12:02 h. Miércoles, 20 de noviembre de 2019

Crónica de un voto cantado

Por Andrés Colicchio

Una mujer distraída con la boleta visible frente a la urna. Un gendarme que quiere aplicar literalmente el reglamento, un fiscal cómplice que hace cortina y una votante frustrada que se da a la fuga.

PERLITAS DE UN DOMINGO ELECTORAL  |  29 de octubre de 2019 (02:55 h.)
Más acciones:

La jornada comenzó con algunos nubarrones que podrìan complicarnos con una lluvia inminente. Comencé a rezar para mis adentros, pertenezco a un partido con un alto componente popular y el agua no favorece a quienes viven en la periferia a la hora de trasladarse a votar.

LLovió un ratito, en ese lapso abandoné mi puesto de fiscal general para ir en auto a buscar gente que estaba a pie y quería cumplir con el deber de sufragar. Duró poco, un chaparrón intermitente, y luego salió el sol. Con su brillo me devolvió la tranquilidad y regresé a mi trinchera: una conocida escuela de ciudad frente a una plaza con nombre de prócer.

Mientras pensaba si lo que había frenado la lluvia era mi rezo, escuché problemas en una de las mesas. La situación, una zoncera, una mujer de edad avanzada ingresó al cuarto oscuro y a los pocos segundos egresó con boleta en mano doblándola frente a la mirada despavorida del presidente de mesa. Como dios manda, pasó la lengua por el sobre, metió la boleta y lo cerró. Al querer introducir el voto en la urna para completar el acto electivo, su acción fue interrumpida por la autoridad de mesa: “Señora, voto cantado, este acto queda anulado”. 

Confundida y sin entender por qué no le permitían guardar su sobre en la caja, la mujer intentó infructuosamente repetir el acto, pero a esta altura ya se habían acercado hasta los gendarmes. Su sobre fue retenido y se le aclaró que se le permitiría votar, pero su elección quedaba automáticamente anulada. 

Me acerqué, intenté que le permitieran ingresar nuevamente al cuarto oscuro a realizar el voto bajo el abrigo secreto que este proporciona, pero ya era demasiado tarde: un voto menos para el frente electoral para el cual fiscalizo.

Intenté defender la voluntad de la distraída mujer, pero colisioné contra la fuerza del reglamento. Efectivamente, era voto cantado y nada podía hacerse. 

Pero lejos de resolverse el conflicto, y cuando intentaba acompañar a la fallida votante a que se retire, escucho la voz de uno de los gendarmes, quien en tono solemne y grave dictaminó: “Para situaciones de voto cantado, la ley prevé entre uno y tres años de cárcel”. La mujer palideció, aunque no sé si a esa altura comprendía la dimensión de lo que ocurría. Le pedí que continúe avanzando hacia la salida, ya no sólo peligraba su voluntad de elegir sino su libertad. 

“Retirate mientras hablo con el gendarme”, le dije. Con paso cansino, la dama continuó hacia la salida. Mientras tanto, el hombre de verde me mostraba el artículo que señalaba la pena de prisión para quien mostrara su voto. 

“Si decidís meter presa a está mujer, vas a tener que enviarla a prisión domiciliaria, dado su estado de salud físico. Vas a tener que llevarla a la casa y capaz que hasta le ahorrás el remis”, le señalé al gendarme. “Aparte vas a salir en las noticias y, dado el grotesco de la situación, vas a terminar dando risa”, le dije en tono de broma. Mientras tanto, mi protegida ya había alcanzado la seguridad del auto de su yerno, y se había dado a la fuga con mi complicidad. 

“Un voto menos para mi partido”, repetía yo, mientras la señora ya se encontraba fuera del alcance del brazo de la ley y los gendarmes seguían a un costado, tomando mate y leyendo el reglamento.