15:41 h. Jueves, 14 de Diciembre de 2017

Cuatro Palabras

Viaje al interior en Malasia 

DE VIAJES  Por Laura Federico  |  15 de Febrero de 2017 (00:26 h.)
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Había días en los que no sentía nada. Otros, todo. Había tardes en las que un pez me mordisqueaba la nariz. Mañanas en las que las tapas de mis rodillas explotaban. De los agujeros restantes salían kilos de confeti disparados como por dos cañones. En las noches tres agujas gigantes penetraban la piel de mi espalda. Llenaban mi cuerpo con un líquido viscoso. Las gotas de transpiración eran reales. Las percibía. Me adelantaba a su llegada. Sentía como perforaban mi piel. Mínimas, indiferentes, orgásmicas. 

Después de la sesión de ese día me encerré en mi habitación. Era la última del cronograma. Recostada sobre la almohada, mi cabeza no dejaba de atosigarme. Me enviaba pensamientos. Ellos no se detenían. Pasaban como las ventanillas de un tren infinito. En el centro de Vipassana de Gambang (Malasia) las luces se apagaban a las diez, pero no mi mente. 

Me había inscripto a un simple curso de meditación. Curso en el que por diez días no podía hablar, comunicarme con el exterior, leer, escribir, usar perfume, ropa ajustada. Comer carne, matar a un ser vivo, tener sexo, escuchar música. Y así estaba, sentada en la sala de meditaciones espantando los mosquitos, mientras el resto del grupo se acercaba despacio y sin hacer ruido. 

Malasia tenía lugares hermosos a los que ir. Sin embargo, yo adoptaba todos los días la misma pose rígida. Respirando, y siendo consciente del aire entrar y salir. Dejando ese espacio vacío. Sintiéndome cada día más sola. Cada noche más perdida. Más segura de lo inevitable. De la muerte, de los minutos que se iban. Del dolor y del placer que también se van. Que pasan. Más consciente del sufrimiento al aferrarnos. A lo bueno, a lo malo. Del sufrimiento que genera la dependencia. De mi felicidad depositada en otra persona. En expectativas, en sentimientos ambiguos. En opiniones ajenas. En la vida programada por otros, para ser vivida por mí misma. 

Sí, Malasia tenía playas e islas hermosas, con arena tranquila. Con agua tibia y peces de colores. Fueron diez días. Diez días sin poder hablar más que conmigo misma. Sin poder distraerme más que con mi mente prejuiciosa. Diez días que me ahorraron miles de horas de diván. Diez días que se transformaron en una forma de ser consciente que todo pasa. Pasa por algo, una razón, tal vez. Pero aun así, todo pasa. Nosotros también.