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  • miércoles, 28 de julio de 2021

Cuando fuimos el futuro

Por Manuel Barrientos
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Cuando fuimos el futuro

1.

Los autos marchan lentos por las calles centrales de la ciudad. Algunos exhiben banderas celestes y blancas, otros agitan las rojas y blancas. En la plaza, alrededor del monumento en el que se erige gobernante don José de San Martín, hombres y mujeres con boinas blancas se emborrachan con la alegría colectiva. 

El Dodge 1500 desliza su amarillo pálido. Desde el interior, los cuatro integrantes de la familia observan el paisaje humano. El aluvión de votos no es de la lista dos, sino de la tres. El tío Julio queda fuera del Senado provincial. El Viejo Gómez Mouján no vuelve a la intendencia. Entran sólo siete concejales del PJ; de dieciocho. 

El niño, Camilo, mira a los otros autos, sueña con esa calcomanía circular y perfecta, a rayas horizontales celestes y blancas, con las letras RA impresas con contundencia en el centro. Sueña con hacer propia esa calcomanía, la ve –o la quiere ver- pegada en el vidrio trasero del Dodge que, sin embargo, porta otras consignas.

El auto se desvía hacia las avenidas laterales, y el eco de los festejos comienza a diluirse. Violeta, la madre, celebra cuando escucha por la radio que el abogado de derechos humanos, Augusto Conte, será diputado nacional por la Democracia Cristiana. Observan a algunos grupos que caminan con sus boinas blancas, en un regreso exhausto pero victorioso.

Roberto, el padre, acelera el Dodge. Y exclama: ¡Viva Perón, carajo!

Es un grito que libera lo antes prohibido. Es un grito que busca iniciar una nueva etapa. Es un grito que queda encerrado por las ventanillas.

***

Vayamos a marzo de aquel año: 1983. Camilo es el que está ahí, a la izquierda, en el primer lugar de la fila de varones que, por supuesto, guarda una distancia de casi setenta centímetros con la de mujeres. Su guardapolvo blanco está reluciente, con todos los botones que debe tener, incluso en las mangas; con las uñas cortas y limpias; con las zapatillas también flamantes de lona blanca; con ese vaquero azul oscuro que hasta este momento sólo usó en el cumpleaños del primo Faustino. Todo es nuevo, áspero al tacto. 

La bandera comienza a subir, en un cielo poco nublado, que no regala ninguna épica en especial. Camilo mira hacia el mástil, aunque preferiría seguir semblanteando a sus nuevos compañeros, a sus compañeras, a las señoritas, a la directora. 

Busca con su mirada, desde el primer lugar de la fila, los ojos de su padre, a los que no logra encontrar en ese amontonamiento de adultos nerviosos que deben irse para sus trabajos. Los ojos de la madre no están (o, mejor dicho, partieron ni bien Camilo entró a la escuela), porque tenían que encontrarse con los de otras niñas y de otros niños, de otro primer grado, de otra escuela.

Cuando las familias se retiran, Camilo trata de distinguir a su hermano Mateo entre los chicos de séptimo. La fila se mueve, sólo ve a algunos de sus compañeros. Uno de ellos, Wenceslao, saluda con la mano y se da vuelta para avisarle. Mateo levanta el pulgar derecho y renueva la confianza de su hermano menor. Camilo acomoda su guardapolvo, infla el pecho y apura el paso, porque quedó levemente relegado del resto del pelotón. Ahora sí, entonces, se dispone a ingresar al aula. 

***

El día anterior Camilo conoció por primera vez lo que es el insomnio. A las siete de la tarde habían pasado a saludar a la abuela, a la que todos llaman Nona, incluso quienes no son sus nietos ni forman parte de la familia. Es raro tener que compartir la abuela con tanta gente, que todos le digan Nona, cuando debería ser un apodo que sólo salga de su boca, la de su hermano y de los primos, pero resulta así: es la Nona de toda la ciudad, aunque sus nietos sepan bien que ella tiene siempre reservada una mirada, un minuto, un gesto, un regalo, algo especial dedicado para ellos. No hay problemas en compartirla, en que los otros se crean que también es su abuela, porque eso los hace sentir orgullosos: el resto quiere tener esa Nona que, en realidad, sus nietos lo saben bien, es sólo de ellos.

De regreso en casa, Mateo y Camilo cruzaron miradas cómplices mientras los padres debatían sobre la posibilidad o no de comprar un televisor en colores. Comieron milanesa con puré de papas y luego disfrutaron de unos gajitos de naranja con azúcar que preparó Roberto con ese austero pero delicado esmero que hacía de ese postre tan simple algo tan especial. En el tocadiscos sonaba el Cuarteto Zupay. 

Mientras escuchaba el tarareo del resto de la familia, Violeta tomó, por primera vez, tres –y no dos- delantales blancos: el de Mateo, el de Camilo y, por supuesto, el suyo. Se puso a plancharlos junto a un pantalón gris y una camisa blanca de Roberto. 

El cosquilleo empezó en la boca del estómago, pero pronto se extendió al resto del cuerpo. Camilo sentía que temblaba, pero ni su hermano ni su papá, que lo abrazaban en el sillón, parecían notarlo. Terminó el último de los gajos de naranja azucarada y trató de concentrarse en las canciones de Zupay. El delantal nuevo quedó colgado en una silla. 

Violeta se puso a recortar cartulinas de colores y a escribir mensajes de bienvenida para sus alumnos de primer grado. Pese a los pedidos, luego convertidos en órdenes, Camilo dio varias vueltas antes de irse a la habitación. 

No podía dormirse. No había forma. 

Mateo soñaba en la cama de arriba. Camilo se acercó hasta la otra pieza y vio que su papá estaba recostado, leyendo el diario. Cuando vio al intruso, Roberto sonrió, lo acompañó hasta la cama y se acostó a su lado. Le pidió que eligiera tres personajes. Era uno de los juegos favoritos de la familia. Camilo pensó: ET, Superman, Mateo. 

El padre meditó unos segundos y fue construyendo una historia que incluía a los personajes elegidos. En el cuento improvisado, Camilo iba junto a Mateo a la heladería Lamothe. Estaba cerrada. Caminaban hasta Tucho, pero también tenía las persianas bajas. Cuando llegaban a Simone, veían a otros chicos agolpados en las puertas. Alguien había robado todos los helados de la ciudad. Todos se entristecían, pero Camilo decía que conocía a un par de amigos que podían ayudarlos. 

Desde el cielo, aparecía ET en el canasto de una bicicleta voladora (¡cómo habían disfrutado viendo la peli en San Bernardo el verano anterior!); y Superman atravesaba las nubes con su capa alada. Ambos aceptaban socorrerlos y detectaban un camión verde sobre la ruta. Con su vista ultrasónica, Superman descubría que allí estaban todos los tarros con helado. Tres hombres uniformados manejaban el camión. ET los frenaba con su dedo enrojecido. Junto a Superman, les ordenaban que devuelvan el helado. Los uniformados huían despavoridos. El trío de héroes regresaba a la ciudad, cargando los tarros llenos de helado.

El papá notó que Camilo ya tenía los ojos cerrados. Intentó levantarse. El hijo lo contuvo con la mano. 

-¿Te quedás un poquito más? - le pidió.

(continuará)