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  • miércoles, 28 de julio de 2021

Cuánto perdimos y el duelo

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Cuánto perdimos y el duelo

Hace algunos días me recomendaron una serie. Mare of Easttown. Una miniserie policial, de siete capítulos, que en principio relata la investigación del asesinato de una joven madre del pueblo. Por la coincidencia en la desaparición de otras mujeres, se presume de un femicida en serie. Pero no va por ahí. Al menos no para mí. Hay, al margen, una historia mínima muy potente.  

A la actriz principal, Mare (Kate Winslet), se le desmorona su vida. El motor narrativo es un duelo no resuelto. Mare es la detective que investiga en ese pueblo de Pennsylvania, pero la pérdida de su hijo -algunos años atrás- no le permite avanzar. 

El punto no es la serie, que por cierto recomiendo absolutamente. Es la vulnerabilidad absoluta y general a la pérdida y a la necesidad de duelar. Ahí muestra su virtud. 

Incluso siendo relativamente distintos, cada quien tiene una noción de lo que implica haber perdido a alguien. Y hay en esas pérdidas, como revela magistralmente Judith Butler en su libro Vida Precaria, el poder del duelo y la violencia, “un efecto de transformación, que no puede medirse ni planificarse”. 

La pandemia nos corrió el velo de la muerte. Vivimos, como podemos, en esa instancia del peligro permanente. Pero hay también, desde las lógicas de la neopolítica, un intento de invisibilización. 

Cuando se pretende sobrevolar un dolor comunitario, esconder o neutralizar el dolor que implican las muertes, se descorporaliza el duelo, se lo cuantifica como una variable más. Y se define, además, y en términos Butlerianos qué vidas valen la pena, cuáles no, quiénes son merecedores, qué cuenta como vida vivible y como muerte lamentable. 

 Con una campaña de vacunación que avanza sin demoras, no hemos podido pensar comunitariamente el día después. Y seguramente tenga que ver con nuestra incapacidad de ver cuánto y a quiénes perdimos.

Nos está faltando un duelo que nos permita dar con esa transformación. Quizás, en ese proceso, algo mejor se nos revele, y podamos cambiar dolor por recurso político. “El duelo permite elaborar en forma compleja el sentido de una comunidad política, comenzando por poner en primer plano los lazos que cualquier teoría sobre nuestra dependencia fundamental y nuestra responsabilidad ética necesita pensar”, dice Butler. Necesitamos nombres, historias, amores, rostros de las vidas que perdimos. Si no hay narrativa, no hay vida, no hay muerte. Hay partes oficiales, números. Un discurso único que es violento. Y no hay margen para un duelo. El acto homenaje a los fallecidos por la pandemia en el Centro Cultural Kirchner y transmitido por cadena nacional, es apenas un comienzo. Y es importante porque rompe con la lógica de que la enfermedad y su peor desenlace, es un problema familiar, personal, privado. Para ser mejores hay que humanizar y enfrentar cuánto perdimos en la esfera pública. No podemos salir intactos de esto.