23:08 h. Jueves, 14 de noviembre de 2019

Como en Chile, pero tranqui

En más de una oportunidad, desde el conglomerado derechoso que nos gobierna han puesto el acento en establecer a Venezuela como un “destino” al que debemos evitar. Bueno, resulta que hoy ese destino no querido está mucho más cerca, acá nomás, cruzando la cordillera, donde un gobierno muy “del palo” de los cambiantes ha colmado la paciencia de su pueblo y hasta le ha declarado la guerra.

OPINIÓN Por Gustavo Porfiri  |  23 de octubre de 2019 (13:02 h.)
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En 1973, tres años antes que por estas pampas, llegó la dictadura a Chile, en un contexto regional que se cristalizó más tarde en el llamado “Plan Cóndor”. Por entonces, tras los Andes, el genocida Augusto Pinochet derrocó al presidente elegido por el voto popular Salvador Allende, quien había asumido en 1970 como candidato de la Unidad Popular (alianza integrada por los partidos Socialista, Comunista, Radical, Social Demócrata, MAPU y API).

Pinochet impuso un modelo político y económico sostenido en la represión y el terrorismo de Estado. Una de las consecuencias económicas más potente fue la concentración de riquezas en manos de unos pocos y un destino de exclusión para la mayoría del pueblo trasandino. Nada que no hayamos experimentado los argentinos. 

Sin embargo, hay que decir que los acontecimientos que hoy se vivencian en Chile están entroncados con aquellos ocurridos hace más de cuarenta años. El ideario de construir una sociedad más justa que proponía el socialismo de Allende estaba latente en el alma de ese pueblo que hoy enfrenta a un presidente antipopular y autoritario. Aquella semilla germina en este siglo XXI y las muchedumbres se plantan ante un mandatario que desprecia la solución política del conflicto y prefiere declarar la guerra a su propia sociedad.

Y si el pueblo chileno está evidenciando que el legado de Salvador Allende se mantiene vivo, la contracara es Sebastián Piñera, el representante actual del modelo de represión pinochetista. En esa tensión, lo que vemos con claridad es que la derecha de aquellas latitudes ya no puede garantizar su status quo dando palos a su pueblo. Están sorprendidos, asustados y ven que con los militares, el terror, y el modelo de represión aplaudido desde este lado del Aconcagua por la ministra Bullrich, ya no alcanza para para atajar el descontento popular. 

“Vamos a tener que disminuir nuestros privilegios”

La frase se le atribuye a Cecilia Morel, la primera dama chilena, quien se refirió a las manifestaciones y las calificó como "una invasión extranjera, alienígena". El audio, cotejado con fuentes de La Moneda por el matutino La Tercera, fue catalogado de auténtico. Se trata de una comunicación en la que la esposa de Piñera le habla a una amiga sobre la situación de crisis en el país utilizando definiciones que causaron indignación. Este testimonio no hace más que pintar de cuerpo entero a la derecha chilena. En esas palabras se desnuda la ignorancia y el desprecio por su pueblo que los integrantes de la élite de aquel país almacenan en sus conciencias. Nada que no hayamos experimentado por acá, tampoco.

La pera se cayó de madura

Durante años hemos oído a nuestros referentes derechosos alabar los logros del “modelo chileno”. “Andá a Chile”, nos decían los gurúes del conservadurismo criollo, ese mismo que dejó morir en la pobreza y el olvido a San Martín, aunque hoy lo reivindiquen como a su propio líder y propongan que se debe actuar ser como él para salvar a la República de unos peligros que solo ellos logran visualizar.

Pero lo que hoy vemos en Chile es la maduración de un proceso que ha llevado al hartazgo a su pueblo. Un proceso que ha privatizado y precarizado la salud, la educación, la seguridad social, los servicios básicos, y hasta el agua. Todo allí lo regula “el mercado”. Uno de los logros mayores de semejante estafa implantada desde el Estado es la enorme desigualdad social existente. Los salarios chilenos más bajos son paupérrimos, la posibilidad de acceder a educación superior para las mayorías es casi nula, por citar solo dos consecuencias básicas. Transportarse en ese país “ejemplar” se lleva hasta el treinta por ciento de un salario. No es casualidad que semejante revuelta haya estallado por el aumento en este rubro.

Y llegó el momento en que la cuerda no se estiró más, cuestión que no tuvo en cuenta el gobierno del derechoso Piñera. Nadie permite un chirlo más fuerte de lo que la nalga aguanta. La renuncia del presidente represor -que ya tiene su historia manchada con sangre- debería ser la válvula de escape para que esa sociedad hermana se encuentre con sus raíces históricas y democráticas más saludables.

Saqueados pero tranquilos

En estos días envueltos en ese clima de revuelta popular vecina, los argentinos vamos a ir a elecciones generales. Y la verdad es que estamos en una situación similar a la de nuestros hermanos trasandinos: nos toca sacarnos de encima al flagelo del conservadurismo berreta que nos azotó durante cuatro años interminables. Pero por suerte no somos Chile y nosotros lo vamos a hacer muy tranquilamente, ensobrando la boleta adecuada. Y no es un detalle menor, porque en este país también tuvimos jornadas análogas a las chilenas, allá por 2001. Y si hoy estamos tan panchos esperando el domingo es porque aprendimos y porque durante doce años hubo en Estado presente -con sus luces y sus sombras- que activó un colchón de políticas suficientes como para aguantar hasta el 10 de diciembre próximo sin salir a quemar medio país. Ya sé que por esto último vamos a disentir con los camaradas de la izquierda, pero esos lujos dialécticos vendrán pronto. Primero lo prioritario.