23:23 h. Jueves, 14 de noviembre de 2019

​“La dictadura atravesó a las familias”

Hay historias de vida que merecen ser contadas. Maria Cecilia Bertella abrió las puertas de su casa para compartir la suya. Se sienta en un sillón del living, sonríe, recuerda. 

Por Martina Dentella

HISTORIAS DE VIDA -  |  18 de octubre de 2019 (09:40 h.)
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-Mi conexión con Perón y Evita es a través de los mayores, porque a pesar de que cuando vuelve Perón yo era adolescente, fue todo muy cortito. Fue una época muy traumática. No llegamos a disfrutarlo al viejo. Lo amábamos. Cuando murió sentimos la sensación de orfandad. Como si se hubiera muerto un papá. 

Maria Cecilia Bertella nació y vivió en Morse, provincia de Buenos Aires, hasta los trece años. Su mamá era maestra y su papá tenía una casa de remates y aunque nunca había militado, era peronista. Abrió una sucursal en Chacabuco, y le fue muy bien. Así es que decidió mudarse a la ciudad con toda la familia. 

Cecilia era la mayor de cinco hermanas (hasta ese momento, luego fueron siete). Recuerda que le costó muchísimo adaptarse al cambio de vida. Por eso, durante dos años, volvía todos los fines de semana a Morse, se quedaba en la casa de sus abuelas o en la casa de una amiga entrañable. Viajaba con los empleados de la feria de su padre, que eran de Morse, y volvían los fines de semana. 

Estuvo pupila en el Colegio del Santo Nombre un año y unos meses, hasta que se mudaron definitivamente. En ese momento había internados de primero a quinto año, no eran muchas, pero forjaron una amistad que perduraría en el tiempo. 

-Mi papá me llamaba, teníamos contacto y era solo de lunes a viernes, pero no, no era lo mejor estar pupila. 

Llegó su familia, sus papás compraron la casa a la vuelta del Colegio. Cecilia, era parte de un conjunto que cantaba folclore. Mario Carnaghi cantaba en el coro de Chacabuco, que en ese momento tenía muchísimos chicos jóvenes, “Era una cosa maravillosa”, dice. Un día se hizo en la parroquia un encuentro de coros y luego un lunch en la confitería "Los Marinos". Ahí se conocieron Cecilia y Mario. 

-Yo tenía quince, y él dieciocho, se iba a estudiar abogacía a La Plata, así que el primer tiempo nos mandamos muchas cartas. Nos escribíamos un montón. 

La Iglesia ocupó un rol central en el trabajo territorial de los jóvenes. A los quince años Maria Cecilia empezó a militar en el grupo juvenil con el padre Carlos Zaccardi, hacían trabajo social en los barrios. Mario y sus compañeros en La Plata militaban en la Juventud Peronista. 

A partir de un encuentro con estudiantes universitarios organizado en el Concejo Deliberante de Chacabuco, que debatía entre otras cosas “Qué es la cultura popular”, algunos jóvenes -incluida Cecilia- decidieron armar un grupo que se llamó Hasta Cuándo. 

-¡Mirá lo que era esa época!, el HCD se llenó de jóvenes, armamos comisiones donde debatíamos qué era la cultura popular, y nos seguimos reunidos. Después con Hasta Cuando, nos juntábamos a leer y empezamos a incursionar en los barrios

Chacabuco era bastante más pequeño, y su tejido social también. Los jóvenes visitaban casas de familia. El padre “Cacho” (Zaccardi) conducía: “Esta familia tiene este problema, vayan”, les decía. 

-¿Cuáles eran las problemáticas de Chacabuco en esa época?

-Las mismas que ahora, falta de trabajo, problemas de salud en las que las familias necesitaban ayuda, problemas de vivienda. 

El padre de Mario era albañil, por eso Mario tenía algo de idea, y trabajaba junto con la gente del barrio en la construcción de viviendas. “Una o dos casitas hicimos”, cuenta. 

