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  • lunes, 18 de enero de 2021

Asuntos separados

 Por Josefina Poy
Asuntos separados

El camino por el derecho al aborto legal, seguro y gratuito no ha sido simple o lineal, ni lo será. Fue un camino truncado por distintas situaciones sociales, culturales, políticas y económicas al que nuestro movimiento se ha sabido sobreponer y reinventar. 

Lo que pudimos observar a lo largo de la historia es como, por oposición, actúan los demás grupos que se oponen a nuestras conquistas. 

A lo largo de los últimos dos años donde las presentaciones del proyecto se volvieron masivas, acompañadas por millones de mujeres, hemos presenciado la contraofensiva religiosa: desde fetos gigantes de cartapesta hasta bebotes de juguete empalados y ensangrentados. Podríamos decir que nada nos sorprende pero, a mí particularmente, todavía sí. Dos fueron las situaciones de este año que captaron mi atención: el reiterado argumento de que con la legalización del aborto no se iban a denunciar/detectar las violaciones y la empapelada de la ciudad con afiches que, en apariencia, tenían nuestros colores y tipografía pero anunciaban que el aborto era para asesinar niñxs con síndrome de down. 

Sabemos bien que no podemos esperar un juego limpio en la conquista de nuestros derechos cuando, quienes se han opuesto eternamente a ellos, han sido las religiones más populares de América Latina, por no decir del mundo: católicos y evangélicos. 

Populares por capacidad de manipulación de grandes grupos sociales, así como por su poder adquisitivo. 

Si una de estas religiones se basa en la unión de una paloma y una mujer para concebir, tampoco podemos esperar más que intervenciones públicas extremadamente bizarras cuando estamos debatiendo, no solo una cuestión de salud sino un derecho de las mujeres que rompe con la doctrina patriarcal a la que hemos sido sometidas durante años.

Pero también aquí estamos hablando de la religión más perversa, aquella que defiende y oculta pedófilos. Aquella que ha condenado con más vehemencia la interrupción del embarazo que el robo de bebés del que fueron cómplices en la dictadura, bebés de mujeres que deseaban tenerlos, los gestaron y parieron. Si dieron su bendición y contribuyeron a semejante crimen, lo que hoy está en juego es la autonomía de las mujeres. 

A eso se oponen. Por eso es nuestro deber esclarecer este debate una y otra vez.

Queremos niñas, no madres.

Queremos ser dueñas de nuestros cuerpos y nuestras decisiones: sin culpas, sin vergüenza, sin miedos. 

Los dogmas religiosos serán para quienes los deseen en su vida pero no por obligación, mucho menos si eso nos condena a morir en camillas clandestinas como Ana María Acevedo. 

Este 29 de diciembre, al igual que el 8 de agosto de 2018, esperamos del Senado que cumpla su función: la representación política y laica del pueblo.

Nosotras representamos más de la mitad de esa población por la que están en sus puestos. Y deseamos que actúen conforme a la protección de nuestras vidas, que estén a la altura de la historia argentina o pasarán a ella como eternos cobardes.

Que sea ley.