Detrás de cada persona no escucho nombres, veo historias

cuatropalabras.com.ar  |  21 de febrero de 2020 (17:32 h.)

Seis y media, siete de la tarde, no mucho más que eso. Me alisto, así, con lo primero que encuentro. Confieso que nunca se me dio por el deporte, escapa de lo mío. Más bien me identifico con el baile y la expresión corporal. Quizá, de alguna que otra forma, siempre se trató de comunicar. Quizá, de ahí se definió parte de mi vida desde que tengo uso de razón.

En fin, busco algún atuendo cómodo, fresco, liviano y cruzo la puerta. Acá, apenas a una cuadra de casa. Dos cuestiones son capaces de retenerme: la ausencia de mis auriculares inalámbricos, que me endulzan los oídos en medio de la caminata, y alguna que otra tormenta. Aunque, todavía tengo el anhelo de mojarme bajo la lluvia sin un mínimo de preocupaciones. Pequeña, inmensa deuda es la que me persigue.

Desde septiembre, casi con el anuncio de la primavera, girar alrededor de la plaza se transformó en un pasatiempo de esos que te recargan, física y mentalmente. Y hace menos de tres meses que caminar conmigo misma cobró otro sentido. Seguramente la conexión en medio de esa soledad, de pronto, se convirtió en compañía.

Los rostros, a esta altura, me resultan conocidos, amables. Somos como una gran familia que se conformó en la inmensidad de ese espacio verde, con sus árboles, un tanto añejos y otros jóvenes que asoman sus primeros brotes. 

A metros de aquel imponente eucalipto, es probable que lo encuentre sentando en el banco blanco centrado hacia avenida Urquiza. Unos 70 años, camisa arremangada, bombacha de campo color natural, sombrero al tono, y alpargatas negras. Impoluto, mientras la brisa roza su rostro que apenas asoma por debajo de aquel accesorio que cubre la frente, pero que permite entrever su mirada. Intuyo que, detrás de ella, se esconde el misterio de toda una vida. 

Reposa hacia su derecha, nunca en el medio, y de perfil hacia la esquina. A los ojos de los demás solo se trata de una persona sumergida en la soledad. Sin embargo, en cada pasada me convenzo de que a ese hombre siempre lo acompaña alguien más. 

Cada vez que regreso a casa pienso en él y reflexiono, no tanto acerca de quién es, sino a quién espera cada tarde de verano. 

Y en esa claridad, comienzo a observar. A la chica que camina sola y apurada; a la mujer de unos sesenta que acompaña a su madre tomándola fuerte de la cintura, por si acaso tropieza. A los abuelos que escoltan a su nieto -o al nieto que escolta a sus abuelos-. Al chico que lleva a pasear al perro, a la pareja que va tomada de la mano sin sacarse la vista de encima.

Observo al que corre y a la que corre sosteniendo a su niña con un brazo, mientras empuja el cochecito con el otro; también veo a un padre que sostiene a su bebé recién nacido y al amigo que lo alienta. A la tía con sus sobrinos; y la charla entre amigas mientras van con un acelerado trote. 

Y descarto “el quiénes serán”, porque descreo de las palabras que buscan encasillar. De aquello que se pronuncia de la boca para afuera como etiqueta, de lo que se define tantas veces empañado por el prejuicio. 

Pero, existen otras palabras, las que intentan ejercer una punzante herida, manifestándose enceguecidas, porque en vez de vislumbrarse las esencias, se habilita al otro según las apariencias. Y resulta que estigmatizar parece ser más cómodo que aceptar y la complejidad de dolor fácilmente de ignorar.

Es entonces cuando doy por sentando que me resisto al “qué dirán”, sencillamente porque no hay tiempo para dedicarle a los pensamientos del ego. Y porque hace rato que camino medio a los tumbos despojada de todo alboroto que provenga de afuera. Si este es un primer paso para deconstruirse, que así sea. 

Pues, resulta que detrás de cada persona, no escucho nombres, ahora veo historias. Comunico, empatizo, presto mis oídos y me calzo en otros zapatos. Tiendo mi mano y abrazo. 

Porque, seamos honestxs, en este caos solo unx puede juzgar su propio cuento.

 

 

Karen M. Zárate

Lic. en Comunicación Social (UNLP) / Escritora. 

Se desempeña en redacción, producción y labor periodística. Autora de la trilogía Eterna Clara (2018; 2019) y del poemario ilustrado La complicidad de los cuerpos (2019). Comparte sus escritos y recitados en Instagram: @karenm.zarate



 
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