Al pan, pan

opinión Por Gustavo Porfiri  |  28 de enero de 2020 (20:34 h.)

Si un hombre mata a otro y el tema es noticia, se hablará del homicida(del latín homo ‘hombre’ y caedere ‘matar’). Si el crimen se ajusta a algunas características específicas, podría tratarse de femicida. Si el asesino en cuestión mata a sus padres será un parricida. Se trata de esa base heredada del latín: caedere, matar. Esto conviene aclarar dado algunos eufemismos que se utilizan para hablar de insecticidas o herbicidas, que también tienen la raíz latina, pero que muy hábilmente la industria ha trocado por agroquímicos o fitosanitarios. Si matan vida son biocidas.

Ayer por la mañana, volviendo de Junín, observaba con atención que el parabrisas del auto, luego de ir y volver hasta la ciudad vecina por la carretera 7 que atraviesa los campos más productivos de la provincia, estaba casi limpio. Comenté con mi acompañante de viaje que en otras épocas -en medio del verano- el vidrio del vehículo hubiera quedado totalmente cubierto con insectos estampados.

Un comentario va, otro viene y recordé también que durante las noches de verano, en la galería de la casa rural donde pasé mi infancia, durante las noches de calor se juntaban decenas de sapos. Chicos, medianos, grandes, de tonos verdes más claros o más oscuros. Venían al festín de insectos que se daban gracias a la luz de la lámpara que los atraía. Los “cascarudos” eran las presas más apreciadas, aunque pocos escapaban a la cacería. Me pregunto si hoy, en estas pampas sojeras se podrá repetir esa escena.

Un testimonio “moderado”

Es conveniente en este tema hacer base en algunas apreciaciones que no provengan de las voces más radicalizadas contra el uso de biocidas pues facilita la estigmatización y la “bajada de precio” por parte de los defensores de los venenos.

Chris Martenson, es un científico estadounidense que se ha perfeccionado en bioquímica, neurotoxicología, farmacología aplicada y técnicas in vitro. También es analista económico y uno de los creadores de PeakProsperity.com, una web que tiene como misión “Desarrollar la comprensión para que se puedan crear y promover soluciones efectivas”. Si bien esa definición es un poco vaga y general -como la mayoría de las “misiones”- el portal es de consulta muy recomendable.

Hablando de estos asuntos relacionados con los biocidas, Martenson comenta “muchos granjeros me escriben enfadados porque cuando escribo sobre estas cosas hablo de la ´agricultura perezosa´”. El científico se pregunta: “¿Porqué lo llamo así?” y da la respuesta: “Yo llevo escribiendo sobre el tema desde hace mucho tiempo y en 2015 publiqué un artículo hablando de un tipo de pesticida de gran durabilidad de la familia de los neonicotinoides que tiene una vida media de unos mil días a partir del momento en que los granjeros lo rocían. Esto quiere decir que cuando pasa un año y lo vuelven a utilizar están inundando el suelo con más pesticida que se sigue acumulando”.

Para redondear la idea sobre el uso de este biocida, Martenson ejemplifica: “si los pájaros absorben una cantidad suficiente también morirán. Es un compuesto muy tóxico y es fácil de observar que en los lugares donde se ha utilizado de forma intensiva la población de insectos ha caído en picado”.

Bueno, creo que este hombre tiene la respuesta a mi duda de los primeros párrafos acerca de las pantagruélicas cenas de los sapos debajo de las lámparas en las noches veraniegas.

Martenson vuelve a las inquietudes que le presentan los granjeros norteamericanos: “me dicen: ´Chris usted no lo entiende, sin esto nos quedaríamos sin negocio´. Yo pienso entonces ¿cómo sobrevivimos hasta el año en que se introdujeron estos pesticidas? Tiene que haber una alternativa a estos horribles pesticidas”. ¡Bien don Chris! Ningún “negocio” basado en la acción de “caedere” debería ser legalizado.

Otra respuesta a mi inquietud batracia

Un equipo de investigadores de la UBA y el Conicet comprobó el impacto de los plaguicidas aplicados masivamente en Sudamérica sobre las poblaciones naturales de anfibios (ranas y sapos). El trabajo fue publicado recientemente por la revista Biological Conservation bajo el título Plaguicidas en el mundo real, las consecuencias de la agricultura intensiva basada en transgénicos sobre los anfibios nativos.(2)

La investigación de la doctora en biología Gabriela Agostini -más Ignacio Roesler, Carlos Bonetto, Alicia E.Ronco y David Bilenca- es pionera, ya que explora los efectos de los plaguicidas en escenarios reales, es decir, en el campo, donde ingresan a los humedales de las tierras más fértiles de Sudamérica. En el estudio se establece que los químicos más tóxicos para los anfibios fueron, en orden decreciente: endosulfán, clorpirifós, cipermetrina, 2,4-D y glifosato.

En fin, cada día se aporta un dato más. Las evidencias van desde la comprobación empíricas del parabrisas limpio hasta las investigaciones más avanzadas. Es hora de que este tema se instale fuertemente en la agenda de la política argentina. Claro, resolvamos primero el asunto de la deuda, pero, no dejemos para nunca algo que es de alto impacto. Si son biocidas deberían tener el mismo trato que los homicidas, femicidas o cualquier otro sujeto catalogado con la raíz “caedere”.

 

(1) https://www.peakprosperity.com/mission/

(2) https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0006320719309905

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