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  • martes, 02 de marzo de 2021

Algo en que creer 

Historias y mitos abundan en el interior del país. Los remedios caseros, las y los que curan. Es creer o reventar. Desde Haroldo Conti, hasta las escritoras federales, que imponen sus lecturas pueblerinas, creencias, supersticiones, curanderos, tarotistas, abuelos y abuelas que sanan con rituales de antaño. Aún quedan vestigios de un modo de vida menos segregado y más espiritual. Persiste una cosmovisión. 

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Algo en que creer 

Por Martina Dentella 

 

En una noche podrida de invierno y mientras bebía un semillón en el bar Falucho, en Fitz Roy y Luis María Campos, Haroldo Conti escribiría Las doce a Bragado. Acababa de volver del pueblo, y relataba la historia de su tío Agustín. Un corredor del pueblo -y personaje mítico- que surcaba las calles de tierra de un Chacabuco pujante, envuelto en polvareda. En ese cuento menciona a Madre Benedicta, una mujer del pueblo, vidente, medio bruja medio humana que pronosticaba las confusiones mentales que luego tendría Agustín. 

 

En plena cuarentena por la pandemia, el periodista Andrés Colicchio realizó un móvil de exteriores desde el barrio San Cayetano. Ese día se acercó a la capilla y recordó a Doña Benedicta, a quien se le atribuían poderes de sanación. Varios mitos se tejían a través de su figura. Según la leyenda, había dejado un supuesto legado (elementos de valor) debajo del piso del altar de la Capilla San Cayetano, donde incluso se habría realizado un cuidado trabajo antropológico sin éxito. ¿Se trata de la misma Madre/Doña Benedicta?. 

 

Las curanderas/os siguen vigentes en las producciones literarias de escritoras federales.  

Las prácticas mágico-religiosas hacen a nuestra diversidad como comunidad. 

Una de las últimas joyas de la literatura contemporánea es la novela Distancia de Rescate. La escritora Samanta Shweblin se refiere a la invisibilización de las prácticas de envenenamiento de los cultivos y la tierra con el uso de agrotóxicos y cómo afectan a la naturaleza. La voz narradora, para salvar la vida de los hijos, recurre a una curandera que trabaja sobre la migración de almas. Otro ejemplo es “Chicas Muertas”, de Selva Almada. La narradora, revela escenas de la infancia en las que eran habituales las visitas al curandero del pueblo que curaba empachos, mal de ojo y mal de la pata de cabra. Las gitanas leían la mano, “la Señora”, una tarotista se comunicaba con “las chicas” para conocer su pasado. 

 

Pese a su crecimiento exponencial, Chacabuco sigue respirando aires de pueblo. Es cierto que el agua con limón, el té con miel es una de las recetas que no fallan. Tienen su base científica- orgánica, pero también conservan un componente psicológico, el que transmitían los adultos: todo va a estar bien. “Mi abuelo nos curaba la ojeadura, decía algo en voz baja, una oración o algo así, y al terminar hacía la señal de la cruz en la frente, y después empezaba a bostezar; también agarraba un plato con agua y aceite, decía una oración, y así nos curaba la ojeadura”, cuenta una vecina. 

Otro vecino, asegura que después de tener el ojo colorado durante mucho tiempo y recorrer clínicas y oftalmólogos, el único que lo curó fue un curandero de la ciudad que “le curó la culebrilla” cuando lo mandó su papá. Otros tantos hablan del santo remedio: que les tiren el cuerito después de un empacho. Para los esguinces de tobillo, algunos confían en el “agua con salmuera de los abuelos”. 

En Chacabuco, un médico recetó a un adolescente todo lo que la industria farmacéutica ofrece para curar la culebrilla pero lo alertó: “no dejes de ir al curandero que seguro te lo va a curar más rápido que los medicamentos”. Lo curó. Creer o reventar. La misma persona asegura que la hermana se curó de los resfríos consecutivos cuando su mamá le llevó “una prenda al curandero”. 

Uno de los ritos más llamativos fue el que narró un vecino, “cuando te duele mucho la muela y tenés infección, agarrás un sapo, te lo apoyás en el cachete donde duele, y le pasás la infección, el sapo se muere y vos te sentís mejor, eso lo escuché de mis abuelas”. 

De palabra se cura la ojeadura y las quemaduras. Es un conocimiento esotérico que se transmite de generación en generación y se enseña en festividades religiosas. 

Té de ruda, rodajas de papa, tomates sobre la piel, paños calientes en la panza y decenas de mitos, creencias, o recetas naturales se conservan en nuestra ciudad.