22:15 h. Lunes, 14 de octubre de 2019

De amores y espectros

FICCIÓN REALISTA 

 

(*) Por Ana Villafañe  |  18 de septiembre de 2019 (13:48 h.)
Más acciones:

Ella era arcilla mansa entre sus dedos de alfarero. 

Años de perfeccionamiento en el oficio de moldearla a su necesidad de perduración y existencia. 

Esa fascinación que le provocaba era su carnet de afiliación al mundo compartido. 

La energía de ella le aseguraba perpetuación de príncipe a su imagen repulsiva y verdosa de batracio. 

Solo los tontos no pueden ver su traje de luces... 

Y el rey rebalsaba impudeces evidentes. 

Dicen que el amor es ciego. 

Nos lo han repetido sin tregua para salvaguardar el relato de docilidad y entrega estampado a fuego en la memoria de las mujeres desde la germinación del mundo. 

La que ose amagar con retirarse del juego empollará la culpa perpetua, otro sello inaugural. 

Los dones de los luciferes de la primera hora, larvados en hadas madrinas. 

Esa concepción dañina y romantizada que insulta al amor y, sin embargo, lo endominga tan prolijito hasta encarnársenos monopólica y victoriosamente por generaciones y generaciones, con la intención de promover obediencia en los vientres perpetuantes y hegemonía en los simientadores. 

Algo nos hemos alejado del libreto y otro poco, nos ilusionamos con el salto podado. 

Tarea diaria, minuciosa, hormigueada para despejar el encapotado y ver la desnudez del soberano. 

Y la escasez de impulso propio. Y de amor ídem. 

Pulseada tenaz para no trocar por enésima vez oro por espejos de colores. 

A veces, aventajamos y otras, nos derriba en el despegue. 

Ensayo y error, constantes. Ensayo y acierto, a veces. Cuando arañamos la consciencia.

Ensayo y trascendencia de sellos ensiglados. Ni más ni menos. 

Cada día consciente y guerreando contra la matrix. 

O autoconvenciéndonos de la escasez de sufrimiento, al negarnos a la insurrección o al abandono, acatando el destino, tan conveniente como autoproclamado supremo. 

Nos quitamos el sayo, ensayándonos. A medida y encarnado. 

“Si tomas la píldora azul, fin de la historia: despertarás en tu cama y creerás lo que quieras creerte. 

Si tomas la roja te quedarás en el país de las maravillas y yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos. 

Recuerda, lo único que te ofrezco es la verdad, nada más”. 

La decisión es propia. 

Y dolorosa. 

Y difícil. 

Y descarnada. 

El costo será el que podamos sostener en cada momento. 

Lo alentador es que la vida jamás permanece estática. 

Y nosotras tampoco, aunque insistamos con los encandilamientos. 

Somos la repetición de historias iniciáticas de mandatos, roles pseudo pactados, intencionalidades oscuras disfrazadas de redentoras o sagradas, cargas múltiples para que no nos avivemos, victimizaciones varias, desplazamientos adornados de solidaridad y entrega, sacrificios y demás yerbas. Todo en pos del bienestar y el sustento de las instituciones y las personas que “necesitan” de nuestra energía disponible eternamente. 

Y así nos fascina creernos que por desbordar amor extenuante recibiremos amor en la justa medida. 

Confundimos necesidad y exigencia con amor. 

Somos esa repetición. 

Y también somos su desobediencia. 

Para aprender a amarnos a nosotras mismas, a discernir conveniencia ajena de amor, comodidad de amor, sumisión de amor, procastinación de amor, disolución de amor, adaptación de amor, egoísmo de amor, desamor de amor. 

Desobedecer es oportunidad, autenticidad, salud y amor. 

Al fin, amor. 

Para amarnos y amar realmente. 

Verdad o consecuencia. Como en el juego. 

Porque la vida es eso: un juego. Elegimos cómo participar, cuándo continuar o retirarnos, volver, avanzar y retroceder en los casilleros, tener prendas, perder, ganar la vuelta, llegar a las metas, salir hechas o afortunadas. 

La vida es aquí y ahora. 

Un juego. 

Por ese rato breve despiadado y mágico… 

(*)Soy docente de adultos, profesora en lengua y literatura. Escribo desde que tengo memoria. Perdí mucho material y desde hace unos años retomé. Feminista independiente.