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Cuatro Palabras

China: Una censura culinaria inevitable

DE VIAJES  |  19 de Octubre de 2016 (01:20 h.)
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Por Laura Federico

Sobre la mesa descansaba una bandeja con dos frascos pequeños. El primero contenía un líquido marrón y el segundo, un puñado de dientes de ajo que aromatizaban todo el lugar.

Un hombre sentado frente a mí, cual si fuera pan, le dio un mordisco a un gajo y lo bajó con una porción de fideos chinos. Yo tenía mucha hambre, pero el menú estaba escrito en el idioma local. Entonces me vi obligada a pedirle al cocinero que me sirviera lo mismo que ese comensal estaba almorzando. Después de diez minutos y de haber vaciado el contenido del segundo frasco, mi sopa con noodles se encontraba dentro de un cuenco de plástico inundándome la cara con su vapor.

Durante el mes que duró mi viaje por China, me fue muy difícil adaptarme a ciertas costumbres. Como su hábito de ordenar en los restaurantes finos el doble de alimentos de lo que podían ingerir. Su debilidad para colarse en las filas. Su forma de hacer turismo en manada. Su mandato social de casarse antes de los veinticinco años. Tampoco pude adoptar la costumbre china de hacer caca apoyando la espalda en un paredón, en cuclillas sobre el césped de un parque o agachada en la Ciudad Prohibida. Mucho menos el hábito de algunas muchachas que, agobiadas por las colas interminables de las boleterías de trenes, vaciaban el contenido de sus estómagos sobre la cerámica que cubría el suelo. Ni siquiera la peculiar “tristeza de supermercado”, padecimiento de algunas jovencitas que lloraban en silencio mientras arrastraban sus changuitos repletos de comida.

Nunca hice propia ninguna de estas costumbres y hábitos. Aunque no pude evitar abrazarme a los encantos del ajo. Lo usaba para acompañar los desayunos y las cenas. Lo comía de muchas maneras; introduciéndolo en los dumpling; sumergiéndolo en los fideos de las mañanas; como condimento de las berenjenas asadas en las noches. El ajo pasó a ser una parte importantísima de mis días. También la cerveza en envase de medio litro, que compraba en cualquier kiosco y la bebía mientras caminaba por las veredas de Pekín en plena siesta.

Sin embargo, y ya de vuelta en Argentina, ese único hábito chino que adquirí fue suficiente para que, después de una sopa acompañada con cuatro dientes de ajo, sin tregua y sin previo aviso, prohibieran mi nueva costumbre y me exiliaran sin posibilidad de retorno al cuartito del fondo de mi casa.

 

Laura Federico | Viajera. Escritora. Se recibió de Licenciada en Administración en el 2010, trabajó dos años y sacó un pasaje de avión sin fecha de retorno. Nacida y criada en Chacabuco. Después de diez años de ausencia, hoy está de vuelta y con muchas ganas de escribir.

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