08:58 h. Miércoles, 16 de octubre de 2019

¿Cuántas vidas vale una cosecha?

El último domingo falleció la directora del colegio rural Nº 11 de San Antonio de Areco, que puso el cuerpo por sus alumnos en la lucha contra los agrotóxicos. Un breve pero necesario repaso por las condiciones que permitieron este presente. Un modelo que siempre costó vidas.

OPINIÓN  Por Martina Dentella  |  14 de junio de 2019 (16:09 h.)
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Mil ochocientos ochenta, Europa atraviesa un proceso de industrialización muy fuerte que necesita de materias primas para seguir funcionando, y que no se apaguen las máquinas. 

Argentina empezaba a ostentar millones de hectáreas incorporadas a la fuerza, como resultado de las campañas de ocupación de los territorios de pueblos y comunidades indígenas: conquista del desierto y consolidación del roquismo. Un progreso alambrado y de sangre derramada que permitía la puesta en producción del territorio. El modelo económico se apoyaba en exportar carne y trigo. Por eso, la extensión de miles de kilómetros de vías ferroviarias de origen inglés que posibilitaron la llegada de la producción al puerto y que a su vez desalientan la producción local y habilitaban la importación de bienes y servicios. 

A partir de ahí hubo -en mayor o menor medida- intentos de industria. Fábricas, pequeñas y medianas empresas que tuvieron que sortear procesos políticos más o menos desfavorables. 

“Todos somos el campo

Argentina nunca dejó de ser un granero, del mundo o de sí mismo. Pero lo que importa a esta columna son los cómo, es decir, los precios a pagar por el modelo. La concentración de tierras y el modelo de producción van de la mano, porque implica una falta de acuerdos entre los pocos que fumigan para aumentar su producción y los muchos que sufren esas consecuencias, es decir, los pueblos fumigados. 

No es cierto que todos seamos el campo. Es más, solo un puñado es el campo, por la concentración de tierras. En el país, el 0,94% de los dueños de las grandes extensiones productivas maneja el 33,89% del total del territorio argentino. El 99,06% restante controla apenas el 66,11%.

¿Hay alternativa?. En la página de Salud de está edición, compartimos una nota de Paula Dumas, investigadora de la Cátedra de Medio Ambiente de la Universidad de Alcalá, España, que da algunas pistas sobre posibles salidas a los químicos. 

Entender que la presencia de hierbas naturales no es algo a evitar a toda costa. Su presencia es positiva para la biodiversidad y aporta numerosos beneficios, como el favorecimiento de insectos depredadores de plagas, el control de la erosión, la asimilación de CO₂ y una cierta dosis de naturalidad en el entorno.

Y allí donde sea necesario controlarlas, existen alternativas como la corta con maquinaria (como se ha hecho siempre) y la plantación de especies competitivas, es decir, la ocupación del espacio con otras especies que puedan controlar la proliferación de malas hierbas. Hay cientos de ellas que ya se han probado y son efectivas.

En este diario hemos publicado infinidad de tapas dedicadas a concientizar sobre estos usos a la mayor parte de la población. Chacabuco es una ciudad trazada sobre una de las tierras más fértiles del mundo, o lo que queda de ellas. Y debe permitirse en ese sentido debates más amplios en torno a esta temática. Pergamino ya ha alertado - a través de un fallo histórico- los desastres ambientales del glifosato, entre otros químicos. Esta problemática necesita un tratamiento urgente y responsable de parte de la política, que hasta ahora se pudo hacer la distraída, pero que en el corto plazo deberá responder: ¿Cuántas vidas vale una cosecha?.