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  • sábado, 27 de febrero de 2021

Un carnaval sin mascaritas

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Un carnaval sin mascaritas

Resulta difícil escribir sobre el carnaval sin remitirse aunque sea brevemente a su historia, a su origen, que por supuesto se remite a los inicios de nuestra cultura.

Desde el principio, los seres humanos se encontraron con el problema de que la convivencia social impone muchas restricciones, y el carnaval surgió como una “válvula de escape” a las ansiedades y deseos acumulados. Durante mucho tiempo, las iglesias cubrieron los santos durante los días y noches de Carnaval, en algo parecido a un pacto con lo pagano, para que desde abajo de las telas las santidades no vieran el desahogo popular en las calles. Por supuesto que llegó a nuestros días como jornadas de diversión, tal vez rozando lo prohibido, pero nada más. 

En nuestra ciudad tuvo epicentro en el Corso, y los bailes de carnaval a continuación. Está celebración estuvo unida aquí a las “mascaritas”, ese vecino que disfrazado cómicamente oculta su identidad y, valiéndose de ello, bromea con quienes se cruzan a su paso y proponen alguna forma de fantasía. También protagonizaban los eventos, siempre nocturnos, las carrozas, en ocasiones de dimensiones descomunales, construidas al calor de un entusiasmo comunitario. La nave Pirata, la de Las Ninfas, La Diligencia atacada por bandoleros, en suma una reunión comunitaria donde se dan cita la imaginación, la fantasía, la picaresca, la burla como una forma de humor, que entre papel picado y serpentina, donde lo único que está “prohibido” es no divertirse.

Entre el año 1976 y 1983 se prohibió el carnaval y por supuesto el Corso. Se quitaron los feriados, con la Democracia cayó la prohibición, pero tardó muchos años en que se decretaron los días feriados. Ese proceso abrió una brecha entre el pasado y el presente del carnaval, es por eso que los que somos mayores recordamos con mucha nostalgia aquellos Corsos geniales, bailes en noches siempre calurosas, el rito que precedía todo durante la tarde: El de mojar a todo el mundo, chicos, grandes, mujeres, pobres, no tan pobres y ricos divirtiéndose juntos, “bombitas”, pomos, mangueras y baldes en una diversión tan inocente como inexplicable. Este año no hubo festejos, los protocolos preventivos por la pandemia los postergaron en pos de los cuidados, tan necesarios en la situación epidemiológica compleja que atravesamos. Pero esto no nos quita que podamos rememorar con una sonrisa alguna anécdota que hayamos vivido en otros tiempos, cuando el carnaval era motivo de salir a disfrutar de los colores, de las corridas de los niños, la espuma o.del ritmo hipnótico de alguna batucada bailada por “Palito” Baldi y Darío Sorrentino. ¿A quien no le gustaría ver aparecer nuevamente aquella mascarita que se burló de nosotros hace tantos años, con su traje de lentejuelas, para luego verla perderse entre el gentío, sin que nunca pudiéramos saber quién era?.