• 14:20
  • martes, 04 de agosto de 2020

Entre rotos y descosidos

(*) Por Marcelo Chata García 
Entre rotos y descosidos

Comencemos con el modelo de un patriarcado clásico: la mujer debe ser frágil y bella (o la belleza está en esa fragilidad), el hombre debe ser exitoso y seguro (o su seguridad está en el éxito). Como herencia de ese ideal patriarcal, llega el verano y las chicas parecen más preocupadas por el cuerpo, la imagen y cómo les queda la maya. Tratar de encajar en la delgadez y las curvas que se proponen como modelo hegemónico de belleza se convierte en una vara con que la mirada juzga. No está demostrado que esa mirada sea la del hombre: se mira al mismo lugar, pero no todos buscan los mismos resultados. La mirada propia. O la mirada de la otra.

Aunque a algunos hombres nos sorprende tanta inconformidad con cuerpos más que deseables, ese no es mi tema. Menos discutido es la presión masculina por mostrarse solvente, capaz de sostener una mujer y una familia. Hay que demostrar audacia, ambición, capital. Tampoco está demostrado que todas las mujeres estén pendientes de ello, pero en el estacionamiento, en el tránsito, se juega a ver quién la tiene más grande. Aunque supongo será más erotizante una persona con sueños y perspectivas, no todas ven fracasados allí donde algunos no pueden reconocer sus logros. Nuevamente, será nuestra propia mirada que no nos permite conformarnos con lo que alcanzamos. O la mirada de otros hombres.

Cierto, los tiempos cambian, ese modelo clásico parece evaporarse: las mujeres buscan autonomía económica y los hombres abdominales marcados. No por nada las modelos y los futbolistas se convierten en paradigmas actuales. Qué mejor que ser bella y te paguen por serlo; qué mejor ser un millonario y tener el cuerpo marcado por la alta competencia. Incluso así, pueden hacer su propio estudio. Tomen al azar fotos de las redes sociales. Clasifiquen las fotos en aquellas en que las personas están en pose (donde lo principal es mostrar el rostro, el cuerpo, como le queda la ropa), aquellas en que están mostrando lo que sabe hacer (trabajo, habilidad), aquellas en que están mostrando lo que posee (autos, casas, viajes, pareja). Habrá inclasificables, fotos artísticas, familiares, en fin, crucen esa variable con todas las identidades de género para ver cómo se distribuyen. Si quieren hilar más fino, segmenten por edades. Fin del argumento.

Podría ponerme ahora a atacar a la industria publicitaria y cómo instala un modelo de belleza único y totalizante, que arrastra a la angustia y a trastornos alimentarios a las personas. O a la cultura del éxito que celebra en los medios masivos de comunicación sólo a aquellos que se han destacado, triunfado, superado a todo el resto. Esa crítica podría provenir desde la envidia; y la envidia sólo deja en claro que compartimos la escala de valores de aquello que criticamos. No, algún rol cumplen esas ilusiones en las fantasías sexuales y mejor no atentar contra finales y orgasmos. 

En definitiva, no hay nada malo en querer estar más linda/o/e. Ir al gimnasio, cuidarse en las comidas, favorece nuestra salud, mejora nuestra calidad de vida y nuestra autoestima. Tampoco hay nada malo en progresar, en darse cuenta que logramos valernos con nuestra capacidad, que la sociedad nos reconoce, que moldeamos el mundo con nuestro trabajo y que nos recompensamos por eso. Jodido es que de tanto cuidar el cuerpo dejemos de disfrutarlo, que bajo el mandato de llegar a la perfección idealizada perdamos el juego de serlo para alguien, que nunca haya excesos. Jodido que progresar sea estrés, incomodidad y soledad; vivir esa frustración de encontrar siempre alguien que está mejor, y la arrogancia frente a los que encontramos en peor situación. Lo que huele mal de todo esto es el dinero que rodea el mundo de la modelo que exhibe la ropa interior frente a la realidad que vive la obrera que la realiza. Lo que apesta es el progreso sobre la explotación y la miseria ajena. Luego, vivan sus panzas chatas sobre el auto que les plazca.

Frustración con el propio cuerpo, con el nivel social, síntomas de una época donde todo está en escala y la cima, la perfección, el éxito está allá, lejos, inalcanzable por más esfuerzos que hagamos. Bronca por los rechazos de quienes por mirar arriba no nos ven a nosotros (como si no hiciéramos lo mismo). Suerte que Tinder segmenta por rotos y descosidos. Sin embargo, en toda ciencia, desde la medicina hasta la mecánica, de la psicología a la organización, el síntoma nunca es el problema, es sólo su manifestación. Las causas nunca están en el lugar de lo evidente. Es cuestión tener presente que no es solo una sociedad patriarcal sino un capitalismo patriarcal. Y aquí la vida se desarrolla por necesidad, expectativa y competencia. Necesidad de ser reconocido, expectativa de alcanzar el triunfo, competencia de superar a los demás. Nunca ser deseo con el otro.

 

 

 

(*)El Chatarrín es ta lentoso; como la canción de Piero. Hace años que no hace la banda sin levantar la cabeza, ni tira al toque respuestas ocurrentes para hacer sonreír una dama; hace mucho que no lo ven bailar murga ni rock and roll; cada vez le cuesta más sorprender a sus estudiantes o hacer enojar a un intendente y sus deferentes. Aprendió a disfrutar el respeto de sus colegas y alumnos. Cada vez tiene menos paciencia para enseñar índices y análisis multivariados cuando todos se conforman con gráfico de torta y distribución simple (en tu cara Lazarsfeld). Pero todavía tengo ese brillo en los ojos cuando persigo una idea y me quedo toda la noche pensando las palabras para expresarlas... Todavía no es tiempo de madurar.