Con el grupo Hasta Cuando, conformado por diez jóvenes, eligieron puntualmente un barrio, el de la Escuela 10, y crearon una biblioteca. Organizaron una campaña y recorrieron Chacabuco pidiendo libros. En la casa de Liliana Ross había un altillo y lo llenaron de libros, y con todo el material juntado armaron la biblioteca en la casa de un vecino del barrio. “Nos dio un pedacito de terreno donde construimos la habitación, a la biblioteca le pusimos Martín Fierro”. 

Para construir la biblioteca necesitaron fondos. Por eso hicieron una peña en el mismo barrio. La primera vez un vecino les ofreció un gallinero viejo, fuera de uso, “lo limpiamos todo, lo rociamos con desodorante”. Fue un éxito. En el barrio había gente que tocaba la guitarra y cantaba. Hubo música, bebida y choripanes, “No sé cuánta gente había, pero llenamos el gallinero”. Las peñas se multiplicaron dos veces al mes, y con eso consiguieron comprar los materiales para la construcción. 

-Había una comunión extraordinaria entre nosotros y la gente del barrio, no había prejuicios, ni competencia, trabajamos muy bien. 

La biblioteca funcionó hasta el golpe de Estado. “Nos dio miedo, los libros creo que se donaron a una escuela”, dice. 

Cuando Maria Cecilia tuvo diecinueve y Mario veintidós decidieron casarse. Vivieron un tiempo en una casita del papá de Cecilia en la calle Italia. A Cecilia le gustaba mucho historia, y también literatura. Decidió hacer el Profesorado de Literatura en Mercedes, y viajaba todos los días en tren. En ese lapso nacieron sus dos hermanas menores. Las Bertella pasaron a ser siete. En diciembre del año 76 secuestraron a Liliana Ross, compañera y amiga de Cecilia. “Teníamos una barra de compañeros y amigos muy grande, militábamos en el peronismo en ese momento, y cuando pasó lo de Liliana, al saber cómo se manejaban los militares, dejamos la casita, Liliana sabía dónde vivíamos y era muy amiga nuestra, ella estaba con Adalberto Rossetti que también lo era, de hecho Mario y él vivieron juntos en La Plata”. Ahí empezó la odisea. 

Hasta que no lo vivieron en carne propia, Mario y Cecilia no habían dimensionado la gravedad del terrorismo de Estado. Si bien los estudiantes que estaban en La Plata les contaban algunas cosas que vivían, ellos creían “que iba a ser menos grave, que iba a durar menos”. 

-El golpe duro fue cuando se llevaron a Liliana. De todas formas yo creía que la iba a volver a ver. Para mí, el momento más difícil fue en el 83, porque yo pensaba que los iba a volver a ver, tenía esa esperanza. Sabíamos que había habido campos de concentración, por eso pensábamos “quizás están ahí, quizás los volvamos a ver”. 

Con la desaparición de Liliana decidieron irse de Chacabuco. No sabían a dónde ni cómo. “Fueron muy solidarios nuestros papás, la familia fue el sostén”, dice. Cecilia estaba embarazada de Javier. Hasta decidir qué hacían anduvieron nómades por algunas ciudades estratégicas, con conexiones de rescate. 

La primera parada fueron amigos de su padre, en Villegas. Ahí estuvieron un buen tiempo hasta que pensaron que lo mejor era mudarse a Buenos Aires, “porque en la gran ciudad nos podíamos perder”. El papá de Cecilia los fue a buscar y los acompañó hasta el tren. En Buenos Aires, el tío Carlos -otro de los personajes solidarios- los recibió. Vivieron un tiempo en una pensión en Flores hasta que lograron alquilar un departamento pequeño, Mario consiguió trabajo. Nació Javier, y después, seguido, Santiago. 

Hubo otro golpe fuerte en la vida de la familia. Secuestraron a dos hermanas de Cecilia: Luján y Elina. Ambas pasaron por el centro de detención clandestino de la Escuela de Mecánica de la Armada. Primero liberaron a Elina, y después de un tiempo a Luján. 

-Eso fue tocar fondo para mí- dice. 

