente no agrupaba a Todos: "Sergio, volvé a Buenos Aires, tomemos un café y terminemos con esto, (...) tenemos que estar juntos".

Bien, este conglomerado de diferentes sectores encastró y logró el triunfo electoral -sin necesidad de segunda vuelta- derrotando a la más virulenta expresión de la derecha criolla que haya gobernado desde 1983 hasta hoy: el revuelto de CEOs y radicales.

Esa confluencia de ideas e intereses que reúne el frente gobernante fortifica y debilita, según las circunstancias. Esto es habitual que suceda, lo peligroso pasa cuando las idas y venidas le dan “pasto a las fieras”. El voto contra Venezuela en la ONU dice mucho sobre esto. ¿Qué necesidad había de hacer lo mismo que hubiera hecho el gobierno anterior, votando al lado de los peores del barrio, como Brasil o Chile? Más teniendo en cuenta que el propio Alberto Fernández respaldó permanentemente a Lula en su tragedia y que su gobierno cobijó a Evo Morales luego de ser derrocado por la dictadura que tampoco reconoce la Casa Rosada. Un pelotazo en contra que la oposición bestial de derechas se encargó de aprovechar, sobre todo a través de su sistema mediático incondicional y de su enorme eficacia comunicacional en las redes.

Objetivos épicos

Apenas dos meses después de asumir, don Fernández -como todos los mandatarios de este planeta- se encontró gestionando una crisis sanitaria que no estaba ni en los peores de sus pronósticos. El nuevo Presidente tenía todas las energías puestas en ver cómo eludía el cataclismo del default que los cambiantes le habían dejado de regalo. También su objetivo era por entonces -una vez logrado el primero- tratar de encarrilar un “capitalismo saludable” que genere “trabajo y producción” para volver a un sendero de crecimiento que provea los dólares necesarios para pagar lo impagable. Este noble ideal en la Argentina de hoy es más difícil de alcanzar que escalar el Aconcagua en chancletas. Así lo vienen demostrando los principales protagonistas del capitalismo vernáculo, un hato de forajidos que no contemplan otro horizonte que no sea el de acrecentar sus ganancias aún a costas de los paupérrimos bolsillos desvencijados de los sectores más frágiles y de todos los recursos que el Estado ha puesto y pone aún para sostener, como puede, a millones de argentinos dentro de una pobreza aceptable pero fuera de la indigencia.

El problema con este asunto, es que desde Balcarce 50 (o desde Olivos) no hay una consigna clara que ponga entusiasmo en las mayorías para acompañar una embestida contra estos nidos de poder. La comunicación sigue siendo una materia pendiente para los gobiernos nacionales y populares.

Una aspiradora de recursos

Un ejemplo práctico para reforzar la idea anterior: el Estado puso en manos de millones de necesitados la Tarjeta Alimentar. Los beneficiarios consumen esos recursos en un supermercado, este comercio repone las mercaderías a través de sus proveedores y éstos vuelven a comprar los alimentos a los pocos y recontra concentrados grupos que fabrican lo que está en las góndolas y que encima mandan las listas de precios con aumentos que -más allá de la cantinela de “aumentó el dólar”- no tienen ningún sustento. Los mismos que se niegan a negociar paritarias con sus laburantes y se hacen encima de la prohibición de despedir trabajadores en pandemia. Conclusión: en pocas horas, los esfuerzos del Estado -maquinita impresora de billetes de por medio- terminan en manos de cuatro bandidos especuladores que presionan en todos los terrenos: precios, dólar, salarios, y dale que va. ¿Está mal planteado el programa de asistencia alimentaria, entonces? No, lo que está mal es la debilidad que el Estado argentino sigue mostrando ante los dueños de los alimentos, cuestión que no es para señalar a esta gestión exclusivamente, pues la concentración de este sector de la economía no ha dejado de crecer década tras décadas. Pero, quien gobierna ahora es este gobierno y no los anteriores. La dificultad de hacer llegar los beneficios de Precios Cuidados a la totalidad de los consumidores es una muestra muy clara de que además de buenas políticas el gobierno debe empezar a mostrar los dientes para quienes siguen haciendo negociados como si estuviéramos en el mejor de los mundos. 

En fin, hay varias situaciones más en las que los mandatarios elegidos en octubre de 2019 se muestran flojos con los bandoleros que ponen en jaque cualquier intento de avanzar hacia un país más justo, hacia una sociedad menos desigual.

Sería hora de que don Alberto muestre un poco los dientes e invite a la mayoría que lo banca a hacer lo mismo y a dar una clara señal de que acá gobierna el elegido por el voto y el resto se somete al imperio del Estado y la Constitución. Claro que eso nos obliga a preguntarnos si la versión 2020 del pueblo argentino tiene las reservas y energías políticas suficientes para consumar semejante tarea.