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  • lunes, 03 de agosto de 2020

La agenda política: instrumento para construir legitimidad y configurar identidades 

(*) Por Gonzalo Barrientos 
La agenda política: instrumento para construir legitimidad y configurar identidades 

Como advierte el título, la agenda política es un recurso con el que cuentan todos los dirigentes para determinar una identidad y reconstruir su legitimidad. Aquella no es más que los temas a tratar por un gobierno debido a la importancia o prioridad que otorgan los asuntos, pero también por el uso políticamente estratégico que puede hacerse de ellos. El gobierno buscará impulsar su agenda por medio del parlamento o por las facultades del Poder Ejecutivo que posibilitan avanzar en el tratamiento de la misma. 

A modo de aclaración; los temas en sí mismos no poseen prioridad, dicha prioridad es dada y legitimada por el gobierno. El proceso de visibilizar y dar tratamiento político a un asunto que constituye un problema se da por la absorción del mismo mediante el andamiaje institucional del Estado y devuelto en forma de solución, con amparo legal y vinculante, a la sociedad. Es decir que los problemas son mera construcción política. Una última aclaración. La agenda no es solamente la del gobierno, la oposición política y la sociedad también poseen su propia agenda que desean tratar y a veces colisionará con la del oficialismo. 

Dicho esto, reflexionaremos sobre lo que parece prioritario en la agenda del actual gobierno, cómo es el uso estratégico que hace de la misma y la reconfiguración identitaria de un peronismo que vuelve al poder. 

Alberto Fernández, sabe que parte de su legitimidad es dada por un “voto confianza” que debe consolidar. Pero además apuesta rasgar votos depositados en otras fuerzas políticas, inclusive Cambiemos, que se sitúan en el centro ideológico y pueden decantar, en el futuro, en el Frente de Todos. No es imposible ni delirante; en 2011 Cristina Fernandez de Kirchner obtuvo el 54% de los votos y en 2015 el candidato de la saliente presidenta consiguió el 49% de los votos. Hay chance de capturar ese voto volátil y lo buscará mediante la agenda que impulse. Para dicho objetivo, la agenda del gobierno es atravesada por un tema suficientemente complejo que otorga tiempo de gobernabilidad y sensibilidad a la imagen del presidente: la frágil cuestión social. 

Si nuevamente la desigualdad brota en Argentina, como lo demuestran los indicadores, es producto de las políticas neoliberales aplicadas. La agenda del actual gobierno posee un responsable; la administración de Cambiemos a cargo de Macri. 

No más moral que inteligente, la agenda de Alberto tiene un objetivo político; diferenciar y contrastar la gestión propia con la ajena, determinar una otredad. Pero la dificultad de la estrategia está en no personificar. Generar una lógica amigo/enemigo y enfrentarse limpia y llanamente al macrismo no otorga créditos para cazar el voto golondrina que le dé un marco más amplio de legitimación. Cuando dice “no quiero ser el mejor presidente de la Argentina, quiero ser el presidente de la mejor Argentina posible” genera una dialéctica entre afirmarse cómo esto y negarse aquello. Aquello que llevó a Argentina a lo peor posible: el neoliberalismo. Un juego dialéctico entre positivos y negativos. Juzgar sin personificar es un delgado hilo que la frustración no debe cortar. Eso lo aprendió de Macri, quién juzgó de responsable por todos los males de Argentina al kirchnerismo, luego a todo el arco peronista y terminó demonizando a toda la oposición. 

Error comunicacional que le costó apoyo político; parte de la oposición, inclusive peronista, colaboraba con el gobierno para impulsar su agenda parlamentaria. 

“Cumplida su misión de justiciero, ahora era nadie. Mejor dicho, era el otro” suscitan las últimas líneas del cuento “El Fin” de Borges quién narra un final alternativo al “Martín Fierro”. El hermano menor del negro asesinado por el gaucho, en la versión original, venga la muerte de su hermano. Una vez asesinado Fierro, el Negro ya no tenía identidad propia, el sentido de su vida era la venganza. Ahora no era nadie y su destino eran cenizas. 

Las cartas están en juego. Si Alberto Fernández desea ser longue durée político, debe evitar que su destino sean las cenizas y echar sus propias raíces identitarias.

(*)Estudiante de Ciencia Política (UBA)