• 13:44
  • martes, 29 de septiembre de 2020

Contaminación a cielo abierto

El basural municipal a cielo abierto parece un callejón sin salida que refleja la incapacidad del estado a la hora de definir políticas públicas de largo plazo. La planta de reciclado de residuos sólidos urbanos fue un paso adelante para encauzar una problemática ambiental que aflige al mundo entero. Las marchas y contramarchas fisuran las perspectivas de mediano y largo plazo. Mientras tanto, desde vecinos que comen en el lugar, hasta la acumulación de envases de agrotóxicos, son parte de una foto que no se condicen con la pretensión de una “ciudad modelo”.

Contaminación a cielo abierto

 

VIENE DE TAPA

 

Contaminación a cielo abierto

 

La problemática del basural a cielo abierto no encuentra una salida sustentable a mediano y largo plazo. Vecinos que encuentran entre los residuos un rebusque de vida, se chocan con bidones de agrotóxicos que se apilan al alcance de sus manos.

 

 

El basural a cielo abierto es una problemática que ha generado alarma y debates en  todo el mundo. Diferentes foros internacionales han planteado la necesidad de pensar una alternativa sustentable, basada en la reutilización y el reciclado para evitar no solo el agotamiento de recursos sino frenar el amenazante avance de las acumulaciones de basura. En Chacabuco estamos lejos de un proyecto en este sentido que preserve el medio ambiente, más allá de la  importante inversión realizada en el final de la gestión Barrientos, cuando se construyó la Planta de Reciclado de Residuos Sólidos y Urbanos y se compraron los primeros volquetes para cambiar la forma de recolección. También durante el primer mandato de Víctor aiola se intentó avanzar con el saneamiento pero nunca se pudo articular ambas cuestiones como políticas públicas de largo aliento. Hoy, tanto la planta de reciclado como el basural mismo, se encuentran en un estado de abandono absoluto. Esto se puede percibir no solo con la acumulacion de residuos urbanos sino también con la brutalidad del depósito de una pila de bidones de vacíos de glifosato que permanecen fuera del galpòn previsto para su almacenamineto, en unos de los laterales del inmueble donde se procesa la basura. Están al alcance de quien quiera tomarlos, ya que en el lugar no hay guardia alguna y puede accederse a través de un portón abierto de par en par. Sin dudas esto va en contra de cualquier protocolo necesario para el tratamiento de este tipo de residuos de altísima peligrosidad. Si alguien desconociera la nocividad del contenido y se los llevara para cualquier fin, podría ver afectada seriamente su salud. Una parte importante del alambre perimetral que delimita el área de la planta ha sido retirado, al parecer personas ignoradas se lo llevaron. Debajo de un techo parabólico, en las cabreadas que lo sostienen, ha anidado gran cantidad de palomas. Ingresando al basural, numerosas quemas encendidas levanta una estela gris que se esparce por toda la quinta y avanza hacia el oeste. 

 

El testimonio Lucas y Leandro

Detrás de una montaña, dos jóvenes se mueven entre una pila de metales; con habilidad van separando el material a una velocidad propia de quienes saben lo que están haciendo. Ambos se ganan la vida recolectando metales; busca tesoros entre lo que los demás desechan. “Juntamos cobre, bronce y aluminio”, dicen, y muestran un radiador y una bolsa pequeña llena de cobre. “Son más o menos $200 el cobre y $50 el radiador, más estos tres cuchillos que los limpio y dejo nuevos para la venta”, dice Leandro exhibiendo cómo van organizando lo hallado. “Paramos un rato a comer nomás. Muchas veces comemos lo que encontramos acá”, dice su compañero. “Te podés encontrar de todo, desde lo de menor valor hasta cosas que les podés sacar mucho”, continúa explicando mientra muestra un par de zapatillas de niño, ropa, un paquete de harina intacto y bolsas con jabón en polvo que, según él, tiraron “los de la Anónima”. Luego extrae lo que define como el principal hallazgo de la jornada: un celular impecable. “Seguramente no le anda la batería, pero yo se lo llevo a una persona que se dedica a reparar y aprovecha los repuestos. Tuve mucha suerte en verlo entre la basura”, exclama entusiasmado. “Los dos somos padres y tenemos que llevar la comida a nuestras casas. Cada uno se lleva lo que encuentra, aunque a veces si viene alguien que trae muchas cosas para desechar, nos ponemos de acuerdo y vamos mitad y mitad. La basura a nosotros nos da de comer, por eso nos ganamos la vida acá”, apunta Leandro, quien también se refirió al comportamiento de consumo de los chacabuquenses; “hay días en que la gente derrocha y tira cosas que realmente se podrían reutilizar o directamente usar porque están completas”,  y resalta, “de acá te podés con $500 pesos, otro día con $2000 y otro, con nada. Va mucho en la suerte, esto es como una moneda al aire”. Al consultárseles cómo se definen, ellos dicen que “son dos amigos que se conocieron en la basura”. “Yo me pongo contento si él encuentra algo, porque sé que lo necesita mucho para sus cuatro hijos”, expresa Leandro visiblemente emocionado, “y él se pone igual cuando el que encuentra algo soy yo. Soñamos con trabajar en la planta algún día”. finaliza.   

Sin dudas, Lucas y Leandro son un ejemplo de resiliencia y de lucha. Frente a una situación económica nacional en la que ellos quedan prácticamente fuera del sistema, enfrentan cada jornada con entereza, como quien ve en cada día una nueva oportunidad de búsqueda de subsistencia. 

.