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  • sábado, 17 de abril de 2021

Qué dolor elegir para resistir

24M / Por Juliana Chacón
qué dolor elegir
Qué dolor elegir para resistir

“Queridos amigos, no sé qué dolor elegir si es que se puede hacer algo así” cuenta María Teresa Andruetto en Extraño oficio. Dice que esa fue su respuesta a unos editores tras el pedido de elegir la historia de un nieto recuperado para un libro infantil que estaba por salir. Para hacerlo le habían dado un CD facilitado por Abuelas. Andruetto cierra el mail diciendo: “si yo no puedo elegir, tal vez pueda ser elegida por alguien que necesite ser contado”.

Pienso entonces cuáles son los libros, los poemas, las novelas, los cuentos, que fuimos leyendo en el intento por dar quiebre al silencio y con él al olvido. La literatura en torno al Golpe de Estado de 1976 es un mecanismo de ejercicio de la memoria, una apuesta por narrar, poetizar, decir, gritar, el terrorismo de Estado a lo largo de 45 años. Se va armando con retazos de diversas voces el recuerdo para quienes hemos sido atravesados por aquellos hechos horrorosos y una práctica de la memoria para las generaciones más jóvenes que hoy reciben los textos como legado.

Elegir el dolor es elegir también los libros que leemos para hacer memoria y aquellos que les acercamos a otros. En ese gesto elegí leerles a mis hijos Un elefante ocupa mucho espacio de Elsa Bornemann, quizás porque ya se sabe cómo es la memoria de un elefante o tal vez para volver yo a leer una y otra vez este fragmento: “y ahí nomás les explicó a sus compañeros que ellos eran presos... que trabajaban para que el dueño del circo se llenara los bolsillos de dinero... que eran obligados a ejecutar ridículas pruebas para divertir a la gente... que se los forzaba a imitar a los hombres... que no debían soportar más humillaciones y que patatín y que patatán. (Y que patatín fue el consejo de hacer entender a los hombres que los animales querían volver a ser libres... Y que patatán fue la orden de huelga general…)”. Se piensa que Bornemann tomó del cuento “Guy” de Laura Devetach la frase “Un elefante ocupa mucho espacio, si cae de espaldas desaparecerá” para escribir la historia de la huelga del circo. En La torre de cubos, Devetach escribe el maravilloso relato de la planta de Bartolo que da como frutos cuadernos. La literatura infantil adentra a los lectores en mundos posibles, mantiene en ellos la ansiedad de seguir aventurándose en la vida. Cantar con mis hijos “El país de Nomeacuerdo” de María Elena Walsh es traer mi voz de niña a escena. Es recordar cada vez dónde dar el paso, hacia dónde ir, no perderme. En esa memoria de los pasos que se dan quise (quiero) que mis hijos, que no vivieron el Proceso, puedan afirmar el nunca más. Francisco Paco Urondo, poeta y militante desaparecido, escribió: “Queridos hijitos, su papá poco sabe de ustedes/ y sufre por esto./ Quiero ofrecer un destino/ luminoso y alegre, pero no es todo/ y ustedes saben:/ las sombras,/ las sombras,/ las sombras,/ las sombras/ me molestan y no las puedo tolerar”. 

Walter Benjamin propone que, ante el pasado, el hombre tiene que comportarse como un excavador y escarbar en él para "hacerlo hablar", porque un objeto atestigua su presencia en el presente, es la conciencia de que el pasado no se puede borrar, desaparecer u olvidar totalmente. “Quiero hablar de las intromisiones de la memoria en la ficción” escribe Liliana Heker y lo noveliza en El fin de la historia. En esta, el torturador increpa a la prisionera: “Explíqueme si puede por qué todos leen. En todas las casas a donde entramos... ⎯se interrumpe, con un gesto casi demente señala un lugar invisible, a su izquierda⎯. ¿Sabe lo que hay allí? Libros, miles de libros, se necesitaría un superhombre para clasificarlos, para descubrir qué les hicieron esos libros, por qué les ensuciaron la cabeza de esta manera. ¡Qué encontraron allí que les llevó a querer destruirnos la Patria!”. Una práctica de la memoria desde las “zonas oscuras” se retoma en Dos veces junio de Martín Kohan, que desmitifica el Mundial ’78 narrando la derrota de Argentina frente a Italia, a la vez que expone la derrota en la Guerra de Malvinas desde la perspectiva del médico militar y su ayudante. En “Un día de estos”, García Marquez también había retomado esa “zona oscura” (en referencia a la dictadura de su país) cuando el dentista le saca una muela sin anestesia al teniente. “Aquí nos paga veinte muertos”, le dice. Paula Bombara, escritora e hija de un desaparecido, narra, en El mar y la serpiente, la búsqueda de la verdad de la protagonista ya adolescente: 

“De esas 30.000 personas extraño con todo mi corazón a una. Extraño a mi papá.

Sí. A mi papá lo hicieron desaparecer de una esquina. Se fue de mi vida como una hoja de árbol empujada por el agua de las alcantarillas.

Crecí pensando que me había dejado porque yo no era importante, porque no valía lo suficiente. Pero me equivoqué. Ahora creo que lo entiendo.

Después, también nos llevaron a mi mamá y a mí. Pero ésa fue una tormenta que duró menos. Mi mamá siempre me dice que todo lo que hicieron los 30.000 desaparecidos que

desaparecieron y los otros miles que aún están (golpeados y miedosos, pero que están), todo, fue para que nosotros viviéramos en un mundo mejor, en un mundo donde la palabra, las ideas valgan.”

¿Cómo hacemos memoria? ¿Qué palabras elegimos para contar el pasado? ¿Qué historias se nos presentan para armar el rompecabezas del terrorismo de Estado? No sé qué dolor elegir, repito haciéndome eco de la voz de la escritora cordobesa María Teresa Andruetto. De la de ella que sí supo contar, en Lengua madre, que la recuperación de la memoria es resistir. Acaso cada uno de estos textos que asoman en los cauces de mi memoria surjan para que otros sean elegidos por ellos. Las Abuelas, quienes han sido la voz para romper el silencio y hacer memoria durante todos estos años, escribe Bombara, “pueden dar una mano, o dos…” porque asegura “Cruzar un río profundo y arremolinado sin ayuda a veces lleva muchos años”. Leer, contar, decir, pasar la palabra de todos a los jóvenes, también. Y esa es nuestra tarea imprescindible.