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  • sábado, 30 de mayo de 2020

El abrazo en tiempos de coronavirus

OPINIÓN/ Por Gustavo Porfiri

Todo se aceleró el jueves pasado, cuando sentí la necesidad de fundirme en un abrazo con una persona, la que al ver mis intenciones, se negó y tomó distancia. En principio me puse mal. ¡Me negó un abrazo!, pensé. Unas horas más tarde comencé a ver diferente esa actitud y la entendí. Es mejor prevenir que curar. A modo de consuelo, me clavé un autoabrazo, aunque observé que ya no puedo juntar mis dedos en la espalda. Cuando todo esto pase, volveré a las clases de yoga, práctica que no debí abandonar nunca.

El abrazo en tiempos de coronavirus

¡Qué cáscara de banana! No terminamos nunca de trastabillar. Anoche fue muy fuerte ver a los chinos del súper con barbijo. La imagen me hizo poner un poco más serio. Miré a mi vecino de góndola con desconfianza, agarré el jabón más cercano a mi mano y rajé hacia la heladera de las cervezas. Tomé la distancia aconsejada con el último de la fila y lo único que logré fue que se me colara una señora muy aseñorada que se llevó un docena de panes de jabones blancos. La cajera asiática completó mi desconcierto al entregarme -a modo de vuelto- un vale por “5 yuanes”. Una especie de bono del club del trueque pero que solamente puedo utilizar en ese súper chino. Debo aclarar que la opción eran unos “calemelos”, oferta que rechazé. 

Ya en la calle, pasó una ambulancia. “El primero en Chacabuco”, pensé. Estamos esperando ese momento que -según dicen los profesionales de la salud- será inevitable, aunque sí podemos retrasarlo bastante si cumplimos las consignas gubernamentales. Por ejemplo, ésta, la de trabajar a distancia, claro que el oficio se presta.

Cuando regresé a mi refugio, corrí al baño y noté que había comprado un Palmolive, con el que dejé mis manos relucientes. Luego hice algo por primera vez en mi vida: mojé la esponja, le mandé abundante detergente y fregué rigurosamente la Quilmes roja. Concluí que con esas dos acciones inusuales -además de protegerme del “enemigo invisible”- incrementé los beneficios de Unilever, una de las ganadoras de esta situación generalizada de peste.

Ciencia ficción

Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López dieron vida a “El Eternauta” a finales de la década de los cincuenta del siglo anterior. El primero se dedicaba al guión, el segundo a los dibujos. Dos genios. Esa historieta de ciencia ficción cuenta que unos extraterrestres invaden nuestro planeta (más específicamente nuestra querida Buenos Aires) valiéndose de una nieve tóxica letal, que termina con una buena parte de los pobladores. 

Juan Salvo, el protagonista, junto a otros sobrevivientes, comanda el ejército que combate a los “cascarudos”, los alienígenas con aspecto de insectos gigantes.

De esta obra hoy, en medio de la guerra con un virus microscópico que tiene en jaque a todo el planeta, podemos rescatar que si bien hay un personaje central, los méritos se los lleva el héroe grupal, un sujeto colectivo que puede hacer frente a un atacante desconocido y desconcertante, dejando de lado las actitudes individuales. Es decir, tomando el camino exactamente contrario al del golpeador que atacó a un empleado de vigilancia que le pedía cumplir con la cuarentena para no poner en riesgo a sus próximos.

Un lechón con suerte

Para mañana a la noche estaba prevista la realización de una juntada familiar, lechón de por medio. Durante toda la tarde de ayer, los whassapp y las llamadas se sucedieron. “¿Qué hacemos?”. Luego de varios cabildeos, se decidió que el lechón siga vivo, aunque el debate dejó secuelas. Hubo algo que distanció a la tribu. Los diferentes criterios respecto de la situación que nos atraviesa salieron a flote y evidenciaron que no hay consensos fáciles con este asunto de la peste. 

Mientras se están haciendo las primeras pruebas de vacunas en humanos contra el coronavirus, los mercados de América Latina sufrieron otro revés, otro “lunes negro” (y van…). La situación está en sintonía con la baja en los mercados mundiales. En Wall Street, todas las operaciones fueron suspendidas de manera automática en la mañana de ayer,, después de que los principales índices abrieran a la baja con pérdidas de más del 7 % de su valor.

Los chinos están empezando a dar muestras de que domaron al virus. Lo hicieron con la ayuda de médicos, científicos y medicamentos cubanos. En Italia, la pandemia dejó al desnudo la desatención de la salud pública, la imprevisión del Estado. El presidente francés, Emmanuel Macron, ha asegurado que toda la "fuerza" del Estado debe estar centrada en "frenar la propagación de la epidemia". Ajá, parece que el Estado cuanto más fuerte mejor ante una catástrofe…

La fauna amenazante

Entre la posibilidad de que esta peste haya derivado de una sopa de lagarto, o de murciélago, o que haya sido un ataque enmarcado en una “guerra virósica”(similar a la nieve tóxica de El Eternauta) prefiero la primera opción. No deberíamos aceptar que alguien haya diseñado esta cagada. Sin embargo, la memoria me trajo un título de RT -de junio de 2013- que me vuelve a inquietar: "El Club Bilderberg quiere reducir la población mundial". La frase le corresponde a Daniel Estulin, un lituano que sirvió en la inteligencia rusa. Se refería entonces a la cumbre anual del Club Bilderberg "que necesita hacerse con el control de toda la alimentación y para ello necesitan destrozar toda la economía mundial para poder reducir la población mundial". Los miembros de tan distinguida entidad son unas “150 personas, incluidos políticos, miembros de la realeza, banqueros, multimillonarios y empresarios de los más influyentes del mundo, que se reúnen en Watford, al norte de Londres”. Se considera que son los verdaderos “dueños” del mundo.

Prefiero que el coronavirus -y cualquiera otra peste venidera- llegue del reino animal. Mi gata intuye, me mira asustada y raja hacia la seguridad oscura del patio.