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  • domingo, 12 de julio de 2020

Andando por las ramas

La historia les contará a las generaciones futuras que el 25 de mayo de 2020 en la Argentina no hubo misa solemne y Te Deum. Tampoco desfile cívico militar, ni en la capital de la República, ni en ninguna localidad del territorio nacional. La historia contará que la de 2020 fue una festividad patria diferente, en la que los centros tradicionalistas, protagonistas indiscutidos de la fecha, fueron reemplazados por los “autoconvocados” anticuarentena. Un espanto de presente. Vayamos por las ramas.

Andando por las ramas

Los pocos que se manifestaron durante la tarde-noche del lunes, feriado patrio, son “bichos raros”. La sociedad argentina es callejera, no tiene el mínimo impedimento para salir a protestar por lo que fuera. A diestra y siniestra hemos visto -o protagonizado- incontables marchas y movilizaciones bajo consignas que aludían a reclamos provenientes de todo el arco ideológico criollo. Sin embargo, bien podríamos decir que la “anticuarentena” fue la primera manifestación sin consigna, sin reclamo específico. Vamos, sin sentido. Fue raro, pues los testimonios que registraron las cámaras y micrófonos de los medios que cubrieron la movida, sonaban como una ensalada de ideas que raramente podría reunido a un grupo de personas. Tampoco los que salieron a infringir las normas impuestas estaban encolumnados bajo alguna sigla, entidad colectiva, o identificación. Entonces, ¿Fue un sentimiento, como cantan las hinchadas futboleras? Es posible… el sentimiento ¡Basta de encierro! podría haber puesto la energía necesaria para que estos argentinos salieran a enfrentar al Estado, a sus disposiciones y a sus gobernantes que fueron elegidos democráticamente por la mayoría de los votantes, como la Constitución manda.

Algo quedó claro: no eran representantes de los sectores más vulnerables del AMBA. Los que transitaron agitando los colores patrios en Tigre, por ejemplo, lo hicieron a bordo de automóviles muy nuevos, no en los clásicos carritos cartoneros tirados por caballos famélicos. ¿Entonces? Clarísimo está que si alguien está harto de aislamiento social es aquel que peor la pasa, hacinado en una villa miseria, sin ingresos ni agua, pero con dengue y Covid-19. Pero resulta que este sector social, el más vulnerable, en vez de salir a putear al gobierno organiza ollas populares para mitigar el hambre y paga el costo de esta peste que nos abruma con la vida de sus mejores dirigentes. 

De virus somos

La cantidad de enfermos y muertos por la peste que -en tiempo real y país por país- nos muestran por todos los canales de comunicación disponibles, nos mete miedo. Nos pone “en situación” ante un “enemigo invisible” que en cualquier momento nos pilla. No se discuten desde estas líneas los peligros ni la dimensión que la peste acarrea. Para burlarse del microorganismo letal está Jair Bolsonaro, el presidente de un Brasil que no para de cavar tumbas. 

Sin embargo, sí se pretende dejar claro desde este lugar que una cosa es el miedo y otra el cuidado. Si rastreamos a lo largo de nuestra historia como especie, veremos que con virus bacterias y parásitos hemos convivido durante millones de años. Somos parte del complejísimo sistema que representa la vida planetaria. Nosotros, el coronavirus y el dengue también. ¿Y cómo fue posible entonces que llegáramos hasta este siglo si los “enemigos invisibles” estuvieron siempre ahí, acechando? Pues estamos vivos -y seguiremos- gracias a la inmunidad comunitaria humana, que, visto está, es capaz de prevalecer ante cualquier peste. Es nuestro diseño natural (divino para algunos) el que nos protege de las enfermedades y gracias a él hemos sobrevivido como especie. 

Lynn Margulis, una destacadísima bióloga norteamericana, nos ha enseñado que a la vida la crea la cooperación y no la competencia. En sus avances sobre la evolución biológica, y respecto al origen de las células eucariotas, explicaba que “la simbiogénesis reúne a individuos diferentes para crear entidades más grandes y complejas. Las formas de vida simbiogenéticas son incluso más improbables que sus inverosímiles ‘progenitores´. Los ‘individuos´ permanentemente se fusionan y regulan su reproducción. Generan nuevas poblaciones que se convierten en individuos simbióticos multiunitarios nuevos, los cuales se convierten en ‘nuevos individuos’ en niveles más amplios e inclusivos de integración”.

Es decir, la vida no hubiera llegado hasta hoy sin la cooperación de todos sus elementos, incluidos los virus. Estamos diseñados biológicamente para cooperar, incluso con las pestes. Durante decenas de miles de años fuimos nómades y sobrevivimos cooperando. La cooperación es parte de nuestra genética de especie. Esa idea empezó a ser combatida -y modificada- a partir de la mitad del siglo anterior, cuando el aparato comunicacional del capitalismo nos empezó a meter la idea de que es mejor estar solos, que el desarrollo individual es superior a la acción colectiva. Este concepto se cristalizó muy bien durante el fin de semana, cuando un tenedor de tierras aplastó con su poderosa camioneta a un pibe que intentaba cazar una liebre. No hubo cooperación, hubo individualismo exacerbado, hubo hombre lobo del hombre. El resultado fue la muerte y no la vida.

Para ir bajando de las ramas: el virus que nos abruma no es nuestro “enemigo”, es parte de la compleja biodiversidad en la que estamos inmersos. Si no entendemos esto, estaremos peor que si dejamos de usar el tapajeta, no nos lavamos las manos o salimos a abrazarnos en masa. Que este episodio desafiante de nuestra identidad planetaria no nos confunda y que esa confusión no sea aprovechada por los piratas de siempre.