Se quisieron ir de Buenos Aires, y la próxima parada fue Berazategui, donde vivirían durante ocho años. Allí volvió a activarse la red de rescate, los acogió un tío de Cecilia. “Ahí dimensionás el valor de las personas, porque había familiares de otras personas que no querían comprometerse, no fue nuestro caso, tuvimos el cariño de gente maravillosa”. Se transformaron en una gran familia, porque a medida que los chicos crecían ocuparon un rol más y más cercano. 

Hasta el retorno de la democracia la familia Bertella-Carnaghi nunca pisó Chacabuco. 

-Además éramos como mulas, decíamos que no, y no. Preferíamos pecar de prevenidos, teníamos hijos chiquitos, no nos cuidábamos solo a nosotros. A lo mejor no nos querían encontrar, pero es distinto si vos decís “Acá estoy”. 

Los encuentros con sus padres, ahora abuelos, se daban en algún punto intermedio. Cecilia recuerda algunas escapadas a Luján, o algunas vacaciones al mar, donde pasaban el tiempo y después cada familia volvía a su casa. Recuerda una canción que cantaba Atahualpa Yupanqui que dice: 

“Cuando se abandona el pago 

y se empieza a repechar 

tira el caballo adelante 

y el alma tira pa’ atrás”. 

-Recuerdo esa sensación de ir en el colectivo con Mario, Javier, Santi, y que el alma me quedara con los viejos. Teníamos mucha ansiedad porque el tiempo nos rindiera, por hablar, contarnos cosas. A veces pienso en mis viejos, que eran jóvenes, poco más de cuarenta cuando pasó todo esto, es tremendo lo que tuvieron que pasar ellos también, todas las familias. La dictadura atravesó a las familias, y quedan huellas que permanecen. 

Cecilia sonríe y sigue recordando cosas. “Mi mamá cuando nos separábamos me decía “Hasta mañana”, siempre, y siempre fuerte los viejos, eso lo valoro un montón, nunca hubo un reproche, los cuatro padres, eso es de un valor incalculable”.

 

 

“Somos de un partido con una rama femenina muy fuerte”

La militancia es pulsión de vida. En el barrio Luz y Fuerza de Berazategui encontraron vecinos extraordinarios, que eran compañeros, desayunaban juntos, pasaban tardes enteras, eran familia. “Sabían lo que habíamos pasado, nos acompañaron mucho”, cuenta. 

-¿Cómo convivían con su parte militante?

-Nos juntábamos a leer libros con nuestros vecinos algún libro de política, para crecer, y sentíamos que por lo menos podíamos conversarlo, hacíamos como si fuera una tarea militante, nos lo proponíamos para que esa parte nuestra no se muera. Porque cuando la política te gusta, sonaste. Hay una complicidad con el otro maravillosa. 

Durante esos años de tanta incertidumbre, y censura de la vida política, de la expresión de los cuerpos, Cecilia se preguntaba si alguna vez podría asistir a una movilización, una marcha. “¿Voy a poder cantar la marcha peronista alguna vez en algún lugar?”, pensaba. 

Cecilia tenía pendiente su profesorado, lo había tenido que dejar a mitad de camino. En Berazategui faltaban maestras, los colegios tomaban a chicas y chicos del secundario para dar clases. Se le ocurrió estudiar magisterio en Quilmes, a poco minutos de su casa. Empezó a trabajar en el 82, con Martín -su tercer hijo- bebé. Al poco tiempo, y con cierto temor, volvió a militar. Lo hizo en el sindicato de docentes.

Gracias a esa participación, viajó al primer congreso nacional de SUTEBA, en Mar del Plata, “estuve en la fundación, esa fue una experiencia grandiosa”. 

El retorno 

Cecilia no estaba segura, pero Mario estaba muy entusiasmado con la idea de volver y trabajar en Chacabuco. Volvieron en el 87. Cecilia tenía solo 31 años, cuatro hijos, atravesada por una vida muy intensa. En una de las primeras salidas, a una confitería céntrica, algunos chicos de la JP se acercaron a saludarlos. “Éramos una especie rara para ellos, venían a preguntarnos algunas cosas, pero después militamos con ellos”. 

