• 10:25
  • domingo, 24 de octubre de 2021

Cuando fuimos el futuro

Por Manuel Barrientos
soja
soja
Cuando fuimos el futuro

 

13.

 

Chacabuco está cada vez más lejos. Y no hay metáforas. Los viajes se retrasan siempre una o dos horas, se vuelven interminables. Los autos y los camiones se suceden en esa Autopista Acceso Oeste, a la vez tan amplia, a la vez tan estrecha. Y, sin embargo, decido volver una y otra vez: ir al lugar de los hechos de mi infancia. Soy periodista y, enseñan, el valor del periodismo es estar en el aquí y en el ahora. No puedo ir hacia el ahora, porque el ahora de esta historia ya pasó: está treinta años atrás. Así que al menos intento ir al aquí: Chacabuco. ¿Pero es el mismo aquí que el de tres décadas atrás? 

El Pullman General Belgrano se hamaca en el asfalto y busco en la mochila los libros de Zygmunt Bauman; me aceptaron una reseña de su obra para la revista en la que trabajo. Releo “La Globalización. Consecuencias humanas”. Allí explica que, en el último cuarto del siglo XX, se desató la gran guerra de independencia del espacio, en la que “los centros de decisión y los cálculos que fundamentan sus decisiones se liberaron consecuente e inexorablemente de las limitaciones territoriales, las impuestas por la localidad”. Una elite pudo desentenderse de las consecuencias de su poder (económico, político y social) sobre las geografías locales. Los accionistas, al desligarse de las ataduras del espacio, pudieron globalizar –deslocalizar– su poder. 

El colectivo intenta avanzar, con más pausas que prisas. Bajo la modernidad líquida, leo en Bauman, las empresas tienen libertad para trasladarse mientras las consecuencias de su accionar no pueden permanecer sino en el lugar. “Quien tenga libertad para escapar de la localidad, la tiene para huir de las consecuencias. Éste es el botín más importante de la victoriosa guerra por el espacio”, resume el polaco. Los capitalistas quedan liberados del deber de contribuir a la vida cotidiana y la perpetuación de la comunidad. 

Con la mundialización de la economía, lo local, lo próximo, pierde su poder cohesivo, su posibilidad de actuar como lugar de encuentro. Ante el carácter líquido de la sociedad postindustrial, el capital fluye a los territorios que le ofrezcan mayor “seguridad jurídica”. Los Estados pierden su poder regulatorio a manos de la presión de los capitales multinacionales, y los espacios locales se ven obligados a competir entre sí con reglas cada vez más blandas que les permitan “atraer” esos capitales que –ya sin ataduras- saltan de un espacio a otro. 

Voy para atrás, y aparecen en mis recuerdos el padre Cacho, la sociedad de fomento, mi viejo, don Fermín, la escuela ocho y mi vieja con el guardapolvo blanco, el tío Julio y la tía Lucila con sus propuestas culturales, y hasta Quique Mariani, el Cholo, el escribano Manfredotti y Romualdo discutiendo en el bar de Lacentra.

El tránsito está estancado. Se escucha el ulular de una sirena, tal vez de una ambulancia, o de una autobomba de bomberos, o de ambas. Trato de concentrarme en la lectura. Los espacios locales se ven atenazados ante las exigencias de las grandes compañías globalizadas y deben renunciar a su capacidad regulatoria para captar mayores inversiones externas. Pero cuando el derrame de la economía no funciona, la lógica extorsiva de las empresas se incrementa, o los capitales fugan ante nuevos paraísos desregulados. 

Donde alguna vez hubo espacios de encuentro, donde los ciudadanos conversaban sobre distintos temas, discutían, se peleaban, ahora se observa un espacio de nuevo tipo: el espacio de la inseguridad. Los individuos aislados colocan rejas y alarmas con el objetivo de controlar de forma más eficaz su incertidumbre. Son voluntades atomizadas, individuales, cuyo horizonte se disuelve donde terminan sus propiedades. No somos más que miedos incomunicados entre sí.

Busco otro libro. Su título asoma más ñoño, más optimista, seguramente elegido más por las necesidades de la editorial que por las decisiones del autor: “Amor líquido”. Bauman insiste con su tesis de la liquidez, en este caso con la mirada puesta en las relaciones humanas, y escribe que vivimos en una época sin compromisos con lo espacialmente próximo. Hoy vivimos “relaciones de bolsillo”; es decir, vínculos instantáneos y descartables, que uno se guarda a mano, para poder utilizarlas cuando le sean necesarias. Pienso en las viejas clases de la facultad, en aquellos años previos a 2001, en la lectura de Georg Simmel, que a principios del siglo XX advertía que, en medio de la multitud moderna, la presencia del otro era sentida como amenazante y la supervivencia se transformaba en un valor digno de lograrse en sí mismo. 

Desde la ventanilla del colectivo veo la sucesión de barrios cerrados y countries, que se erigen al costado de la autopista. Todos buscan garantizar la seguridad y mantener a los demás bien lejos. Necesitamos apartar a los demás, tener a aquellos otros -posibles amenazantes de nuestra seguridad- bien lejos de nuestra mirada, necesitamos liberarnos de esa presencia que nos acecha. Necesitamos autos que se vuelvan cada vez más veloces y vidrios que se tornen cada vez más oscuros. Y yo, que ni siquiera sé manejar, qué hombre tan poco adaptado a estos tiempos líquidos, qué enseñanza (me) quedó de uno de los grandes juegos de la infancia, empujando cochecitos que emulaban a los de la Fórmula Uno o el Turismo Carretera. 

El café que ofrecen en el colectivo está demasiado caliente y el vasito de plástico se me derrite entre los dedos. Dejo el libro en el asiento de al lado. Pienso en mis compañeras y compañeros de la primaria, aquellos niños que los años ochenta preparaban para el futuro. Me recuerdo solitario en la muchedumbre, en aquel patio enorme de la Escuela Uno, si en ese primer día de primer grado no éramos más que islas de soledad, archipiélagos que la experiencia educativa buscaba amalgamar. No éramos los únicos que tratábamos de aprender, de unirnos en esa democracia de biberón. Era toda una sociedad. O una parte mayoritaria. O una parte. Era una democracia niña, también aislada, que caminaba a los tropezones, que caía, que retrocedía, que parecía que no se iba a volver a levantar. La democracia no era más que un puñado desperdigado de millones de niños solitarios en un patio de escuela. Miro por la ventana del colectivo: ya no hay countries, ahora impera un mar de soja. Si los esquimales, a fuerza de cotidianeidad, logran percibir distintos grados de blanco; nosotros, ciudadanas y ciudadanos de la pampa húmeda, muy pronto, vamos a comenzar a discriminar más y más tonos de ese verde que genera una hinchazón en el producto bruto interno de nuestra patria. 

La homogeneidad del paisaje me adormece. No sueño nada; o, si sueño, no lo recuerdo. Escucho el grito del chofer que anuncia que llegamos a Chacabuco. Un auto, una madre, un padre, me esperan. Salgo a las apuradas, medio dormido. Recién media hora más tarde, cuando lleve una rodaja de Zammuto a mi boca, cual magdalena de Proust, recordaré de a borbotones toda mi infancia y también me daré cuenta que olvidé el amor líquido de Bauman en un asiento del Pullman General Belgrano.