Armaron una agrupación, Justicia Social, funcionaba en una esquina donde tenían un roperito, con la modalidad del trueque, porque creían en la modalidad del ida y vuelta. 

-Funcionó muy bien, pero ahí tuvimos la primera desilusión, la participación en una interna y, al margen de tener esa agrupación con tanto movimiento, no alcanzó. 

En las elecciones del 89, Jorge su cuñado con quien militaban, ya era concejal y desde el espacio la convocan para que forme parte de una lista de unidad del peronismo. Querían una representante femenina. “Fue una lista de unidad en serio”, dice. Salían todos a la calle a militar, recorrían la ciudad en el barquito, bajaban en los barrios, y a la noche salían a pegar afiches. Militancia de sol a sol. Fue concejal y presidió el Concejo Deliberante. La primera y única mujer en ocupar ese lugar, cuando la política no era de slogan sino de fundamento. 

-¿Sentías que la política era una cosa de hombres?

-No, porque nosotros venimos de un partido con una rama femenina muy fuerte. Es nuestra impronta. Yo no tuve problemas, me respetaron mucho. En nuestro movimiento cuando una mujer se destaca, tiene reconocimiento. Nosotras venimos de Evita, y ahora tenemos a Cristina. En los gremios cuesta más. 

-¿Cómo era la mirada de los de afuera?

-Siempre hubo mucho respeto, pero nunca hubo preguntas. Nada. Nadie. Es muy duro. Con quien si nos vinculábamos era con las chicas de la Comisión de la Memoria, y compartimos lo que sabíamos y cómo nos sentíamos. Nos arrimamos, nos recibieron muy bien. 

Martín (Carnaghi), como buen profesor de historia, tiene una colección de diarios Chacabuco del '76, '77. Hace poco tiempo Cecilia los ojeó. Mirando las página de sociedad y política, “Me dio una sensación muy extraña ver cómo la vida continuaba cuando nosotros estábamos pasando otra realidad, algo tan diferente, pensaba en nuestros familiares que estaban acá viviendo esas dos vidas, y sufriendo”. 

Con el retorno de la democracia el temor se fue perdiendo, pero el calor y las preguntas, se perdieron en el tiempo. “Por eso creo que todavía me cuesta hablarlo, me cuesta la mirada del otro”, dice, y sonríe. Sonríe todo el tiempo. 

-¿En algún momento sentiste un cambio, un quiebre?

-¡Sí!, me acuerdo cuando Néstor les dijo a los militares “Yo no les tengo miedo”. Yo pensaba “Este hombre está loco”. Le hubiese dicho “no es el momento, todavía no”, imaginate. Yo no lo podía creer. Aunque nos criticamos mucho como sociedad a mi me parece que en algunas cosas somos de avanzada. Me pareció grandioso lo que hizo Alfonsín, más allá de cómo terminó. Sentarlos en el banquillo de los acusados, fue muy valiente. Y después, los juicios por la verdad, fue extraordinario. 

Cecilia viajó a Buenos Aires a marchar contra la decisión de la Corte Suprema que habilitó el 2x1 a genocidas en el 2017. 

-Cuando se levantaron los pañuelos casi me muero de emoción. Fue autoconvocado. Creo que lo que pasó fue que después de algunas políticas del peronismo no se pudo volver para atrás. Está bueno que haya locos como Perón o Néstor, que avanzan mucho más rápido que el común de la gente, porque cuando hay avanzadas de la derecha, hay cosas que son inamovibles. 

-¿Qué te conecta con la política actual?

-En su momento quedé solo con la militancia en SUTEBA, cuando empezó a participar Martín le dije que no me iba a sumar. Después no cumplí, porque todos los militantes del espacio tienen una forma de trabajar muy parecida a la que teníamos nosotros, hay mucho afecto, son muy cariñosos, es como una familia grande. A mí me sirve seguir visitando familias. También doy clase de apoyo escolar en la Unidad Básica, esas son las cosas que quedan. Lo que se salva, de todas las frustraciones, es el vínculo con la gente.